16 de abril de 2006

Marcianos vaticanos

En la Casa dels Concilis de Tarragona, muy cerca de la Catedral, se acaba de inaugurar el Museo Bíblico, donde puede admirarse, según leo en La Vanguardia, una reproducción de la Sábana Santa, fragmentos de las pinturas de las catacumbas de Roma (originales), una maqueta del Templo de Jerusalén, un cocodrilo disecado de Tebas o la momia de un halcón, proveniente de un enterramiento egipcio. He de reconocer que no esperaba esas veleidades zoológicas en el museo bíblico tarragonés. Todas las piezas fueron reunidas por el canónigo Josep Vallès durante sus numerosos viages a Tierra Santa, dice la noticia. Ya imagino al santo hombre expoliando antigüedades con exaltación cristiana.
Como todo el mundo sabe, el tráfico ilegal de obras de arte no es pecado. No ha dicho nada de ello, por lo menos, la Instrucción Pastoral que en estos días pascuales me ha tenido henchida de misticismo. Hablo del escrito otorgado por la Conferencia Episcopal Española y titulado «Teología i secularización en España. 40 años después delConcilio Vaticano II». Esto de los 40 años después lo especifican por si alguien puede llegar a pensar que el texto es contemporáneo del Vaticano II o incluso anterior. De hecho, me temo que el emperador Constantino era más moderno que la mencionada Instrucción.
En ese texto, la conferencia episcopal ha llamado públicamente al orden a algunos de sus más destacados discípulos, considerando que ofrecen «una concepción deformada de la iglesia». Concepción que han comparado con una patologia que afecta a un cuerpo humano y que conviene eliminar. Y eso han hecho, pública y notoriamente: extirpar patologías.
Marciano Vidal —qué afortunado nombre, en estas circunstancias— ha sido uno de los regañados. Este teólogo leonés de 65 años, muy influyente desde los años 70 y traducido a muchos idiomas (entre ellos el coreano) se atrevió a justificar en sus escritos conductas tan desviadas como la homosexualidad, la masturbación, la contracepción o la reproducción asistida. Válgame Dios. ¿Es cierto lo que leo? ¿Se atrevió el reverendísimo a afirmar que poner impedimentos a parir cada año es pecado, por ejemplo? ¡Me hago cruces! Por todo ello, con toda lógica, fue obligado por el pontífice Ratzinger-Z a retractarse públicamente, como un Galileo cualquiera (aunque con consecuencias más graves, porque al fin y al cabo que la tierra fuera redonda o plana no afectaba a la gente de a pie). Qué aficionada es la iglesia a esos «donde dijiste Digo di ahora Diego, guapo, o verás lo que es bueno».
Veamos un segundo ejemplo. El sacerdote jesuita Anthony de Mello, nacido en Bombay en 1931, ciudad donde murió en 1987. Sus doctrinas, seguidas por muchos fieles, son perniciosas por motivos algo menos inteligibles para esta humilde cronista matutina aunque la caza de brujas contra él es mucho más antigua. Ratzinger era cardenal cuando hizo que Juan Pablo II firmara una amonestación contra el jesuita. ¿Los motivos? A ver si vosotros comprendéis algo: «Por sustituir la revelación de Cristo por una intuición de Dios sin forma ni imágenes, hasta el extremo de hablar de Dios como de un vacío puro». Aviso para navegantes (qué apropiado): ¿Habláis de Dios como de un vacío puro? ¿Sustituís su revelación por una intuición sin forma ni imágenes? Pues tened cuidado, porque cualquier día os acusan de ser «una causa de grave escándalo para la comunidad eclesiástica». Por menos se han creado iglesias.
En fin. El objetivo de la Instrucción con que empezó esta Pascua y que hoy me ha traído hasta el teclado con tanto arrebato era, como ya he dicho, corregir «la concepción deformada de la iglesia». ¿Pensábais acaso que había cierta esperanza de modernización? ¿Que entre los obispos actuales hay alguno que pueda arrojar alguna luz en el oscuro y triste camino de los fieles? Pues no. Por fortuna para los afectos a la época de las cavernas, los obispos se han encargado de extirpar patologías a la vez que dejan claro el ideario de la casa: no al sacerdocio femenino (qué enrollados, estos tipos), no a las uniones homosexuales (al matrimonio, horror, ni mentarlo, claro), no a las absoluciones colectivas (¿has pecado? Pues jódete). Ser homosexual es pecado, igual que abortar o practicar la eutanasia. Masturbarse también los es. Como fornicar, aunque tranquilos, en este caso aún hay una posibilidad: si se fornica dentro del matrimonio y con finalidades reproductivas, está bien. Lástima que fornicar así inhibe la líbido de ambas partes.
Qué negro panorama, hermanos, hermanas. Claro que, siguiendo el ejemplo de la Curia, siempre nos queda entregarnos con entusiasmo al robo de obras de arte en Tierra Santa. Lástima no haberlo sabido un poco antes, porque nos podríamos haber montado unas vacaciones de Pascua de lo más alternativo.
Feliz último día de fiesta, visitantes.

