19 de julio de 2009

El homínido que echó a correr


Los paleoantropólogos, que deben de tener mucho tiempo, discuten desde hace décadas cómo fue posible que un homínido comenzara de pronto a hablar. Y que no lo hiciera con un protolenguaje o eso que aún hoy se llama pidgin (es decir, la mínima expresión de un lenguaje) sólo útil para las funciones más básicas, sino con un complicado sistema que le permitiera incluso la abstracción y la memoria. El mismo homínido, conocido como Homo Ergaster, había sido ya capaz de grandes y sorprendentes logros. Levantarse sobre sus dos patas traseras, por ejemplo, y echar a correr. Hasta ese momento, otros homínidos se habían levantado sobre sus cuartos traseros (debió de serles muy útil, además) pero a ninguno se le había ocurrido correr así. La carrera bípeda trajo ciertos cambios. La caja torácica se estrechó y alargó, por ejemplo. La nuez de Adán bajó en su cuello porque se alargó la laringe. Las extremidades se hicieron más largas. El cerebro, más grande. Ergo, no es tan descabellado afirmaer que hablamos porque corrimos.
Gracias al alargamiento de la laringe el homínido que fuimos se volvió capaz de articular. De utilizar los centenares de músculos que intervienen en la producción de cada fonema. Lo pagó muy caro: dejó de ser capaz de tragar y respirar al mismo tiempo. Comenzó a morir por una causa inédita hasta ese momento: el atragantamiento al ingerir. Su cerebro comenzó a desarrollar las denominadas áreas del lenguaje. Se convirtió en lo que los neurólogos denominan hoy "el cerebro narrativo", portetoso logro de la evolución.
Le dan muchas vueltas los antropólogos a la cuestión de si el lenguaje nació cuando el cerebro fue capaz de imaginar o si el cerebro comenzó a imaginar gracias al uso del primer protolenguaje. Yo, osada, opino que el cerebro narrativo es la gallina y el lenguaje el huevo. Y lo digo porque en las cuevas de Lascaux, en Francia, pintadas por los descendientes casi directos de aquellos humanos que echaron a correr por la sabana -y de qué manera, porque llegaron hasta Francia-, no hay lenguaje pero hay narración. En una de las paredes más escondidas de la cueva hay una pintura única en su especie: una pintura narrativa del arte prehistórico. Representa a un bisonte herido atacando a un humano vestido de chamán. El bisonte embiste, tiene el lomo erizado y las tripas fuera por efecto de la herida que le ha provocado una lanza (la lleva clavada aún). El humano está cayendo, lleva una cabeza de pájaro en la testa y a su lado se ve una especie de báculo. Es un dibujo que cuenta una historia muy antigua, pero aún hoy es posible interpretarla de algún modo y sin saber nada de arte ni de cómo vivían los pintores de las cuevas.
Y es que nuestro cerebro necesita "contar". Buscar explicaciones, encontrar respuestas, ver el mundo como algo lógico, que seremos capaces de entender, si no de dominar. Nuestro cerebro es un iluso, sí, y también un optimista, con esa tendencia a ver siempre o bueno, pero gracias a sus ansias de historias, a su necesidad de comprenderlo todo, de redondear el círculo interminable, ha existido la Literatura desde que aquel primer homínido echó a correr por la sabana y no paró hasta imaginar La Odisea o El Quijote. No me digáis que no es estupendo.

La imagen de hoy: Ése es. "Puedes llamarme Ergui", le imagino decir.

