25 de noviembre de 2011

Errática escritura con conciencia



Comienzo a escribir pensando: No tengo ni idea de lo que voy a escribir. Deberías no escribir, entonces, dice mi conciencia. Sí, cierto. Pero la conciencia, ese mono iquieto, recuerda: ¿Cuánto hace que tienes descuidado el blog? Demasiado tiempo. Entonces, escribiré. Tú misma, dicta la conciencia. Y así, espalda contra espalda con tu vocecilla interior, compareces donde te espera el mundo entero y nadie al mismo tiempo.

Te dices: un poema, una de esas confesiones personales, una cita de altura, una recurrencia de las habituales (ya sabéis: escribir, librerías, los temas de siempre...). 
No. Qué pereza, repetirme. Mi conciencia: Ya, ahora pretenderás ser original, ¿no? Yo: Sólo quiero divertirme escribiendo algo en el blog. Al fin y al cabo, para eso escribo el blog, ¿no? Para divertirme. Debo de ser la única loca del mundo que se divierte haciendo lo mismo que hace 8 horas todos los días.
Bueno, entonces hagamos algo divertido. Una lista. ¿No te gustan las listas?
Eso es.

LISTA DE COSAS SORPRENDENTES 
QUE ME HAN PASADO EN LAS
ÚLTIMAS DOS SEMANAS:

-Un señor engominado visitó mi piso y sonrió 
al ver los libros, complacido de que me guste tanto leer.
-Un vendedor de libros del otro lado del planeta
alabó mi buen gusto.
-Pujé en la subasta de un objeto que no deseo.
-Le puse tareas a un Premio Cervantes.
-Fijé, por fin, el día en que dejaré de ser miope.
-Supe que antes de tener cuatro puntas, 
el tenedor tuvo dos y también seis.
-Hice una foto a mi sombra en movimiento. **
-Llegó (por correo certificado) un libro tan hermoso
que me disparó los latidos del corazón.
-Le expliqué a un neoyorquino que me escuchaba
muy interesado quién fue Amadeo de Saboya.
-Grabé un anuncio para anunciar los mercados de mi ciudad.
-Le expliqué a una desconsolada criatura de 8 años
por qué es mejor no tener tetas hasta más adelante.
-Descubrí dos lepismas erráticos en el parqué de mi salón *.

El post está escrito, ya puedes dejar de sentirte mal y dedicarte a todas esas cosas vulgares que tienes apuntadas en la agenda. 
¿Has comprendido ya por qué el tiempo a veces se estira hasta el infinito y otras veces se acartona y se quiebra en cuanto intentas manipularlo? Tranquila: yo tampoco.
Pero hoy el tiempo te ha dado para todo. Hasta para el blog. Mañana será otro día, navegantes.
Y la conciencia, satisfecha, se retira a sus aposentos.

* He aquí el verdadero tema, dice mi conciencia. De eso deberías haber hablado: de lepismas y de su influencia en tu vida última. No me dirás que no te da para una entrada. Bueno, respondo, tendrá que ser en los próximos días. Sea, pues.

** Como la imagen de hoy demuestra.

16 de noviembre de 2011

New York City, noviembre 2011


Hay un lugar 
junto a Bryan Park
en la Sexta con 42
en que una vez a Elia,
de seis años,
se le cayó una bola de helado
apenas sin probar.
Fue en uno de esos pasos
de peatones apresurados
en que una cuenta atrás,
desde el semáforo,  amenaza
con lo peor de un mundo
de muchedumbres, prisas
y ciudades hermosas que nadie 
se detiene a mirar.
Elia trastabilló
y la bola, nívea y dulce,
fue a dar en mitad de esa avenida
que todos llaman De las Américas.
Toda Nueva York se detuvo
en ese instante
a escuchar el lamento de una niña
preciosa como un sueño imposible
que acababa de ver una ilusión
estrellarse contra el asfalto ardiente.

Mas Elia miró el helado
como quien ve el final de un tiempo,
una quimera derritiéndose al sol,
un nevermore,
un goodbye love
y lloró lágrimas verdaderas
que abrieron una grieta, larga y recta
en la piedra dura sobre la que se cimentó
esta ciudad de locos,
del Lower hasta la 140.

Luego, Elia miró al frente
olvidó el percance
pensó en la milésima parte
de lo bueno y lo malo
que la vida habrá de depararle,
clasificó el asunto de la bola de helado
en el lugar correspondiente,
resolvió que no había para tanto
y echó a andar, decidida,
hacia donde el semáforo
amenazaba con el apocalipsis.

Elia aprendió a vivir
un poco, o tal vez mucho,
en esta Sexta con 42
junto a Bryan Park
por donde no consigo
pasar sin recordarla.
También yo recibí una lección,
de su mirada:
es así, dijo Elia,
como haremos que el futuro no duela.


Hoy, dos años después,
en mi memoria sigue
aquella bola helada derritiéndose
bajo el sol infernal de Nueva York
y aquellos ojos negros que me dicen:
cuando el sueño se acaba,
mamá,
siempre nos queda
un billete de vuelta a lo único que importa.


* La imagen: los árboles otoñales de la calle 49, el domingo pasado.

18 de octubre de 2011

La edición italiana de "Habitaciones cerradas" ya tiene cubierta (y también nuevo y sugerente título)


Aquí la tenéis, navegantes.
El libro estará en librerías (italianas) en enero.

17 de octubre de 2011

Supermami de octubre


16 de octubre de 2011

14 de octubre de 2011

La casa-biblioteca del escritor mexicano Gonzalo Celorio (fragmento de El viaje sedentario, publicado en México en 1994)