15 de abril de 2006

Errare humanum est

Robert Louis Stevenson, el creador de La isla del tesoro, recomendaba a los escritores que jamás se sentaran a escribir sin un calendario y un mapa, para evitar así algunos errores que a él le gustaba afearle, sobre todo, a Walter Scott, a quien no soportaba Por ejemplo, señalaba uno muy divertido en El señor de Ballantrae, donde un jinete recorre en un día la distancia que le separa de su amada. El mismo camino, a la vuelta, lo hace en dos horas y media. ¿Sería acaso, que al enamorado se le eternizó la ida o que a la vuelta tomó la autopista?

He aquí algunos otros ejemplos de gazapos literarios, clásicos y no tan clásicos. Como quedará claro, uno de los problemas más graves con que tropezamos los autores es la descripción de los rasgos físicos de los personajes.

-La cicatriz en la mejilla de Rochefort, de Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas: en la pagina 29, le cruza la mejilla, en la 60 la tiene en la barbilla y en la 70 en la sien.

-El color de ojos de Emma, la protagonista de Madame Bovary, de Gustave Flaubert cambia tres veces a lo largo del libro. De miel a azul y de azul a negro. Fascinante.

-Las lágrimas del tuerto: En Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari, se cuenta que Sinuhé compra un esclavo tuerto que es uno de los personajes secundarios de mayor importancia en la historia. Habla en varias ocasiones de su sirviente como "cíclope", en alusión a su único ojo. Casi al final, el cíclope, Kaptah, aparece con "los ojos llenos de lágrimas".

-Los bichos raros de Eco. En Baudolino, Umberto Eco (capítulo 32) dice que Baudolino y sus compañeros acuerdan entrenar a unos de los extraños habitantes de Pndapetzim, los PANOCIOS, para volar, ya que poseen unas orejas muy grandes. En un mismo párrafo se dice que Colandrino acostumbraba a los PONCIOS a volar (los poncios son otros raritos: tiene los órganos sexuales en el vientre) y que no se podía circular por la ciudad de Pndapetzim porque en cualquier momento te caían un PANOCIO en la cabeza. Un lío, ni el autor se aclara.

-El viaje interminable. En Bola de sebo, de Guy de Maupassant los personajes viajan once horas, según se dice. Pero si se suman bien los datos del autor (cuatro veces dos horas de reposo a los caballos = 8 horas + 6 de camino), dan 14.

-Extraterrestes lerdos. En Cazadores de sueños, de Stephen King, los extraterrestres envían una serie de números primos para demostrar su inteligencia, pero incluyen el 27, que no es primo.

-Tinte rápido. En El señor de las moscas, William Golding, se dice de Jack: "su pelo rojo resaltaba bajo la gorra negra.". Más adelante se habla de "su cabellera rubia, bastante más larga que cuando cayeron sobre la isla."

-Ojos cambiantes. En Hermosos y malditos, de Francis Scott Fitzgerald, se nos dice cuando se nos presenta al protagonista, Anthony Patch, que tiene los ojos azules. Hacia la mitad del libro, son negros. Al final, vuelven a ser azules. Sin duda esta es una patología que afecta a los seres de ficción. La misma que aquejó a Emma Bovary. A Fitzgerald le habría venido bien el calendario del que hablaba Stevenson: la acción se nos dice que transcurre en febrero, luego en mayo, y al final vuelve a ser febrero.

14 de abril de 2006

75 aniversario

CONSTITUCIÓN DE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA

Art. 1º. España es un República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de Libertad y de Justicia.
Los poderes de todos sus órganos emanan del pueblo.
La República constituye un Estado integral, compatible con la autonomía de los Municipios y las Regiones.