13 de julio de 2009

Un fenómeno siciliano

Planeo un viaje a Palermo. Mi guía dice que el Hotel Posta es "un pequeño hotel en una callecita frente al edificio de correos, en la céntrica Vía Roma, antaño frecuentado por célebres actores, cuyas fotos decoran el vestíbulo (Gassman, Dario Fo, Totó...)". Decido preguntar en el propio hotel si tienen habitaciones disponibles y si el establecimiento está cerca del Convento dei Capuccini, que es el lugar que deseo visitar para completar cierta documentación en la que sigo inmersa. También le pregunto acerca del horario, porque planeo caer por allí un miércoles y ya me ha pasado otras veces encontrarme con que el día que elegí es, precisamente, el día que cierra el monumento que deseo ver.
Me contesta por correo electrónico, con suma diligencia, una señorita llamada Annalisa. Me informa de que tienen habitaciones disponibles y cuál es su precio y me dice que si deseo reservar una les cuente qué tipologia di camera e di fornirci deseo (lo segundo no lo entiendo bien, pero me dan ganas de decir que de fornirci, poco, porque iré sola, como siempre que me documento). También me pide que les facilite lo ante posible un número de tarjeta de crédito. Del horario o la cercanía de los Cappucini nada dice.
Consternada porque no ha respondido a la pregunta que más me importaba -al fin y al cabo lo de la tarjeta ya lo sabía- insisto, esta vez en inglés. No es la primera vez que en Italia utilizo el inglés como lingua franca ante la imposibilidad de comunicarme con alguien. Qué cosas. Le pregunto de nuevo si los Capuccini está cerca del hotel y si conoce el horario de apertura y le explico que una vez tenga esa información decidiré si reservo o no en el Posta.
Constato que Annalisa es, de natural, rápida. Me contesta enseguida, esta vez en inglés. Me dice que el convento que deseo visitar está abierto todos los días. También informa que no está lejos del hotel pero que es fácil llegar en transporte público.
Me decido por otro hotel más cercano a mi objectivo y comienzo pesquisas en otra parte. Olvido el Hotel Posta y su vestíbulo lleno de actores como Dario Fo.
Por la tarde, recibo otro correo del Posta. Esta vez lo firma Rossella, quien me llama "Segnor Albert". Parece contestar al primero de mis mensajes, el que escribí en español. Contesta en un español tan fluido como mi italiano. Me dice que si quiero reservar les facilite un número de tarjeta de crédito y me informa de que el Convento de los Capuchinos está muy cerca de su hotel.
Qué cosas. Ayer estaba lejos y hoy está cerca. Es un extraño fenómeno siciliano.
Contesto diciendo que ya he elegido otro hotel, pero que igualmente le agradezco la información.
El asunto parece zanjado, pero Rossella no piensa lo mismo. Vuelve a escribirme al cabo de un rato, informándome de nuevo de que el convento capuchino está cerca. Esta vez me llama "Segnor Santos", eso sí y me pide disculpas "por el mal correo".
Ay, el mal correo, de él somos víctimas todos, amiga Rosella. Cuánto me hubiera gustado conocerte y debatir sobre esto en persona.
Sin embargo, ya no es posible. La reserva ya está hecha en otra parte. El Hotel Posta, cuyas empleadas insisten a la par que se contradicen con calidez sinpar, tendrá que esperar. Es una lástima, sus contradicciones e imperfecciones comenzaban a envolverme en un aire de familiaridad encantador.
Del hotel donde al fin he reservado dice mi guía: "Un palacio espléndidamente rehabilitado y amueblado en pleno centro histórico. Si puede, vaya".
Los imperativos es lo que tienen. Iré.


La imagen de hoy es un fenómeno romano.

30 de junio de 2009

Primera noticia: llega Bel

http://www.elcultural.es/noticias/LETRAS/504600/Care_Santos_publica_Bel-_amor_mas_alla_de_la_muerte_la_primera_novela_con_su

Y el blog del asunto, by SM:

http://www.belamormasalladelamuerte.com/

Para terminar,en mi web también hay sorpresas varias.

www.caresantos.com

He aquí el despertar virtual, visitantes.