Mi casa es un tren, con sus vagones, su andén, sus estaciones, donde emprendo cotidianamente mi viaje sedentario. Pero mi casa también es una biblioteca -espacio en el que se resuelve, mejor que en ninguno otro, la antinomia de la inmovilidad más pacífica y los desplazamientos más aventurados.
La palabra "biblioteca" tiene cierta connotación sagrada e iniciática que la vuelve solemne, excesivamente prestigiosa. Y de algún modo esta enjundia suya contradice el gusto, la pasión, el cariño, la alegría, la felicidad pues, que los libros me provocan. A falta de otra palabra que goce de la naturalidad feliz con la que los libros habitan mi casa, tendré que seguir llamándole "biblioteca" a mi biblioteca, si bien para despojarla, justamente, de la arrogancia que la palabra misma le adjudica.
No podría referirme sólo a un conjunto de libros porque una biblioteca es, ante todo, una unidad, como, paradójicamente, parece indicarlo el carácter colectivo de la palabra que la nombra: lejos de debilitar su sentido unitario, lo confirma, como si la biblioteca fuera un solo libro mayúsculo, y cada uno de los libros que la integran, una de sus páginas. Por eso es tan difícil deshacerse de un libro al que ya se le dio cabida; equivale a arrancarle una hoja al libro que es la biblioteca misma. Por eso, también, nunca debería ser dificultoso encontrar un volumen en los anaqueles, pues más que una suma de libros disímbolos, la biblioteca es un discurso continuo, cuya sintaxis sólo se altera cuando un libro sale de su estante.
Pero la palabra "biblioteca" no sólo se refiere al acervo de libros, sino al lugar en el que se acomodan. La biblioteca que rodea mi escritorio es un espacio apacible y vigoroso a un tiempo. Es un espacio apacible por el silencio que impone, por la sabiduría que resguarda y sobre todo por la insospechada discreción de los libros: colocados en sus estantes, nos dan las espaldas, como si estuvieran castigados contra la pared. Sólo les vemos el lomo. Hay quienes están tan acostumbrados a ello que llegan a pensar que la espalda de los libros es su frente y ya no se molestan en abrirlos y leerlos. Cuando sacamos un libro de su anaquel, lo estamos eligiendo entre todos los demás; es como si le levantáramos el castigo y, al abrirlo para leerlo, puesto de frente, lo penetráramos amorosamente. Por eso la biblioteca es también un espacio vigoroso.

Suele ocurrir. Mi biblioteca ha invadido mi casa. Como los seres vivos, los libros nacen y se multiplican, pero, a diferencia de ellos, no parecen morir nunca. Es casi imposible desprenderse de un libro, aunque se tenga la certidumbre de que nunca se va a mirar de frente, de que siempre estará castigado contra la pared mientras se empolva hasta la ilegibilidad el tejuelo que dice su nombre. Y es que, una vez aceptados en casa, cómo echarlos a la calle.
Mis libros se han encarnado como plantas trepadoras por los muros de la biblioteca y ya crecen por otros espacios de la casa: por el comedor, por la recámara -donde cobran rango de libros de cabecera-, por la cocina y hasta por el baño, lugar, por cierto, en que Alfonso Reyes alojaba la sección de novela policiaca. Ahora la mía es como tantas otras, una casa-biblioteca, que apenas deja un espacio para cocinar y otro para dormir.

12 de octubre de 2011

Rusia existe y este libro lo demuestra

Ya tenemos las primeras reseñas de nuestra querida Rusia imaginada. AQUÍ podéis leer una de ellas.

No está bien que lo diga, porque he tenido la suerte de ser la editora de este libro, pero deberíais regalaros esta preciosidad por Navidad. Os doy dos poderosas razones: los cuentos que lo componen son de lo mejor que he leído en años y la editorial que lo publica, Nevsky, es un proyecto independiente y valiente fundado por una parejita tan enamorada de la literatura rusa como para jugarse en ella los cuartos.


11 de octubre de 2011

Vindicación de lo otro


No alcanzo a comprender qué mesuran los watios,
No interpreto la escala de los mapas.
No entiendo el dictado de las brújulas.
Y -menos- los programas de mi secadora.
Llevo años afilando mi inglés pero sin grandes logros.
Las ecuaciones de segundo grado me amargaron la infancia.
No digamos las fórmulas químicas, las fracciones
o, mucho más tarde, la teoría económica
que un señor con bigote predicaba en Derecho
como en mitad de un desierto en expansión.

Del universo, sólo entiendo
que la mitología lo llenó de historias
y eso lo hizo habitable a nuestros ojos.
Por mí, la matemática quedaría en suspenso
excepto en sus funciones más elementales:
sumar, restar, multiplicar, medir el mundo
y dividir, sólo en última instancia.
No comprendo el euribor, ni las oscilaciones
de las bolsas del mundo, ni tantos decimales
bailando a la deriva. También veo un misterio
en la función hidráulica de cada cafetera
y no sé qué es un hertzio, un pascal, el wolframio,
la sinergia, el DNS, el TAE, el PIB, el IBEX,
el Fitch, el FROB, los activos contables... 

Ya no escucho políticos ni leo titulares.
y he perdido la fe en la verdad absoluta.

Mi mundo es otra cosa.
 Y me basta.


* La imagen: largo atardecer sobre el Atlántico, desde el cielo, el 26 de septiembre pasado.

10 de octubre de 2011

Cita a las doce y dos

Documentarte para escribir una novela es elegir
en qué mundo vas a vivir durante los próximos años.

7 de octubre de 2011

Un artista en el norte (un poema de Tomas Tranströmer traducido por Roberto Mascaró para celebrar su Premio Nobel de Literarura)

Yo, Edvard Grieg, me movía como un hombre libre entre hombres,
bromeaba habitualmente, leía los periódicos, viajaba y marchaba.
Yo dirigía la orquesta.
El auditorio con sus lámparas temblaba de triunfo como balsa del ferrocarril
en el momento de atracar.

Me transporté hasta aquí para ser corneado por el silencio.
Mi cabaña de trabajo es pequeña.
El piano de cola está aquí tan apretado como la golondrina
bajo la teja.

En general, los bellos acantilados a pique callan.
No hay ningún pasaje
pero hay una compuerta que a veces se abre
y una peculiar luz que mana directamente del duende.

¡Disminuir!

Y los golpes de martillo en la montaña llegaron
llegaron
llegaron
llegaron una noche de primavera a nuestra habitación
disfrazados de latidos de corazón.

El año anterior a mi muerte, enviaré cuatro salmos para rastrear a Dios.
Pero eso empieza aquí.
Una canción de aquello que está cerca.

Lo que está cerca.

Campos de batalla dentro de nosotros
donde los Huesos de los Muertos
luchan para volverse vivos.

6 de octubre de 2011

Hagan juego, lectores


Hoy se falla el Premio Nobel de literatura y, como todos los años, menudean las quinielas. Las quinielas del Nobel de Literatura son uno de los entretenimientos más inútiles que existen, pues es sabido que la Academia Sueca gusta de hacer lo que le viene en gana, como otorgarle el premio a Elfriede Jelinek, Perl S. Buck o Winston Churchill. Este último, por cierto, lo recibió en 1953, después de Mauriac y antes de Hemingway, por «su dominio de las descripciones biográficas e históricas así como por su brillante oratoria en defensa de los valores humanos exaltados». 

Este año, las inútiles quinielas apuntan estos nombres (mi fuente es el ABC): Haruki Murakami (japonés), Adam Zagajewski (polaco), Les Murray (australiano), Ko Un (coreano), Adonis (sirio) y Tomas Tranströmer (sueco). 