Art. 2º. Todos los españoles son iguales ante la ley.
Art. 3º. El Estado español no tiene religión oficial.
Art. 4º. El castellano es el idioma oficial de la República.
Todo español tiene obligación de saberlo y derecho de usarlo, sin perjuicio de los derechos que las leyes del Estado reconozcan a las lenguas de las provincias o regiones. Salvo lo que se disponga en leyes especiales, a nadie se le podrá exigir el conocimiento ni el uso de ninguna lengua regional.
Art. 6º. España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional.
Art. 7º. El Estado español acatará las normas universales del Derecho internacional, incorporándolas a su Derecho positivo.
Art. 11º. Si una o varias provincias limítrofes, con características históricas, culturales y económicas, comunes, acordaran organizarse en región autónoma para formar un núcleo poliadministrativo, dentro del Estado español, presentarán su Estatuto con arreglo a lo establecido en el artículo 12.
Art 21º. El derecho del Estado español prevalece sobre el de las regiones autónomas en todo lo que no esté atribuido a la exclusiva competencia de éstas en sus respectivos Estatutos.
Art 26º . Todas las confesiones religiosas serán consideradas como Asociaciones sometidas a una ley especial. El Estado, las regiones, las provincias y los Municipios, no mantendrán, favorecerán, ni auxiliarán económicamente a las iglesias, Asociaciones e Instituciones religiosas.
Art. 27º. La libertad de conciencia y el derecho de profesar y practica libremente cualquier religión quedan garantizados en el territorio español, salvo el respeto debido a las exigencias de la moralidad pública.
Los cementerios estarán sometidos exclusivamente a la jurisdicción civil. No podrá haber en ellos separación de recintos por motivos religiosos. (...) Todas las confesiones podrá ejercer sus cultos privadamente. Las manifestaciones públicas del culto habrán de ser, en cada caso, autorizadas por el Gobierno.
Art. 44º. Toda la riqueza del país, sea quien fuere su dueño, está subordinada a los intereses de la economía nacional (...) con arreglo a la Constitución y a las leyes.
La propiedad de toda clase de bienes podrá ser objeto de expropiación forzosa por causa de utilidad social mediante adecuada indemnización, a menos que disponga otra cosa una ley aprobada por los votos de la mayoría absoluta de las Cortes. Con los mismos requisitos la propiedad podrá ser socializada.
Los servicios públicos y las explotaciones que afecten el interés común pueden ser nacionalizadas en los casos en que la necesidad social así lo exija.
El Estado podrá intervenir por ley, la explotación y coordinación de industrias y empresas cuando así lo exigieran la nacionalización de la producción y los intereses de la economía nacional.
Art. 52º. El Congreso de los Diputados se compone de los representantes elegidos por sufragio universal, igual, directo y secreto.
Art. 53º. Serán elegibles para Diputados todos los ciudadanos de la República mayores de veintitrés años, sin distinción de sexo ni de estado civil, que reúnan las condiciones fijadas por la ley electoral.


Nota para navegantes: La fotografía sobre estas líneas corresponde a la celebración del 14 de abril de 1931 frente al Ayuntamiento de Mataró, ciudad en la que nací y persisto. Mi ciudad, con gobierno socialista, prepara homenajes a los 75 años de la desafortunada II República.

Irène Némirovsky (1903-1942)

Era sólo una adolescente cuando su familia se exilió a París desde su Kiev natal a causa de la Revolución de Octubre de 1917. En París vivió y se licenció en Letras en La Sorbona. Toda su obra la escribió en francés, idioma que dominaba a la perfección, como una segunda lengua madre. En 1929 envió su primera novela a un editor francés. Durante la Segunda Guerra Mundial fue deportada a Auschwitz, donde moriría junto con su marido, Michel Epstein, a los 39 años. Sus hijas, muchas décadas después, rescataron sus manuscritos. El primero que entregaron a los editores fue Suite francesa, una novela que de inmediato se convirtió en un éxito, no sólo en Francia (en España Salamandra la publicó elaño pasado). Esta segunda obra, El baile, que acaba de publicar en castellano el mismo sello barcelonés, apareció en Francia por primera vez en 1930, pero no fue hasta 1986 que se tradujo a nuestro idioma.
En esta nouvelle, Némirovsky retrata sin ninguna piedad a los nuevos ricos, enriquecidos de la noche a la mañana a causa de sus negocios en bolsa. Kampf, el protagonista, es un burdo señor que ha hecho rápidas riquezas y al que acompaña una señora todavía más burda, hasta rozar la caricatura. Némirovsky parece divertirse con sus descripciones despiadadas. Valga un ejemplo, que corresponde al momento en que la señora de la casa se arregla para el baile que da título a la historia:
A toda prisa, como si acudiera a una cita amorosa, arrojó a un lado la bata y empezó a vestirse. Se puso las medias, los zapatos y el vestido, con esa habilidad especial de quienes se las han arreglado sin doncella toda su vida. Las joyas... tenía un cofre lleno. Kampf decía que eran la inversión más segura. Se puso el gran collar de perlas de dos vueltas, todos sus anillos, brazaletes de diamantes que le envolvían los brazos desde la muñeca hasta el codo; después fijó al cuerpo del vestido un gran dije adornado con zafiros, rubíes y esmeraldas. Brillaba, centelleaba como un relicario. Retrocedió unos pasos, se miró con una sonrisa feliz... ¡La vida comenzaba al fin!