24 de junio de 2009

Fin de temporada a lo grande

El día de San Antonio estuve firmando en la Feria del Libro de Madrid. Como cada año por estas fechas, tengo la impresión de haber estado en todas partes (y en cierto modo, ha sido así). Uno de los lugares donde más me gusta estar entre finales de mayo y mediados de junio es la Feria del Libro de Madrid. Desde que iba en calidad de lectora entusiasta, siempre bien acompañada (la primera vez fui con mi amigo Óscar Esquivias), no he faltado casi ningún año. Y si he faltado ha sido porque me estaba muriendo de algo que finalmente se curó (por fortuna). Así que el año que no me veáis en Madrid durante la Feria del Libro, lamentadlo (los amigos) o alegraos (los enemigos) porque significará que estoy fatal y esta vez no me recupero.
Bueno, a lo que íbamos. Estuve en la Feria del Libro. La primera tarde, participé en una mesa redonda muy sesuda sobre derechos digitales. Ah, qué gran asunto. Habría que organizar algún congreso, encuentro o ejercicio espiritual para que quienes saben más de ello nos lo cuenten bien. Es EL GRAN ASUNTO. Todo el mundo habla de qué vamos a hacer cuando el libro digital nos invada y nos expolie, cuando los piratas (algunos dicen "los ladrones") campen a sus anchas por la red y, por extensión, por nuestras cosas. En fin. Un dia de estos hablaremos de ello, que yo soy de la parte de la población que está (y mucho) interesada en el particular.
Pero hoy quiero hablar de cosas agradables. Mi segunda cita con la Feria del Libro fue para firmar. Ni más ni menos que tres horas, en la caseta de Editorial SM, un sábado muy caluroso que además era el último. Fue fantástico. Me llevé los rotuladores para hacer dibujitos a mis pequeños lectores. Firmé mucho, conocí a algunos lectores estupendos y charlé con algunos padres y madres igualmente fantásticos. También observé, en silencio, refugiándome en las sombras como un amante de Bécquer.
Vi padres y madres que compraban los libros que querían ellos y no sus hijos. Una madre, por ejemplo, estaba empeñada en llevarse un libro de animales a pesar de que su hijo quería uno de egipcios. "Nos gustan los animales", pluralizaba la buena mujer, ante la mirada desolada del pequeño. Cuando vio, pagó y venció, tuvo el morro de interpelar a su hijo (que me miraba con ojos compungidos) y exigirle un beso: "Después de lo bien que lo hemos hecho contigo, papá y yo nos lo merecemos, ¿no?", le preguntó. El niño lanzó un tímido "no" que (creo) sólo escuché yo. Miraba la portada de mi libro (Se vende mamá)como comprendiendo. Yo también le comprendía a él. Me daban ganas de decirle: "Véndela, chaval. Seguro que si encuentras a uno a quien le gusten los libros de animales, te la compra seguro".
También vi padres que engañan a sus hijos. Sí, sí, y sólo para ahorrarse 15 euros. Ejemplo real. Un niño ve un libro titulado Star Wars.
-Cómpramelo, papá -le dice al padre.
El padre echa al libro un vistazo esquinado.
-No, que está en inglés -contesta.
El niño, valiente, se acerca a la caseta y pregunta:
-¿Ese libro está en inglés?
Contesta alguien con propiedad:
-No. Está en castellano.
El padre dirige una mirada asesina a quien ha contestado y se lleva al niño casi a rastras.
También están los que ante la petición entusiasta de su hijo (que tal vez quiere un libro de Spiderman, por ejemplo, precioso por cierto) le contesta: "No, que ese es de mirar y no de leer". Y se queda tan ancho.
Claro que también observé el comportamiento contrario. El niño o niña apenas manifestaba interés por un tútulo y el padre o madre ya estaba sacando el monedero. Me temo que me identifico con este tipo de conductas. Supongo que a veces a los padres se nos nota demasiado el superlativo interés que tenemos en que lean, aunque itentemos disimular para no parecer sospechosos. Al final, estoy muy de acuerdo en que lo mejor es la indiferencia. Lo que hay que ponderar insistentemente termina por resultar sospechoso. Lo mejor es dar por sentado que los libros son estupendos. Como los macarrones con tomate, la cocacola, las puestas de sol, los parques de atracciones y todas esas cosas tan maravillosas que no necesitan que nadie las alabe todo el tiempo para que nos den ganas de probarlas.
Al final, la Feria del Libro fue lo mejor del mes, como siempre. Un final de temporada digno de un curso fabuloso, del que espero ir contando perlas en este lugar.