Algunos dicen que esto del Nobel va por turnos. Si es así, es bueno saber que hace 17 años que no lo gana un japonés (Kenzaburo Oe), 15 que no lo gana un polaco (polaca: mi amada Wislawa Szymborska), 37 que no lo gana un sueco (dos, exactamente, ya que el del 74 fue ex-aequo para Harry Martinson y Eyvind Johnson), uno más -38- que no corresponde a un australiano (Patrick White) y que nunca le ha sido entregado a un sirio ni a un coreano. De modo que según este dato, tienen más posibilidades Adonis y Ko Un. Por otra parte, si es cierto lo de que el Nobel sirve, en cierto modo, para compensar tropelías políticas contemporáneas al año del galardón, sonarían los mismos nombres. 

Egoístamente me parece una magnífica noticia. Enseguida me explico.

Si la Academia Sueca atiende a sus propias estadísticas, tal vez sería hora de que se lo dieran a un ruso. Lo cual, sin duda, contribuiría también a mi felicidad. Y aunque no creo que mi felicidad importe mucho a los miembros de la Academia Sueca, lo dejo dicho, por si acaso: señores, háganme feliz eligiendo a un ruso y, de paso, desbaraten todas las quinielas mundiales, comenzando por la de mi patrio ABC.

Pero hay infinidad de otros datos a tener en cuenta. Últimamente la Academia es muy propensa a premiar mujeres, como si quisiera compensar de tantos premios masculinos-, de modo que dárselo a alguna escritora sería otro buen modo de salirse por la tangente. Así pues, permítanme exclamar: ¡una nobelesa asiática, eso es lo que todos necesitamos!Me permito sugerir a la india Anita Desai, amiga de Salman Rushdie, que escribe como él en inglés (lo cual facilita mucho las cosas a la hora de traducirla a todos los idiomas del mundo) y que se ha singularizado por la defensa de las mujeres en su país. Además, una ve las fotos de la señora Desai y le parece tocada de una prestancia tan absoluta que ya se diría que es Premio Nobel. Quedaría muy bien en la orla. No digamos en la entrega de premios. Otra posibilidad sería la china Ru Zhijuan, nacida en 1925. Y ya que hablamos de autoras ahora-o-nunca, nombraré a mi adorada Joyce Carol Oates, que -para variar- este año no figura en las quinielas. Y hace no sé cuánto que no se lo dan a un estadonidense. Lo interpreto como una esperanzadora señal. Acaso este año sí. Hurra.

Aunque este año debería tocar un poeta, porque la lírica pura lleva desde el año de Szymborska (96) sin hacer su aparición en esta lista. De modo que lo siento por Murakami. Ya se lo darán dentro de 35 años, que ahora hay cosas más urgentes. 

Hablando en términos egoístas, mis favoritos son todos menos Zagajewski y Murakami. De Adonis no he leído nada a pesar de que Visor -con mucho ojo- publicó el año pasado una antología de sus poemas: Árbol de Oriente. En Hiperión y en 1992 salió en castellano el único libro del que tuve noticias durante mucho tiempo de Tomas Transtömer. Se titula Para vivos y muertos. Jesús Munárriz, el editor, merecería verse premiado con el Nobel, por previsor y visionario. El título de ese libro, por cierto, unido al palatal nombre de su autor, me entusiasma tanto que creo que voy a encargarlo en cuanto termine de escribir este panfleto. Por lo que pueda pasar. Aunque actualmente hay varias obras disponibles del sueco -y también con sugerentes títulos, como Deshielo a mediodía- en una de mis editoriales favoritas del actual panorama: Nórdica. Of course, ¿quién, si no? A Les Murray tampoco le he leído, pero podría hacerlo. En Lumen, gracias a un volumen titulado Australia, Australia, publicado en 2000. Otro editor que merece una recomensa en forma de ventas numerosas. De Ko Un, en cambio, no puedo leer nada, al menos en mis dos lenguas maternas, puesto que no ha sido traducido ni al castellano ni al catalán. En Amazon encuentro un poemario titulado 108 Zen Poems, en inglés, que curioseo. Pero mejor espero a mañana. 

Tengo la costumbre de comprar todos los años por lo menos una obrita del flamante nuevo Premio Nobel de Literatura. Suponiendo que sus obras no habiten ya en mi biblioteca, claro. Si los elegidos son Murakami o Zagajewski, me ahorraré la compra y la lectura (una lástima) y será como si le dieran el Nobel a un tío querido. Y esas cosas, en familia, siempre son motivo de alegría. Si Ko Un es el afortunado, podré por fin leerle en alguno de mis idiomas, de modo que también habré tenido suerte. Y si lo son Adonis, Transtömer o Murray, podré hacer los deberes rápido. 

Por cierto, que quien eche de menos españoles en la lista incierta, sepa que hay dos: Juan Marsé y Javier Marías. Y también latinoamericanos: Juan Gelman, Ernesto Cardenal y Néstor Amarilla. Aunque, tan dada como es la Academia Sueca a los desenlaces inesperados, dentro de unas pocas horas (sobre las 12:30) podemos estar felicitando por el Nobel a Óscar Esquivias (lo cual también sería una magnífica noticia, porque no hay premios Nobel burgaleses y Burgos sería una fiesta y etcétera). En mi casa lo celebraríamos por todo lo alto.


En fin. Hagan juego, lectores. Los suecos tendrán la última palabra. Capaces son de dárselo a Bob Dylan, aunque cueste trabajo creerlo.

5 de octubre de 2011

De jugadores y partidas


El librero tiene el pelo algo revuelto y una cara como concentrada de rasgos. Frente amplia, inteligente. Mirada de hurón curioso: larga, demorada, escrutadora. Hablar silabeante, de alguien que tiene tiempo o que no tiene prisa, que no es lo mismo. Te mira largo y sonríe un poco, no mucho, y mueve los labios como si mascara algo pequeño, una duda tal vez, puede que un recelo, tal vez una sospecha, y te pregunta: "Y tú, ¿en qué mundo estás?", refiriéndose a lo que escribo. En fin, puede ser que el librero preguntara en realidad y tus libros en qué mundo están, pero yo sentí, ante el brillo insistente de sus ojos, que lo que me estaba preguntando era algo íntimo, personal, inconfesable. Y tú, niña, en qué mundo estás.

El librero es un ajedrecista consumado. Durante años publicó una columna de ajedrez en un periódico de su ciudad. Luego, porque sí, dejó de hacerlo. No da motivos, pero una adivina que los tiene, sólo porque esa mirada no deja escapar nada. Aunque nunca dejó, ni dejará, de ser ajedrecista. El mundo es un tablero y en él estamos todos mientras no dejamos de estarlo. El librero es un hombre misterioso, que no se explica. Una tiene que adivinar.