Con todo, El baile es una novela terrible. La historia de una venganza. Una llamada de atención sobre lo que de verdad es importante en la vida. Una divertida radiografía de la sociedad de su tiempo. Y un análisis hábil de sus personajes, sobre todo de las mujeres: Antoinete, la hija; Rosine, la señora de la casa e Isabelle, la profesora de piano.

13 de abril de 2006

Un jueves santo diferente (o Hacía meses que deseaba hacer esto)


Mataró, 13 de abril de 2006

Señor Obispo de la Diócesis de Barcelona:
La abajo firmante, en pleno uso de mis facultades y derecho, mayor de edad
MANIFIESTO:
PRIMERO.- Que el canon 383.1, establece: «Al ejercer su función pastoral, el Obispo diocesano debe mostrarse solícito con todos los fieles que se le confían (...), así como con quienes se hayan apartado de la práctica de la religión».
SEGUNDO.- Haber sido bautizada en la fe católica por decisión de mi familia, presuponiendo cuales debían ser mis convicciones morales y religiosas, y negando por tanto, la plena libertad para emitir un juicio personal libre y consciente.
TERCERO.- Haber meditado suficientes años, haciendo uso de mi derecho a la libertad de conciencia y a mi capacidad de razonamiento crítico, sobre el significado de mi adscripción a la fe católica, y por consiguiente a la Iglesia Católica.
CUARTO.- Mi profundo convencimiento que la fidelidad a la propia conciencia es un derecho constitucional reconocido por la legislación nacional e internacional y a la cual ninguna entidad privada o pública puede oponerse.
Por lo expuesto rechazo la fe cristiana y, en concreto, la católica y me considero incursa en apostasía tal y como la define el cánon 751 del Código de Derecho Canónico, por lo que

REQUIERO:
1º Mi exclusión a todos los efectos (incluso los estadísticos), del registro de personas bautizadas a la fe católica y el reconocimiento del acto de apostasía que por esta declaración expreso.
2º Y ruego de las instrucciones oportunas para que se me envíe acuse de recibo ORIGINAL de la presente carta, con fecha de entrada, firmada y sellada convenientemente.

Firmado: Care Santos Torres

* Ruego traslade este documento al responsable de su iglesia en la denominada Parroquia de Sant Josep, de Mataró (Barcelona), donde fui bautizada. Adjunto para tal fin fotocopia compulsada de mi Documento Nacional de Identidad.

Nota: La foto que ilustra esta carta que hoy he dejado en el buzón corresponde a un grupo de enfervorizados boy-scouts, demostrando con una danza casi tribal su alegría por asistir a los Encuentros Internacionales de la Juventud de Benedicto XVI, el pasado julio en la ciudad alemana de Colonia. ¿Os parecen motivo suficiente para querer causar baja?
CONTINUARÁ...

12 de abril de 2006

E de Espiral (Palabrario personal)

En algún lugar del mundo alguien debe de sentirse en este mismo instante terriblemente infeliz. Tal vez alguien que acaba de perder a su padre y se esfuerza por comprender que, aunque existiera un reencuentro más allá de todo, sería demasiado largo el camino a recorrer. Tal vez alguien esté oculto bajo su sábana mientras las heladas palabras taladran su presente y su futuro, cegando las salidas de su laberinto. O tal vez ahora mismo alguien esté pensando que no existe solución a la negrura, al desasosiego, al dolor y al insomnio.
En alguna lejana ocasión, otro que se había sentado a esperar con placidez, después de terminar las obligaciones diarias, quizás adivinara mi dolor mientras a mí las palabras me taladraban el presente y alcanzaban este futuro feliz que me conforma, mientras la oscuridad de mis noches jugaba a alternar insomnio con pesadillas o acaso mientras yo tratataba de comprender por qué mi padre había muerto.