La foto: del día en cuestión, y según lo dicho. Creo que se me ve satisfeha.
La tomó Juan Miguel Sánchez Vigil

30 de mayo de 2009

Primer baño de la temporada

La grandeza del mar está hecha para el corazón sin límites de los niños.

26 de mayo de 2009

Jornada de trabajo

Autotraducirse es autotraicionarse.
Y (mucho peor) autoaborrecerse.

Aún me quedan 250 páginas, ¡ay!

21 de mayo de 2009

El paraíso

Antonio Pereira escribió: el paraíso es como un buen hotel a la hora del desayuno.
Ahora él lo sabe, y nosotros le echaremos de menos mucho tiempo.

11 de mayo de 2009

Prisas

De pronto, mi corazón se puso a latir más deprisa. Recuerdo perfectamente dónde estaba y que afuera llovía. No era mi ciudad. Ni es una de esas frases recurrentes con que se empiezan novelas malas. No, no, esta vez era cierto. La ciudad era Santander. Una Santander bajo la lluvia, con sus ancianitas hermosas camuflándose bajo sus paraguas oscuros y unos señores simpáticos esperándome para almorzar. Y yo, encerrada en un baño, resollando mientras me miraba al espejo, refrescándome las mejillas con agua fría y preguntándome qué demonios le estaría pasando a mi corazón. Tal vez se había dado cuenta de algo de repente, el pobre. Nunca se sabe con qué velocidad llegan las noticias a esas profundidades de una misma. Igual son siete años, o tres, y ahora mi víscera se estaba enterando de todo y le estaba dando un síncope.
Fuera como fuera, la primera pérdida de ritmo fue leve. Apenas un pum-pum desacompasado, como el descuido de un soldado que pierde el paso. Luego, la cosa fue a más, se complicó. Mi corazón se tomó la velocidad por costumbre. Le encontró gusto a vivir acelerado. Y esa nueva costumbre suya se convirtió en mi pesadilla. Tal vez, al cabo, se trataba de eso. Tal vez fuese un vendido, mi corazón, un órgano al servicio de quien me detesta (hay varios), un mercenario contratado para llevarme al último estertor simulando que fue un accidente. Nada más natural que la muerte natural.
Fui al médico, claro está. Me sometió a pruebas muy vulgares. En una de ellas me capturaron con una red de pescar besugos. En otra, un médico canijo me abrazó con firmeza y me fotografió el corazón desde todos sus ángulos. Mi corazón posaba, satisfecho de verme a mí tan entrelazada con el doctor canijo. Nada dio ningún resultado. Quiero decir, que todas las pruebas condujeron a confirmar que mi corazón está sano y fuerte y que lo único que le ocurre es que tiene mucha prisa.
¿Prisa por qué?, pregunté. El médico canijo se encogió de hombros. No se sabe. Hay corazones como el suyo. Llegan tarde a todos lados, o eso creen ellos. No hay nada que hacer.
Presentar batalla, pues, era inútil. De modo que me rendí. Decidí vivir al ritmo que marcaba mi corazón. "Yo también sé correr, bonito", le dije a mi víscera. Y comencé a practicar el arte de la prisa. Se me da muy bien.
Me han salido dos canas. En quince días he cumplido nueve años. Ahora hablo en pasado casi siempre. No me dejo tomar fotos de cerca. A los treintañeros les llamo "jóvenes", así, sustantivado: "¡Eh, jóvenes!". No salgo de casa si hace mal tiempo. En el sexo, sólo me pongo debajo. Estoy releyendo "El conde de Montecristo". Miro los libros que me quedan por leer con aire ausente. Hago balances. Reviso el testamento. Vuelvo a escribir el blog.
Dentro de unas horas, comenzaré a morir. No os apuréis, será rápido. El primer caso de muerte uniformemente acelerada de la historia de la literatura española. Esta página me sobrevivirá.