Prepara café. Lo sirve en una diminuta taza multicolor. Nos sentamos a la mesa, como buenos amigos que vuelven a encontrarse. Tres taburetes y una mesa: he aquí las dimensiones del mundo en el que coincidimos.
Entonces el librero mira a su compañero, su socio, su amigo; me mira con esos ojos profundos que todo lo quieren entender, dibuja una media sonrisa de gran conocedor de la partida y dice: "Uno enseguida sabe frente a qué clase de jugador está".

Escribí lo anterior en mi cuaderno tras visitar la Librería Palinuro de Medellín y compartir un rato de conversación y amistad naciente con dos de sus propietarios, Sergio Valencia y Luis Alberto Arango. Aquí están las fotos del encuentro y mi recuerdo. Cada vez tengo más la impresión que este blog es mi memoria.




3 de octubre de 2011

1799


Por una extraña casualidad, mis últimas dos lecturas han sido novelas ambientadas en el año 1799: Senyoria, de Jaume Cabré (maravillosa novela inexplicablemente no traducida al castellano, y sí al alemán y al francés) y Mil otoños, de David Mitchell. La primera, está escrita por un autor catalán que vive en Matadepera (provincia de Barcelona). La segunda, por un inglés que ha vivido en Sicilia y Japón antes de radicar en Irlanda. Cabré tiene más de sesenta años. Mitchell poco más de 40. Ambos tejen novelas complejas, extensas, que rehúyen las definiciones, donde los personajes embelesan. La de Cabré ocurre en Barcelona en las últimas semanas del siglo XVIII. La de Mitchell arranca en Deshima, Japón, en julio de ese mismo años. En ambas hay magistrados corruptos, viajeros con sed de aventura, prostitutas moribundas y amantes de los libros. 

Cabré y Mitchell pertenecen, sin saberlo, lo más probable es que sin haberse leído nunca, a una misma familia. Por lo que a mí respecta, me une a ambos una fidelidad sin mácula. Lo he leído casi todo de los dos. La pasión por Mitchell surgió hace ya algunos años, cuando cayó en mis manos El Atlas de las Nubes. Poco a poco fui descubriendo sus novelas, y llenando de significado aquella frase que puedo pronunciar tan pocas veces: es un autor que jamás defrauda. Lo de Cabré es una fiebre reciente, recientísima. Podríamos decir que en septiembre me he dedicado, casi de forma profesional, a ser lectora de Jaume Cabré. He hecho algo horrible: comencé a leerle por su última novela -Jo confesso (Proa) / Yo confieso (Destino)-, casi mil páginas de emoción tras emoción y quedé tan impresionada que comencé a recular. Les veus del Pamano, Senyoria, La teranyina, su única obra de teatro, sus libros de ensayitos sobre el arte de escribir y la virtud de leer... Y a pesar de recorrer el camino inverso -es decir, de lo último a lo primero- aún no sé cuál de estos libros es el mejor, pues todos me parecen magníficos, redondos. Lo que más me maravilla es haber llegado a ellos tan tarde. Y me enfurruño de pensar que se me están terminando y que el autor tarda ocho años en escribir una nueva novela. Así que, mientras tanto, busqué consuelo en Mitchell. Y he aquí que la casualidad del último año del siglo XVIII hizo que todo tuviera ese sentido difuso y feliz de las casualidades que nunca lo son.

Y termino con palabras de Cabré que reflejan este estado de exaltación desde el que escribo:

El lector de una novela, el lector de poesía, si ha salido de ellas transformado, cuando cierra el libro por última vez sabe que desde ese momento él es él más esa lectura.

* La ilustración es del artista neoyorquino Eric Drooker.





30 de septiembre de 2011

Descubriendo a Tomás González

Medellín, el último día de septiembre (y de mi viaje) de 2011. Queridos míos: proclamo que uno de los placeres de viajar a otras latitudes es descubrir los productos autóctonos. El maíz, la guayaba, el róbalo, el guarapo. Sé que he llegado a América Latina, a MI América Latina cuando la comida me sabe a cilantro y maíz. Es un sabor que convoca cierta clase de nostalgia que me hace feliz. 
También me gusta leer a los autores de cada lugar en su misma tierra. Es una costumbre extraña, puede ser, pero del mismo modo que el maíz no sabe lo mismo cocinado en mi casa, los autores de cada país se crecen cuando son leídos entre sus paisanos. Esta vez he hecho un descubrimiento maravilloso, que quiero compartir con vosotros, navegantes. Tomás González.
Tomás González es un novelista y poeta nacido en Medellín en 1950. Su obra me llegó de buenas manos -las de Luis Alberto Arango, uno de los cuatro propietarios de la librería Palinuro, de la que deberé hablar en algún momento- y ya sólo por eso merecía credibilidad. Lo empecé esa misma noche y lo terminé en apenas unas horas. El insomnio, no sé si causado por el jet lag o por la emoción, me deja mucho tiempo para leer cuando estoy de viaje tan lejos. Tomás González tiene varios libros de poemas publicados. Su primera novela fue Primero estaba el mar (1983), una obra de la que todo el mundo habla maravillas y que tarde o temprano también tendré que devorar. Luego publicó otras cuatro novelas y un libro de cuentos, vivió en Estados Unidos durante dos décadas, trabajó como traductor regresó y dio a la editorial Alfaguara -su editor- este nuevo y deslumbrante título: La luz difícil.
Se trata una novela breve (apenas 130 páginas) e intensa, deslumbrante. Algo así como un fogonazo. En ella se narra la dramática experiencia de un matrimonio maduro ante el deseo de morir y la consumación de ese deseo por parte de su hijo mayor, parapléjico a raíz de un accidente de tráfico. Es una novela, claro está, dramática, pero cargada de ternura y de un fino, finísimo sentido del humor. Y, sobre todo, está plagada de hermosas reflexiones y de imágenes de una belleza tan impactante que dejan al lector rendido. Como esta de la noche de Nueva York: Pasó un bus municipal con apenas dos personas, como dos caballitos de mar en una pecera iluminada.
Hay algo de reflexión sobre el paso del tiempo, algo de novela americana y urbanita, algo de novela de exiliados -aunque tal vez aquí el exilio sea más profundo, más existencial y menos remediable que el meramente geográfico-, algo de novela intergeneracional... Hay un autor que se vale de los mínimos elementos para sobrecogernos. Y todo sin recurrir a lo fácil, a lo demasiado dramático, sin cargar las tintas, sin apenas hablar. El personaje se va quedando, dice, sin palabras poco a poco. También nosotros, ante semejante demostración de talento.
En fin.  El libro no se puede conseguir en España, ni siquiera en e-book. Siempre me acongoja que los libros sean tan sedentarios como sus propietarios. Que las literaturas de otros países de habla hispana no viajen, que necesiten ser descubiertas por nosotros, los transhumantes. Siempre nos quedará Amazon a los inquietos de espíritu. Que la búsqueda sea fructífera. Amén.