11 de abril de 2006

Cuestión de principios

En su especial Feria del Libro, la revista digital Literaturas.com publicará una encuesta con un buen número de escritores en la cual se nos pregunta si dejaríamos que una sola de nuestras obras se pudiera descargar gratuitamente desde Internet. No sé qué dirá la gente, pero yo responderé que no, que no permitiría que ninguna de mis novelas se pudiera descargar gratuitamente en la red. Es cuestión de principios, además de supervivencia. No vale nada aquello a lo que no se le otorga un valor, ni que sea simbólico. Voy a poner un ejemplo: Stephen King publicó hace unos 4 o 5 años una de sus novelas en la Red. Creo recordar que la "vendía" a 2,50 euros. Un precio, por otra parte, que nada tenía de simbólico: más o menos esa cantidad es la que el estadounidense recibe por cada uno de los libros vendidos en una librería. El 10 por ciento reglamentario, como todos. El 12 por ciento, tal vez, en su caso: una prebenda que los editores reservan a los que son capaces de vender tanto como él. Cobrando 2,50 euros en Internet lo más probable es que King cobrara más aún de que suele recibir por cada ejemplar vendido. Esa modalidad de edición permite, entre otras cosas, una relación más directa entre autor y lector. También permite prescindir de los editores, lo cual conlleva ciertas ventajas (y también ciertos inconvenientes). Aunque entraña también un innegable riesgo esa relación directa. El mayor es la falta de rigor: aunque me pese reconocerlo, los editores juegan un importante papel a la hora de cribar de entre todo lo que reciben aquello que, en su opinión, debe llegar a las librerías. Que muchas veces se equivoquen no significa que no sean necesarios.
Del mismo modo, es necesario recordar al lector que una novela no es algo que surja por arte de magia. Que tiene su valor. Un valor económico, además de todos los demás. Y no sólo porque los escritores poseemos extraños metabolismos acostumbrados a tres comidas diarias, también porque los placeres puros, como recordaba César Mallorquí hace un par de días en su blog, siempre cuestan dinero. Irse de putas cuesta dinero, decía él, con acierto. Por supuesto. Y comprar una novela es algo parecido a irse de putas.
Así que, queridos visitantes, tendréis que esperar toda mi vida y los 70 años de rigor tras mi muerte hasta que se liberen los derechos de cuanto he escrito y podáis descargar mis novelas en Internet. Suponiendo, claro está, que por aquel entonces —calculo que, más o menos, podemos estar hablando del año 2115— alguien recuerde que alguna vez existí y escribí cosas, o quede alguien con ganas de leer, o quede alguien con ganas de algo, o quede humanidad (y no nos haya destruido el cambio climático, los herederos biliosos de Bush o Bin Laden, otro impacto de meteorito, el loco iraquí o un puñado de marcianos cabreados, como los que creó Fredric Brown).
De entre todas las posibilidades, ésta última sería la mejor. Por lo menos, unas risas.

10 de abril de 2006

Un día cualquiera

Parar el despertador. Cinco minutos más. El llanto de Álex, que no está de acuerdo con mi pereza. El primer biberón. Zapatos, chaquetas, desenredar los rizos gemelos de los míos de mi hija Elia. La carrera matutina para llegar a tiempo al colegio. Ordenador. Teléfono. Mi agente, algún editor, las chicas de mi suplemento. Trabajo hasta la hora de comer. Comer temprano, ni cinco minutos después de la hora debida. Biberones, llantinas. Siesta del bebé. Escritura con interrupciones (o sin, si no atiendo al teléfono, como suelo: los contestadores se inventaron para gente como yo). La obligación diaria de llegar a la tercera página de lo que tengo entre manos. Otras hierbas: buscar huecos en la agenda, organizar viajes, pedir hora para las vacunas, contestar el correo (los peor parados siempre: los amigos). Preparar envíos para el correo del sábado. Montar el puzzle del horario de las canguros. Confundir los horarios, las canguros, los días (mi despiste aún no está tan domesticado como debiera). Leer algo, a salto de mata, maldiciendo la falta de tiempo. El regreso de los niños. Adrián me cuenta qué ha comido en el cole. "Hamburguesa con las manos", dice siempre (sólo de tarde en tarde es verdad, claro). Esponjas, champú, patos de goma de color fucsia. Cena, conversación minimalista. Últimos juegos entre el cansancio. Último biberón. Cuento, el de siempre, sin cambios, por enésima vez. Los muñecos también se meten en la cama, también se tapan, también están cansados. Silencio. Escritura plácida, relajada. Un par de horas, como mucho. Los últimos minutos del día refugiada en un libro ajeno. Disfrutar de la tranquilidad efímera. Desear que el bebé no se despierte. Programar el despertador para el día siguiente.

9 de abril de 2006

Inquietantes autómatas



Esta Olimpia nos ha inquietado mucho y no queremos tratarnos con ella; se comporta como un ser viviente, aunque en realidad sus relaciones con la vida son muy extrañas.
Honorables damas y caballeros, ¿no se dan cuenta de cuál es el quid del asunto? ¡Todo es una alegoría, una absoluta metáfora!