23 de abril de 2009

Feliç Diada de Sant Jordi


Hoy, Diada de Sant Jordi, podemos vernos en las siguientes librerías, donde estaré firmando:

-De 12 a 13:
Llibreria Alibri (Rambla de Catalunya amb Gran Via)

-De 13 a 14:
Abacus (Passeig de Gràcia / Gran Via)

-De 16 a 17:
Llibreria Catalonia (Rda. Sant Pere).

-De 18 a 19:
El Corte Inglés (Avda. Diagonal)

-De 19 a 20:
Casa del Llibre (Passeig de Gràcia)

¡¡¡FELIZ DÍA DEL LIBRO, NAVEGANTES!!!

17 de abril de 2009

Diagonales XI


16 de abril de 2009

Cita a las doce y dos

Ramón de Campoamor: Y aunque de todo me salvé en el mundo, nunca pude salvarme de mí mismo.

14 de abril de 2009

Criaturita

No soy psicóloga. No soy educadora. No soy formadora de formadores. No soy médico. No soy una periodista experta en educación. No soy líder de la Liga de la Leche. Ni siquiera voy a las reuniones de la Asociación de Padres y Madres del cole de mis hijos. Tampoco soy jueza de menores.
Soy madre. Esta es la única razón que me avala para escribir estas líneas.
Una de las mujeres que habla en estas páginas dice que las madres no debemos culparnos, ni dividirnos en bandos. Debemos hacer piña en torno a la maternidad. Hablar del asunto. Analizarlo. Reirnos de nosotras mismas. Ver los distintos puntos de vista: el de aquellas que han escrito y publicado sobre la maternidad y el de las verdaderas protagonistas de este trabajo. Es decir, las madres.
Este libro, pues, no tiene vocación de manual. Quiere ser un espejo. Un reflejo de nosotras mismas que de vez en cuando nos observa, sorprendido. Un puñado de amigas que ponen sus cosas en común, como en una terapia. Un rato de tertulia para hablar de lo que más nos interesa y al mismo tiempo curiosear, compatir, a veces mirando por el hueco de la cerradura.
Porque si algo tenemos claro las madres es que nos gusta contar batallitas. ¡Que suerte tenemos de estar tan acompañadas!