* La imagen: otro descubrimiento de por estas tierras. El artista plástico Pablo Guzmán, de sólo 23 años. Ese cuadro pertenece a su serie "Persianas". Si queréis ver más de él, AQUÍ.
Mañana os contaré el viaje de una naranjilla.

23 de septiembre de 2011

De "Alexis o el tratado del inútil combate", de Marguerite Yourcenar

Dicen que en las casas viejas siempre hay algún fantasma; yo nunca vi ninguno y, sin embargo, era un niño miedoso. Quizá comprendiese que los fantasmas son invisibles porque los llevamos dentro. Pero lo que hace que las casas viejas nos resulten inquietantes no es que haya fantasmas, sino que podría haberlos".

21 de septiembre de 2011

Historias esperando


Cuando necesito con urgencia un respiro, entro en una librería de viejo. La ceremonia debe realizarse con tiempo (mínimo, una hora por delante sólo para mí, sin móviles, sin urgencias, sin nadie ni nada que me apremie) y, por supuesto, en soledad. Si lnunca he estado allí antes, la cosa toma visos de iniciación, de aventura, de descubrimiento. Lo primero, un vistazo rápido, para cartografiar ese mundo desconocido. Cada librería tiene su propio caos, su propia geografía. Hay que saber dónde están los tesoros que codicias. Luego, un segundo vistazo, ya en situación, para detectar aquellos libros que te reclaman, los que no puedes dejar atrás. Los que te estaban esperando desde hace mucho, tal vez desde antes de que nacieras.
Siempre que empujo la puerta de una librería de viejo sé que en sus anaqueles hay dos, cuatro, seis, tal vez ocho libros que son  míos, aunque yo aún no lo sepa. Es un encuentro fortuito, como todo en la vida, que se produce porque así debe ocurrir. Como el amor. Como la muerte. Como todo lo importante.
La semana pasada entré -por primera vez en mi vida- en una librería de Jaén. Había hecho un trabajo de inspección previo a través de internet y sabía que tenían un par de libros que me interesaban. Pregunté por ellos, como quien busca a un pariente que mucho tiempo atrás habitó en ese lugar y esperé entregándome a ese placer tan ansiado de dejarme hipnotizar por los libros.
Tuve en la mano varios títulos. Yourcenar, Delibes, Manrique, el tratado de un teólogo alemán sobre la morfología del Diablo, un ejemplar de David Copperfield en inglés, editado por Collins & Sons en Londres no se sabe en qué año (aunque anterior a 1906 seguro, porque lleva la firma de alguien que lo compró precisamente en ese año al lado de otra firma y otra fecha, esta vez de 1990). 


Me fijé en los detalles. Algunos llevaban una discreta anotación a lápiz, donde se hacía constar el día y el lugar en que fueron adquiridos. En un par de casos, a esa anotación seguía otra, una breve clasificación del libro. Todos lucían un vistoso exlibris rectangular, de los que se estampan con un tampón. Un libro abierto en cuyas páginas se leen las palabras LUMEN CHRISTI. Sobre él, resplandece una cruz. A ambos lados, sendas coronas de laurel enmarcan diversos instrumentos profesionales. Se distingue con claridad un compás, a la derecha. En la parte inferior, dos letras mayúsculas: D. A. Y una inscripción: EX LIBRIS VALERIANO ZORIO BLANCO.
Descubrí, de pronto, que llevaba en la mano diez libros, de los cuales ocho pertenecían a la biblioteca de Valeriano Zorío Blanco. Lo menos que podía hacer, vistas nuestras afinidades lectoras, era preguntar por ese señor. El librero me contó que la biblioteca del señor Zorío había sido una de sus últimas adquisiciones. La compró en Madrid a la muerte de su propietario y aún le quedaban veinte cajas por abrir. También fue inevitable imaginar qué tesoros esconderían esas veinte cajas aún cerradas.
A un hombre se le puede conocer sólo con echar un vistazo a su biblioteca. Por eso, en sólo un rato, me quedó claro que el señor Zorío era un hombre muy ilustrado, cuidadoso (subrayaba con lápiz,, con discreción, no deformaba los lomos, conservaba las camisas intactas), políglota (leía ruso, francés e inglés, y tenía algunas joyas en catalán) y curioso (su biblioteca comprendía una sección de teología, una de viajes, una de poesía y una, la mayor, de novela). Un espíritu inquieto, seguramente con mucho tiempo para leer. ¿Un hombre solo, solitario, abandonado? Por un momento, deseé poder adoptar su biblioteca entera, los seis mil libros que, según el librero, trajo de Madrid.
En mi viaje de regreso repasé mis adquisiciones. Observé con detalle los subrayados de Valeriano, sus notas al margen. Ya en casa, busqué información en el gran oráculo de internet. Así supe que mi amigo, el dueño de mis libros, murió el 8 de octubre de 2006. Era doctor ingeniero en Caminos, Canales y Puertos (promoción de 1963), doctor en Ciencias Matemáticas y doctor en Derecho. Le interesaba todo lo demás, dice su nota mortuoria, en la que se destaca su gran amor a los libros, claro. Escribió varios tratados técnicos sobre matemáticas, urbanismo y obras públicas y dedicó su vida profesional a las carreteras y costas, terrenos en los que llegó a ser toda una referencia. La necrológica publicada en el Boletín del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos (número 211) dice que era una persona buena, en el sentido machadiano de la palabra.

El destino de las bibliotecas huérfanas siempre me parece triste. Sospecho que el señor Zorío no dejó hijos. La venta de la biblioteca la llevó a cabo un hermano. De no ser por él, o por ella, esos volúmenes no habrían llegado nunca a mi biblioteca. Esta segunda vida de los libros siempre me parece fascinante, un milagro al alcance, una historia que enriquece la propia historia que el libro contiene. Todo esto, creo, es lo que busco cada vez que empujo la puerta de una librería de viejo.


* Las imágenes: Librería del Prado y Librería Bardón, ambas en Madrid.