E.T.A Hoffman, El hombre de arena

8 de abril de 2006

Cerrado por cumpleaños


«Un escritor no escribe nada realmente notable hasta pasados los 40»
Amigos, amigas: ya sólo me quedan 4.
Para celebrarlo, os regalo un cuento, Seis,
que podéis leer en Gazpacho.

7 de abril de 2006

Café con libros en Pamplona

No tengo miedo a la muerte. A la propia, me refiero. La ajena me da pánico. Ayer dije esto frente a los tertulianos de Café con libros, una tertulia que funciona desde hace tres años en la Biblioteca del Civican, de Pamplona. Una gente encantadora, por cierto. La muerte no está más lejos de ustedes que de mí por el hecho de que yo sea algo más joven, añadí. La muerte está equidistante de todos nosotros. Les expliqué algo que pocos saben: que hace unos meses escribí un textito donde agradezco a los asistentes a mi funeral haber perdido el tiempo en venir y donde les digo que celebren mi ausencia con el recuerdo y la alegría, dos cosas en las que creo fervientemente. Por último, les confesé que por ahora no tengo la intención de morirme: mis hijos me necesitan demasiado. El día en que para ellos ya no sea imprescindible, en que sólo sea un obstáculo para la evolución, la muerte no me parecerá mal. He vivido mucho más y con mucha más intensidad de lo que esperaba. He recolectado cosas que no sabía haber sembrado y las cosechas han sido casi siempre cuantiosas (en lo bueno y en lo malo). Me considero, pues, bien pagada por la vida. He escrito mucho. No me voy de vacío. Dejo algo a mi paso. Sé que hay gente que me quiere. Mi muerte no será ningún drama.
Después de tanta frase jactanciosa, los asistentes a la tertulia parecían querer que cambiara de opinión: «Con la de historias bonitas que tienes por escribir, mujer, cómo hablas de morirte», me dijo una de las presentes, con una sonrisa encantadora. Pero la frase que más me tocó el corazón fue la de uno de los pocos señores asistentes. «No quiero que te mueras», me dijo, «porque quiero leer todo lo que escribas en los próximos diez, quince o veinte años».
Tamaño piropo no puede quedarse sin reacción. Caballero, mis próximos diez, quince o veinte años de ficción irán por usted. Y también esta entrada de hoy.

Alberto Insúa, el bonito

En uno de mis innumerables viajes últimos me encontré en el Altaria Madrid-Barcelona con Paula Izquierdo. Mantuvimos una conversación casual, circunstancial y algo sosa mientras una señora casi nonagenaria nos observaba con interés. Cuando Paula se apeó (enTarragona), pese a que yo regresé al compulsivo aporreamiento de las teclas del mismo ordenador en el que ahora escribo esto, la señora nonagenaria se empeñó en entablar conversación conmigo. "Hay quientiene un hijo hiperactivo", dijo, para romper el hilo."Mis hijas, en cambio, dicen tener una madre hiperactiva". Alertada gracias al espionaje anterior de mi condición de escritora, la señora consideró oportuno hacerme saber cuáles habían sido sus lecturas de jovencita. Nopodían ser más eclécticas: tanto había devorado a Stephan Zweig como admirado a Corín Tellado. Me habló maravillas de las hermanas Bronte, de Blasco Ibáñez y de Alberto Insúa. Coño, pensé, aún le sobrevive algún lector a Alberto Insúa. "Sus novelas eran tan bonitas", dijo en un suspiro mi compañera de viaje, arrugando los labios a la vez que las mejillas y elevando los ojos en un aire de santidad. Bonito. Qué adjetivo tan cándido, tan inocente, tan ingenuo, aplicado a una novela. Todos, en el fondo, aspiramos a escribir novelas de las que se pueda decir que son bonitas. Alberto Insúa fue uno de los escritores más populares de los años 30 y 40. Su nombre real era Alberto Galt Escobar, era cubano, nacido en La Habana en 1885. Se trasladó a España muy joven y en Madrid ejerció el periodismo (El País, El Imparcial, Blanco y Negro y Nuevo Mundo). Durante la I Guerra Mundial fue corresponsal del Abc en París. En 1909 publicó su primer libro, una novela erótica bajo el estupendo título de La mujer fácil. Fue, pienso, demasiado para su época: enseguida abandonó tan sicalípticas intenciones y se centró en la novela sentimental, que sería lo suyo. En ese terreno triunfó. Fue, de hecho, una especie de precursor, 30 años antes, de Antonio Gala. Una de sus obras más conocidas, traducida "a muchos idiomas" según rezan sus fichas biográficas, fue El negro que tenía el alma blanca. De hecho, sus títulos son más que ilustrativos: Aquel hombre... (puntos suspensivos incluidos, claro), Amor prohibido, El amante invisible. Mirad éste: La mujer, el torero yel toro (a la mujer y al torero podemos imaginarlos pero, ¿y el toro, qué pintará aquí?). Sus memorias, publicadas en tres volúmenes de casi 700 páginas se llamaron Amor, viajes y literatura. También es bonito, sin duda. Alberto Insúa daría para un debate acerca del alcance de la posteridad. Sigues vivo mientras alguien te recuerda, digo si pienso en mi compañera de tren. Aunque hoy, salvo en librerías de lance, nadie recuerda al prolífico cubano. Hace no tanto tropecé con algunos de sus libros en una feria del libro de ocasión. Me divertí leyendo su pomposa biografía. Sentí cierta lástima porque nadie le recuerde, aunque su obra no merezca demasiada memoria (hay tantos que no la merecen y sin embargo gozan de ella) y, por supuesto, no compré ninguno. En el fondo, todos correremos esa suerte: seremos más o menos bonitos,pero al final, no habrá espacio en la memoria ajenapara nosotros.