13 de abril de 2009

Lentitud del amor

Una vez conocí en un tren a una mujer que se ufanaba de no haberse enamorado jamás. Se había casado tres veces, eso sí, pero nunca había perdido la cabeza por un hombre. Eso, al parecer la hacía sentir muy orgullosa. Sin ir más lejos, me contó que en aquellos momentos regresaba de París, donde había pasado seis días con su marido. Iba camino de Barcelona, decía ella que «para respirar». «El amor es tan absorbente», opinó, «que en cuanto te descuidas, te esclaviza. Y yo no deseo ser esclava ni de mí misma.»
Estábamos solas en el compartimento. Ella hablaba un buen castellano con acento francés y comía naranjas a la misma velocidad que contaba secretos. Nuestro breve espacio se llenó del olor dulzón del cítrico. Me invitó varias veces a participar en la merendola, pero yo prefería oler las naranjas a comerlas. Y no deseaba perderme detalle de la narración de su vida, que me acortó el largo viaje. De regreso, la convertí en protagonista de un relato. En realidad, pienso ahora, el verdadero protagonista no era ella, sino el tren que propició nuestra complicidad.
Se ha escrito mucho acerca de la relación entre el ferrocarril y el amor. En el siglo XIX, los primeros trenes supusieron una revolución de inmediatez y velocidad en los encuentros amorosos. Los amantes se subían al tren y llegaban descansados a sus destinos. Tecnología punta al servicio del amor.
Suele decirse que Gustave Flaubert, el novelista francés, no habría podido ser amante de Louse Colet de no haber existido el tren que unía París (donde vivía ella) con Rouen (la ciudad de él). Su idilio acaso fue mucho menos apasionado de lo que ella deseaba —a juzgar por sus cartas— y mucho más extenuante de lo que él estaba dispuesto a tolerar, pero sin el tren no habría sido nada de nada, pues la distancia que les separaba era lo bastante grande para que un agotador viaje en diligencia fuera una posibilidad muy poco apetecible.
Cada vez que subo a un tren me da por recordar a la comedora de naranjas y los amores de Flaubert y Louise. Me pregunto qué pasiones propiciará en nuestros días la alta velocidad. Qué conversaciones truncarán las menguadas horas de recorrido. O mejor aún: qué ciudades conocerán los atribulados viajeros que por culpa de un buen conversador, y aún poco habituados al ritmo de las cosas, se pasen de largo de sus destinos. A qué radio de acción puede extenderse el amor en estos modernos tiempos de ferrocarriles confortables. En el fondo, todos estamos de acuerdo con Flaubert. El amor es extenuante. Conviene abordarlo con lentitud.
Sin embargo, la lentitud merece que lleguemos pronto.

12 de abril de 2009

Kyoto de noche



10 de abril de 2009

El país donde las flores posan


Calle concurrida de una gran ciudad a la hora de la comida. Un operario vestido con un mono de trabajo llega con su camión, lo aparca en mitad de un paso de peatones, desciende del vehículo teléfono en mano, cruza la calle a grandes zancadas, se detiene, abre el teléfono y observa un cerezo en flor. Elige la rama que más le gusta, sitúa el aparato a escasos tres centímetros de ella y toma una fotografía. La repite, por si acaso. Luego deshace el camino hasta la cabina de su camión, también a grandes zancadas, y vuelve al trabajo. El cerezo se queda allí, impertérito, precioso, a esperar al siguiente. Como si no le importara.
El escenario es Tokyo y el operario, por supuesto, tiene rasgos japoneses. Por más que pienso, y me esfuerzo en comprender que en lo esencial todos somos iguales en todas partes, no me resulta fácil imaginar a un transportista —pongamos— extremeño, protagonizando la misma escena. Prometo preguntarle a los muchos mensajeros que cada semana me visitan si alguna vez han dado un paso para capturar imágenes de flores fugaces con sus teléfonos móviles.
Es de las cosas que más me gustan de la cultura japonesa: cómo lo delicado, lo sutil, lo apenas perceptible, sobrevive con toda su fuerza en mitad de la prisa de la modernidad, de la tecnología, del mundo cada vez más pequeño y cada vez más superpoblado que todos padecemos.
«Por mucho que el mundo corra o por mucho que nos haga correr, siempre hay que reservar tiempo para lo que apenas dura», nos enseñan.


Por cierto. No creáis que es fácil fotografiar una flor en Japón. La competencia, por lo que acabo de contar, es dura. Retratando la de la imagen que acompaña estas líneas, que vivía la semana pasada en el parque de Ueno, en Tokyo, estábamos tres personas. Dos señoras japonesas y yo misma. Está claro que la modelo, muy ufana, ofreció su mejor pose a los muy honorables visitantes de este pequeño y a mi pesar inconstante rincón del ciberespacio.