17 de septiembre de 2011

Supermami de septiembre


15 de septiembre de 2011

Culturamas & me

Desde las primeras páginas de Habitaciones Cerradas ya se percibe el sólido trabajo que ha realizado en materia de personajes, especialmente, en el conjunto de los femeninos. ¿Cómo van apareciendo en su vida y los va encajando?

Mis personajes siempre surgen de la observación, pero beben de muchas fuentes diferentes. Desde las anécdotas familiares a un pequeño detalle que encuentro en una biografía… cuando estás escribiendo una novela nunca sabes qué nimiedades pueden ayudarte a definir un personaje ni dónde las vas a encontrar. A veces tienes la impresión de que la vida colabora en la escritura, poniéndote historias al alcance.


PARA LEER ENTREVISTA COMPLETA

13 de septiembre de 2011

12 de septiembre de 2011

Hambre


Es un lujo que alguien te necesite. A ti y a nadie más, ser insustituible. Que ese alguien, de pronto, deje de necesitarte, también debe de serlo.

Escribo estas líneas el día de la vuelta al cole, y sé que por ahora, lo segundo es sólo un espejismo. A las nueve y cinco minutos de hoy, he dejado a mis tres obras en el patio del colegio, cada uno dedicado a saborear sus respectivas novedades y al ruidoso reencuentro con sus amigos, y he vuelto a casa con las manos en los bolsillos, feliz de mi ansiada libertad. He vuelto a trabajar en silencio, a organizar mi vida en esta soledad reparadora. He hecho planes egoístas. He escuchado a Bach sin que nadie me reclame "Eva María se fue". Y, en lugar de almorzar, he comenzado un post del blog. Si no almuerzo, a nadie le importa. No habrá ningún cachorro desolado a mis espaldas, lloriqueando de hambre.

No me incomoda confesar que, a día de hoy, mi hambre, mi necesidad, es de otras cosas, muy diferentes. Por ejemplo, pasar una hora a mi aire entre los anaqueles de una librería de viejo.
Encerrarme en mi biblioteca de cabecera con un trimestre por delante para leer, buscar, aprender y, poco a poco, urdir una trama que, para existir, demanda tiempo, paciencia y detalles. 
Pisar un teatro, ocupar mi butaca, disfrutar mientras se apagan las luces y llega la primera frase de texto.
Comer, en la compañía de un libro, en uno de esos restaurantes que están siempre al paso de mis necesidades. Sentarme a la orilla de un mar abandonado a tramar, a pensar, a alejarme de mí misma para acercarme a la verdad.
Regresar a casa, y que mis hijos me cuenten cómo les ha ido el día, y yo contarles el mío.

Llegará el momento en que ellos necesitarán, igual que yo, su propio espacio. El día en que no quieran contarme todo lo que hacen. El día en que vayan a lugares que yo no sepa. El día en que descubran la perturbadora compañía de un extraño. El día en que ese extraño me desbanque en sus preferencias. Que los planes dejen de ser colectivos, consensuados, agotadores. El día en que eche raíces en ellos esta necesidad de libertad que intento explicarles. Ese día, les echaré de menos, pero respiraré aliviada de poder volver a ser la que  era antes de que me quisieran y me necesitaran como a nadie más en el mundo.

11 de septiembre de 2011

Décimo aniversario



El mal es que el Diablo no existe.


Yo confieso, Jaume Cabré
Destino, 2011

Millones de personas aman Nueva York. No soy original. Este es mi homenaje, hoy que hace diez años que todos lloramos por ella



 





10 de septiembre de 2011

Siempre estoy en deuda con la gente de Literaturas.com. Esta vez, reseña de mi Miguel Baquero y entrevista, que os dejo

Todas las novelas hablan de cómo el tiempo pasa y que consecuencias trae

LIT.COM: En Habitaciones cerradas podría decirse que vuelve a llenarse de vida una casa que lleva decenios abandonada. De un escenario muy parecido surge una anterior novela tuya, La muerte de Venus, finalista del Primavera. Hay, en este punto concreto de la casa abandonada o del crimen sin resolver, muchos puntos en común entre aquella novela y esta.

CARE SANTOS: Lo sé. Hay una casa en mi imaginario personal, y hay un pasado con abuela contadora de historias que pesa mucho en mi universo literario. Me temo que, además de esto, no tengo nada que decir en mi defensa, sólo que los escritores escribimos con el subconsciente además de con la imaginación y la documentación… y acaso prometer, de verdad de la buena, que mi próxima novela no tratará sobre ninguna casa ni los fantasmas, reales o imaginarios, que la habitan.

LIT.COM: Para quienes seguimos lo que escribes, hemos encontrado en Habitaciones cerradas una madurez de estilo, una seguridad en lo que haces y un dominio de la técnica que nos puede llevar a hablar de una obra de plenitud.

CARE SANTOS: ¿En serio? Mi única reacción a esas palabras es la alegría y la perplejidad. Alegría porque el trabajo constante parece dar sus frutos, y eso me parece casi un milagro en los tiempos que corren. No hablo solo de las muchas horas de obsesión que he invertido en Habitaciones cerradas, sino de las décadas que llevo escribiendo todos los días. Supongo que si todo esto no cuajara en la madurez de estilo —ahora que he cumplido ya 41 años— sólo cabría pensar que no voy por buen camino. Perplejidad porque escribir me cuesta cada día más. Con los años, las inseguridades y las dudas no decrecen. Se diría que, a pesar de todo lo escrito, estoy igual que al principio. O peor, porque ahora tengo que luchar —a veces sin éxito— contra todo lo escrito, para no repetirme, para no volver a contar lo mismo de la misma forma, para no utilizar las mismas palabras, la misma frase… Por suerte, la ilusión y las ganas de hacer cosas mejores también siguen intactas. 

PARA IR A LA REVISTA

9 de septiembre de 2011

¡Mi vuelta al cole será rusa!


De momento, y en exclusiva, la cubierta. 
Muy pronto os hablaré de este lanzamiento de Editorial Nevsky que he tenido el honor de coordinar.
Desde ya os digo (y no es pasión de madre) que si no lo leéis os perderéis uno de los mejores libros del otoño.
Estará a la venta en octubre.
De momento, y para que os vayáis ambientando, podéis ver las portadillas que ha diseñado Zuri Negrín para los diversos textos.

8 de septiembre de 2011

Revista Eñe de septiembre con relato inédito


Este cuadro se llama como mi cuento, bueno, en realidad es el cuento que se llama como el cuadro. Es decir Atardecer con perro escabullido. El cuadro es de Jorge Izquierdo Vera Tudela. Puede verse en el MEAM, el nuevo Museo Europeu d'Art Contemporani de Barcelona, que aprovecho para recomendaros.