* Por cierto: Como habrá observado el visitante sagaz, la foto es de Charlotte Bronte. De Insúa no hay imágenes en la red. Por lo visto, ni la posteridad ni la belleza dieron para tanto.

6 de abril de 2006

Chicas malas

Jezabel, Medea, Medusa, Dalila, Regan, Goneri, Lady Macbeth, la Reina de la Noche, niñeras envaradas, amas de llaves sibilinas, maestras odiosas...

Si fuera personaje de ficción y pudiera elegir, me gustaría ser la malvada de una buena novela.

5 de abril de 2006

Huida (microcuento)

Ariadna insistió tanto en que para su duodécimo cumpleaños quería una casa de muñecas, que terminó saliéndose con la suya.
—Eres ya muy mayor para estas cosas— le decía su madre.
Si no hubiera sido una niña tan enfermiza, siempre acosada por el fantasma de una dolencia terrible, no le hubieran consentido siempre todos los caprichos. Ariadna situó aquel tesoro recién conquistado en su habitación, en el centro del recuadro de sol que dibujaba en la moqueta el ventanal y desde ese día puso todo su esmero en cuidar de él.
Eligió una lana de cachemir suave y esponjosa, de su color favorito, para tejer una diminuta colcha. Blonda para las cortinas, hilo para las sábanas. Los platos, los hizo ella misma, irregulares y rudos, de barro cocido. Abasteció la despensa, limpió cada rincón, decoró el jardín con plantas en miniatura. La madre alertó al médico ante tanto celo por parte de su hija, pero el buen hombre no relacionó el comportamiento de su paciente con ninguna patología conocida. Sí llamó la atención a la familia, sin embargo, sobre el aspecto descuidado de Ariadna, que se arrastraba por la moqueta con el pelo desgreñado y sucio y con su camisón azul repleto de lamparones.
El siguiente capricho fue un muñeco. Ariadna salió de casa por última vez para ir a escogerlo. Se negó a visitar la juguetería de siempre. Llevaba el nombre de otra apuntado a bolígrafo en la palma de la mano. Allí pudo decidirse entre una treintena de modelos, demorándose mucho en la contemplación de cada uno. En algunos casos, pidió a la dependienta que los sacara de su caja para tocarlos o explorar mejor algún detalle. La madre se incomodaba. Finalmente lograron que Ariadna se decidiera por uno: media melena castaña, chaqueta de fieltro y pantalón negro de imitación de cuero.
Nada más llegar a casa, Ariadna ubicó al muñeco en la cama y lo tapó con la colcha de cachemir.
—Ya está todo —dijo, antes de acostarse sin cenar.
Por la mañana la madre llamó en vano a su hija para que bajara a desayunar. Repiqueteó con los nudillos en la puerta, pero no obtuvo respuesta. Alzó la voz para gritar su nombre, pero fue en vano. Cuando entró en la habitación de Ariadna, se asustó de encontrarla vacía. Buscó sin éxito por todos los rincones, pero la niña no apareció. Llamó a su marido y a la policía. Mientras esperaba a que llegaran volvió a subir hasta la habitación de la niña en busca de alguna explicación. Entonces reparó en la casa de muñecas, en el primor con que todo estaba dispuesto, en los cuadrados de luz que el sol dibujaba al filtrarse por las pequeñas ventanas, en la colcha de cachemir bajo la cual sonreían, muy apretados, dos muñecos: él, castaño y con chaqueta de fieltro; ella, de melena rubia y con un gastado camisón azul.