21 de marzo de 2009

Futuro perfecto

Lo peor del futuro es que llega enseguida. Con lo placentero que es saborearlo cuando aún acecha, mientras ni siquiera es futuro, sino condicional, posibilidad íntegra que llena el presente de expectativas y sueños. Adoro el futuro abstracto de lo por venir, el que se conjuga en todos los modos posibles. El imperfecto —sólo en el nombre— de indicativo, tan contundente, tan seguro de sí mismo: Amarás. O el pretérito imperfecto de subjuntivo, un canto a la posibilidad, que sólo tiene de llano el lugar donde lleva el acento: Amaras. O mi favorito, el mejor de todos, hasta en el nombre: el futuro perfecto, tan de vuelta de todo que se le adivina la experiencia con sólo mirarlo: Habrás amado.
Adoro ese presente que se alarga a la espera del futuro, las zonas intermedias, la incertidumbre donde aún todo puede pasar. Una de las mejores zonas intermedias de mi vida es el momento de elegir el próximo libro que voy a leer. Me gusta tumbarme en mi sofá con vistas a la biblioteca. Ojear los lomos, reconocerlos desde lejos como se hace con los viejos amigos. Meditar un momento acerca de la posibilidad de volver a verles, de avivar de nuevo lo que nos unió. Descartar algunos sólo con presentirlos. Sin más motivo que aquella vieja verdad: todos los libros tienen un momento idóneo para atracar en la vida de alguien, y el momento de ciertos libros pasó para mí —me temo— hace tiempo. En cambio, hay muchos momentos aún por llegar, muchos títulos estupendos por descubrir. Puede que haya docenas de ellos que ni siquiera se han escrito aún y pensarlo —qué cosas— me hace feliz, como si el mundo fuera un lugar un poco mejor porque aún quedan cosas que contar.
Cuando elijo el próximo libro soy consciente de la gravedad de mi gesto: la vida tendrá una textura u otra dependiendo del nombre que habite en su cubierta, del temperamento y la honestidad del mago que conjure la historia. Querré que deje poso. Desearé que su lectura me haga otra persona distinta de la que soy cuando lo abro. Me gusta imaginarme como una sustancia a la que las palabras dan forma. Alguien imperfecto a quien la Literatura que degusta es capaz de hacer un poco mejor. Qué dicha.
Cuando llega la elección, el placer ya está casi consumado. Adoro decantarme. Conocer todas y cada una de las razones que me llevan a renunciar a unos títulos por otros. Quedarme con uno, abrirlo, olisquearlo, curiosear entre sus páginas como quien entra en el vestíbulo de un nuevo mundo, mordisquear la primera línea, detenerme a analizar a qué sabe. Y sólo después, sí, lanzarme. Aspirar a la perfección de este futuro a mi alcance.

La imagen: La primavera según Elia Olmedo (Barcelona, 2003)

18 de marzo de 2009

Nada dura siempre o un buen motivo para un regreso


La literatura es un camino de largo recorrido en el que siempre hay que estar demostrando que una sigue estando en forma. En este momento de mi vida, me siento como un deportista que ha entrenado durante mucho tiempo y es capaz de batir sus propias marcas. Y no me refiero a subir a ningún escenario a recoger un premio, sino a ser capaz de contar la historia que deseabas contar, del modo en que querías hacerlo. La escritura gana con la madurez y yo estoy conquistando mi madurez, y me siento muy feliz de ello.
Sin embargo, no os alarméis sin motivo, porque todo pasa. La buena forma también es efímera. Todas las rachas llega un día en que se terminan. Llegará el día en que buscaré algo de lo que escribir y no se me ocurrirá nada. El día en que se me ocurrirán cosas que ya no interesen, que no emocionen, que no conecten con nadie. El día en que deje de entender el mundo y eso signifique que algo ha cambiado en mí.
No os preocupéis, pues, los que me encontráis grosera, pesada o zafia. Los que de vez en cuando visitáis este blog y dejáis claro la poca simpatía que os despierto. De todo esto, no quedará nada. Toda luz termina por apagarse. Y muy pronto, en apenas un parpadeo, nadie se acordará de si alguna vez leyó algo mío o que fue lo que le sedujo de mis historias. La memoria es breve y fugaz. En cuanto a mí, no hay que lamentarse, sino prepararse. Ser consciente. Madurar. La madurez ayuda a escribir. Entender ayuda a vivir.
En fin. Todo esto para deciros, queridos navegantes, que hoy tengo un feliz motivo para regresar. No puedo decir lo mismo del abandono en el que he tenido al blog durante estos días. A veces, las cosas ocurren sin ningún motivo. También el silencio a veces demanda su parcela, y una se concentra en otras cosas y se olvida de hablar, así, de pronto.
Un motivo para regresar: El martes por la noche me dieron el Premio Barco de Vapor de la Fundación SM y no se me ocurre mejor sitio para compartirlo con vosotros que éste. "El camino que habéis elegido es duro y largo, pero cuando os dé una satisfacción, será más grande que ninguna en la vida", dijo una vez Ana María Matute a un grupo de jóvenes escritores entre el que me contaba. Siempre me acuerdo de Ana María cuando ocurren cosas como la de anoche. Cuando las cosas van mal, me acuerdo de quienes me detestan y repaso un proverbio chino que dice: "Lo que más amo de mi imperfección es la alegría que provoca en los demás".
Es tarde y estoy agotada. En los últimos dos días apenas he dormido 8 horas. Mi próxima entrada será menos existencial, lo prometo. Pero no podrá ser más feliz. Buenas noches, navegantes. Gracias por esperarme.