Para ir a EÑE, AQUÍ

7 de septiembre de 2011

Supermami de agosto


6 de septiembre de 2011

Utilidades del verano


En nuestro verano ha habido gatos. Cinco, para ser exactos. Mis hijos les han alimentado con las más variopintas viandas (desde pan con nutella a la piel churruscada de un cordero o los bordes sobrantes de una pizza tamaño familiar). Los gatos han demostrado ser unos sibaritas, porque no todos los alimentos eran recibidos con igual interés. El resto del tiempo, entre comida y comida, los gatos y mis hijos se observaban mutuamente. Por las noches, los osados felinos se metían en la casa, y en más de una ocasión tuvimos que expulsar a alguno del salón, donde no se sabe si acudían en busca de compañía o, como dijo Elia en algún moemnto, a ver la película que, sin excepción, se programaba en el cine infantil familiar. Mi hija estaba convencida de que los gatos tenían todo el derecho del mundo a ver algunas cintas, como "Los aristogatos" o "La dama y el vagabundo" (donde los gatos son los malos, ah). 
De vez en cuando, los niños buscaban a los gatos por el enorme jardín. Al regresar de la expedición, informaban: hay dos bajo el coche, uno entre los arbustos del fondo y el resto, desaparecidos. A mí me daba por pensar que los gatos debían de hacer lo mismo, y al llegar a su cuartel general, donde su mamá gata les debía de estar esperando con la cena, decían: Hay un niño en el comedor, otro en el porche y dos no sabemos. Y la madre gata debía de pensar lo mismo que yo: mientras no los toquen, me encanta que vean gatos, y aprendan a respetarlos, aprendan a convivir con criaturas diferentes, que normalmente no forman parte de su vida diaria.  Aprendan a asombrarse. Al fin y al cabo, pienso, las madres somos iguales en todas partes, ¿o no?

La aventura gatuna ha sido una parte muy pequeña de nuestras vacaciones familiares, donde también ha habido horas de lectura familiar, un viajero llamado Ulises surcando los mares, los mismos mares que se han separado para dejar pasar a los israelitas en otro libro de aventuras tremebundas, ha habido sol y lluvia y olas que nos mecían y olas que nos amenazaban, y miles, miríadas de preguntas (algunas sin respuesta) y constelaciones recién descubiertas en el cielo, y películas que han gustado también a los adultos, y girasoles del tamaño de una niña de 8 años, y el primer sushi y el primer sashimi de Adrián, y paseos por el margen de una era y cielos azules impresionantes y amigos que se quedaban a cenar y a dormir y manos queridas que se despiden hasta pronto y despiertan una catarata de llanto y dibujos de casi todo (cafeteras, pies, árboles, dibujados y guardados para siempre en la caja de los dibujos) y ha habido, en suma, mucho futuro por delante. Porque eso es, sobre todo, lo que el verano vaticina: muchos otros veranos estupendos por llegar. Por eso nunca es triste despedirlo, volver a la rutina, porque sabemos que cuando llegue otro, encontraremos el modo de incorporarlo a nuestros mejores recuerdos.

Porque eso me parece que hago en verano, navegantes, por encima de cualquier otra cosa: construyo sus recuerdos.
Me encanta estar de vuelta.


5 de septiembre de 2011

José Luis Gómez Toré me manda este manifiesto, para indignarse y pensar. Aquí os lo dejo.

LA CULTURA POR LA DEFENSA DE LA ENSEÑANZA  PÚBLICA DE MADRID A TODA LA CIUDADANÍA DE NUESTRA COMUNIDAD:

Como profesionales del mundo de la cultura y como ciudadanos que trabajamos y vivimos en la Comunidad de Madrid, los abajo firmantes queremos expresar nuestra preocupación y nuestro más decidido rechazo ante los drásticos recortes que, con la excusa de la crisis, está llevando a cabo el gobierno regional en la educación pública y que se concretan en las instrucciones para el curso 2011-12. La educación y la cultura no deben ser realidades separadas: ambas siempre han sido, y son, la garantía de una sociedad plural, democrática, participativa y crítica, y por ende libre. Una educación pública de calidad constituye una conquista irrenunciable de nuestra democracia, sin la que difícilmente puede hablarse de justicia social y menos aún de igualdad de oportunidades. Una educación de todos y para todos es un pilar básico para el crecimiento personal de cada individuo así como para el desarrollo de un país en su conjunto. Por todo ello, resulta especialmente preocupante el modelo que quiere imponer el gobierno regional, que tiende a crear guetos y a profundizar la brecha de las desigualdades económicas y sociales.

Si bien los recortes se han presentado a los madrileños como una consecuencia indeseable pero inevitable de tal crisis económica, lo cierto es que se enmarca en la política de sustracción de recursos a la escuela pública que ha llevado a cabo durante años la presidenta Esperanza Aguirre en beneficio de la escuela privada-concertada. El gobierno regional ha decidido ahora recortar drásticamente las plantillas de los centros públicos, que verán reducido su cupo en el curso que comienza en 3000 profesores (lo que se suma a los recortes de años pasados, unos 5000 en total, según estimaciones de los sindicatos de docentes). Mientras los recursos en Primaria e Infantil siguen siendo insuficientes y no se garantiza el mantenimiento a largo plazo de programas fundamentales como la Compensatoria y las Aulas de Enlace, el ajuste presupuestario supone un importante número de docentes menos no sólo en la ESO y en el Bachillerato, sino asimismo en la Formación Profesional, las Enseñanzas Artísticas y las Escuelas Oficiales de Idiomas. La decisión impulsada por la Consejera de Educación Lucía Figar, sin tener en cuenta la opinión de los sectores afectados, no va precisamente en apoyo de la calidad de la enseñanza y desde luego dista mucho de esa excelencia en educación que reclama para sí la Consejería. Los primeros perjudicados son los alumnos, que en muchos casos no sólo no contarán con horas de tutoría, sino que también en no pocos centros verán cómo desaparecen horas de laboratorio y desdobles en asignaturas como Lengua, Matemáticas e Inglés.