4 de abril de 2006

Impertinencias

Ayer les pregunté a los autores recogidos en Un diez. Antología del nuevo cuento catalán qué responden a ese comentario impertinente que antes o después le llega a todo escritor: alguien completamente carente de interés (muchas veces la vecina del segundo tercera, en el ascensor) te dice: «Un día, niña, te explicaré mi vida y te dará para escribir una novela».
Éstas fueron algunas de sus respuestas:
Jordi Puntí: «Yo escribo la vida de la vecina. Yo lo escribo todo.»
David ventura: «Nadie sabe que escribo, así que nadie me lo dice nunca.»
Albert Calls: «Como he trabajado cinco años en un Ayuntamiento, les doy una instancia y les digo: 'Tome, vaya rellenándome esto?'.»
Vicenç Pagès: «Le animo a escribirla él mismo y presentarla luego al Planeta.»
Xavier Gual: «Yo me veo incapaz de decir algo más gracioso de lo que ya se ha dicho.»
Y vosotros, ¿qué le decís a la vecina que os suelta eso en el ascensor? Por último, un consejo (no solicitado, es verdad) para quienes no sois escritores: nunca seáis la vecina del ascensor.

Desenlace

Finalmente, ayer no vino.
Cualquier día de estos hará dos años y un día.

3 de abril de 2006

Julio Ramón Ribeyro

Leí por primera vez a Ribeyro en Lima y en ediciones peruanas, como debe ser. Luego me compré sus Cuentos completos (Alfaguara) y hace poco, apenas un par de años, Seix Barral publicó sus diarios bajo el título La tentación del fracaso. A esos diarios pertenecen estas citas que hoy os sirvo, con el deseo de que os hagan buen provecho.
Es siempre bajo el imperio de emociones pasajeras que tomamos decisiones definitivas.
A tus amigos puedes dejar de leerlos, jmás a tus enmigos.
El odio es una forma de conocimiento.
El amor es una de las grandes aventuras que justifican la vida.

2 de abril de 2006

Estáis invitados


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Es inevitable pensar a quién te gustaría ver entre el público cuando presentas un libro. Mi padre, por ejemplo, que nunca me vio presentar ninguno. Mis hijos, dentro de unos años.
De los que están en edad y disposición para ir, pienso en uno, a quien me gustaría ver mañana. T.M.G. Hace casi dos años que no nos vemos, si no he perdido la cuenta. Qué cosas.

1 de abril de 2006

Los libros viajeros


Cuenta Nabokov en sus memorias que en la casa de sus padres cerca de San Petersburgo había una enorme biblioteca. Su padre, un aristócrata ruso a la antigua usanza, trataba a los libros, identificados con su ex-libris, como si fueran criaturas vivas. Con la llegada de la Revolución de Octubre, la familia tuvo que huir. Primero se instalaron en el sur, luego abandonaron el país para simpre. Algún destino europeo —París, donde conoció a Vera, la que sería su esposa, ayudante y musa— y luego Estados Unidos, que el autor convirtió en su segunda patria, también literaria, puesto que llegó a escribir en inglés. El destino de aquella fabulosa biblioteca paterna inquietó al joven Vladimir, como lo haría el resto de su vida.
Hay muchas bibliotecas viajeras sólo en Rusia: bibliotecas perdidas y recuperadas, bibliotecas vendidas por partes o completas, que otro autor compró. Alexandr Blok tuvo que malvender sus libros para no morir de hambre mientras la ausencia de carburante y el frío le impedían escribir: la tinta se le helaba en el tintero, qué impresionante. Turguéniev compró la biblioteca de Belinsky poco antes de ser desterrado. ¿Dónde terminarían aquellos libros? A mí también me inquietan este tipo de preguntas, que no hace mucho se formulaba un visitante de este sitio. Si no me inquietaran como lo hacen no sentiría, cada vez que compro un libro antiguo, que lo estoy rescatando de una muerte segura, que lo estoy adoptando. Y tampoco habría terminado El anillo de Irina con una historia de libros viajeros, perdidos y encontrados.
Pero terminemos la historia de Nabokov. Cuenta el autor cómo, muchos años después de su huida de Rusia, encontró libros con el ex-libris de su padre en la Biblioteca Pública de Nueva York, mientras buscaba bibliografía para alguna documentáción. Acarició el ejemplar, lo olió, lo recordó y lo dejó en su lugar. Sólo el libro sabría, como diría Guillén (Nicolás), qué largo camino anduvo para llegar hasta allí.
Por cierto, hay pocas cosas más tristes que un escritor obligado a malvender su biblioteca. Estos días, me anda rondando un cuento con ese asunto. Cuando deje de viajar y cuando termine mis compromisos, lo escribiré.
Este primer sábado de abril me parece un día idoneo para salir a buscar libros que merecen ser rescatados.