          El reajuste va a suponer que un buen número de profesores va a engrosar las ya de por sí abultadas listas del paro, mientras muchos otros docentes se verán desplazados de sus centros de destino. Mientras el Gobierno de la Comunidad malgasta el dinero en costosas e inútiles campañas publicitarias de fomento del respeto al profesor, con medidas como éstas demuestra todo su desprecio a la meritoria labor que llevan a cabo los docentes que trabajan en la escuela pública así como a su alumnado. La mejor forma de garantizar el respeto a los profesores es dotarles de los medios necesarios y asegurarles unas condiciones dignas de trabajo. La educación, y mucho menos la educación pública, no es un lujo del que se pueda prescindir en época de crisis: es, por el contrario, una oportunidad de futuro y una garantía de cohesión social y de salud democrática. La enseñanza pública constituye, en definitiva, una de las bases fundamentales del estado social, democrático y de derecho, y si la atacamos, estamos minando la democracia misma y lesionando gravemente el derecho que todo ciudadano tiene a recibir una EDUCACIÓN DIGNA y DE CALIDAD.

           Por todo ello, mostramos nuestra solidaridad con toda la comunidad educativa afectada del sector público en Madrid y nuestro apoyo a sus movilizaciones, así como también nuestro más rotundo rechazo a las citadas instrucciones, que deben ser retiradas de inmediato.
 
¡NO A LAS INSTRUCCIONES para el curso 2011-12 en la Comunidad de Madrid!
 
¡Por una EDUCACIÓN PÚBLICA DE CALIDAD y de VERDADERA EXCELENCIA DE TODOS y PARA TODOS!

5 de agosto de 2011

Cerrado por vacaciones


4 de agosto de 2011

Laxitud e ilusiones

Me encantan estos días laxos de agosto. El teléfono no suena. La gente anda por ahí, disfrutando de su ausencia. Las horas parecen hechas para desperdiciarlas. Los libros gordos, gordísimos, nos reclaman con su pasividad a gritos. Los rincones más lejanos del Atlas parecen hechos para que nos perdamos en ellos, aunque nunca lo hagamos, porque es odioso viajar en agosto. 

No, agosto es un mes para el sedentarismo. Para los descubrimientos más cercanos: el asombro en los ojos de los niños, el placer de la lectura compartida, las películas clásicas en la penumbra del aire acondicionado, los olores del pan recién hecho en nuestro propio horno, el lujo de la calma en compañía.


Este año, navegantes, he alcanzado agosto con una sensación inédita en mí: necesito vacaciones. Ha sido un curso intenso, del cual ahora no voy a hablar porque mucho he insistido ya en eso, y en este sitio. Por delante, se extiende otro cargado de trabajo y de ilusiones. Por primera vez en mucho tiempo, antes de afrontarlo, necesito quedarme en blanco. Tumbarme bajo los árboles en mi pueblito castellano de todos los veranos. Vigilar al castillo vigilante. Ver pasar las nubes. Preparar grandes jarras de limonada. Charlar hasta las tantas de la madrugada mientras los grillos cantan para nosotros. Tener cerca a alguien que durante el año siento cerca aunque esté lejos.


Me llevo la maleta cargada de lecturas, eso sí. No son novelas de Dickens, ni de mi adorado Wilkie Collins. Son textos de principios del XIX, la mayoría biográficos o memorialísticos., algunos inencontrables, comprados a precio de oro en librerías anticuarias. Documentación para mi próxima novela. Alimento para el monstruo, en suma. Cuando regrese, en septiembre, pondré fecha al inicio de la escritura, aunque ya hay cuadernos garabateados con párrafos,  esquemas y hasta algún que otro  principio de capítulo. También hay título, aunque por ahora me lo reservo (ya sabéis: los novelistas debemos mantener el suspense). 

En estos momentos, la historia por contar es una gran emoción y una ilusión desbordante.  Estoy deseando hincarle el diente a una historia que estará repleta de bibliotecas y de locos de los libros. Con ellos me despido, comportiendo la alegría con todos vosotros, hasta más ver. Estaré de vuelta cuando agote las nubes castellanas o cuando ellas se cansen de mí.
 

Feliz laxitud agostina, amigos.


3 de agosto de 2011

Desaveniencias con Mr. Pickwick


Hace unos días sentí la urgencia de leer Los papeles póstumos del Club Pickwick, la que a decir de algunos es la mejor novela de Charles Dickens. Durante el curso no puedo permitirme estos lujos de más de mil páginas, como tantos. Después de un proceso de búsqueda no exento de grandes desilusiones  (tropecé con libreros que ni siquiera conocían el libro ni lo habían tenido jamás), y de descartar la edición de bolsillo, en tres volúmenes, de Alianza, encontré -en manos de mi librero de cabecera, esto es, Luis, de  Librería Laie, en Barcelona- lo que andaba buscando: la edición de Mondadori, en tapa dura, colección Grandes Clásicos. Me tumbé con él en la cama, dispuesta a pasar toda una tarde sumergida en  sus páginas.¿Habrá mayor placer?
Ahora que lo he dado por terminado, puedo decir que lo que más me ha gustado de ese libro es el prólogo y las notas de José María Valverde. La novela me parece ingenua hasta la desesperación (no podía ser de otro modo, me digo: su autor la escribió con 24 añitos), tediosa, repetitiva y armada con la técnica del collage, muy poco favorecedora en este caso. Echo de menos personajes verosímiles, construidos con la profundidad de los grandes. Echo de menos un humor menos infantil, una peripecia más emocionante.  Me sobran algunas de las historias intercaladas y quisiera que otras fueran en sí mismas novelas dickensianas. Incluso echo de menos más espectros y fantasmas (y eso que el prologuista le recrimina a Dickens su gusto por lo fantasmagórico). En fin.
El prólogo habla de la génesis de la obra. Apareció por entregas, como otras de su autor, y fue su primer trabajo serio  (antes de escribirla, apenas había publicado unos cuentos bajo pseudónimo.) El Club Pickwick, calcado a otras sociedades de la Inglaterra de su tiempo, surgió por iniciativa del editor del periódico, quien le proporcionó a Dickens no sólo el título de la novela, el tema y los personajes, sino las ilustraciones de Robert Seymour a las que el escritor debía ceñirse escrupulosamente. Lo hizo -sólo hay que leer la descripción de los miembros del club- hasta que su criterio se impuso al de Seymour, y ganó la batalla. Luego, Seymour se ahorcó y tuvo que ser sustituido por otro ilustrador. En alguna parte he leído que esas vicisitudes en la sustutución de los dibujantes eran moneda de uso corriente cuando se publicaban novelas tan extensas. Dickens escribió 15.000 palabras cada quince días durante más de un año.
La novela fue un acontecimiento en su época. La aparición de algún personaje secundario disparó las ventas y lo convirtió, por imperativo categórico, en casi principal. Los lectores estadounidenses fueron al puerto de Nueva York a esperar el barco que traía el desenlace de la historia. 
Qué bonita imagen. Un puñado de personas ávidas de conocer cómo termina el cuento.

2 de agosto de 2011

El arte de la amistad