Blog del premio, con videos y más AQUÍ


La primera imagen es de las oficiales. La segunda, de Rebeca Yanke, durante la rueda de prensa de ayer miércoles por la mañana, en la Asociación de la Prensa de Madrid.

14 de enero de 2009

Año nuevo, novela nueva (un arranque, en exclusiva para los lectores de este blog)

Aquellos que han nacido están destinados a morir y los muertos están destinados a ser llamados de nuevo a la vida.
Tratado de Avot, 4, 22


CAPÍTULO PRIMERO

La presencia de Bel no perturba el silencio del hospital. Aunque nada más atravesar la puerta de entrada, ella siente el dolor de la gente que sufre en aquel lugar. Mira un momento a su alrededor, para situarse. Lee un panel indicador. Mira hacia la cabina del fondo, con los cristales cerrados, donde una enfermera mira la televisión de espaldas a ella. No puede verla. Luego, con paso seguro, recorre el pasillo hasta los ascensores. Las puertas están abiertas. Entra y pulsa el cinco.
A estas horas de la madrugada, los pasillos están desiertos. Los de la quinta planta están en penumbra, y eso le resulta agradable. Últimamente, la luz muy brillante le hiere los ojos. No sabría decir qué la guía, exactamente. Podríamos llamarle presentimiento. Bel sabe a dónde se dirige, lo siente, algo en ella sufre también, y ese dolor es la que dirige sus pasos con absoluta seguridad.
Camina ciento dos pasos. Ahora ha adquirido esa costumbre, la de contar sus pasos sobre la Tierra, como si eso fuera importante. Tuerce a la derecha, deja a la izquierda el puesto de la enfermera —donde no hay nadie— y entra en la Unidad de Cuidados Intensivos. Otra vez a la derecha, escoge una habitación, se detiene en el umbral. Observa.
«Dios mío, qué pálido está».
De pronto, siente unas ganas horribles de llorar.
Siente un nudo que le oprime la garganta. No todo es tristeza. También está el amor, que de pronto la ahoga.
«Por fin estoy contigo. Nunca me separaré de ti».
Avanza hacia la cama y mira fijamente a Isma. Sus ojos cerrados, sus manos dormidas a ambos lados del lecho, el tubo de plástico que sobresale de sus labios, el latido de su corazón dibujado en la pantalla de una máquina… a simple vista, sólo es un paciente luchando entre la vida y la muerte. Aunque para Bel es mucho, muchísimo más que eso.
Bel no sabe cuánto tiempo hace que Isma está inconsciente, aunque puede imaginarlo.
«Desde el día del accidente, desde aquella caída que aún no sé cómo pudo ocurrir».
Busca una silla y la acerca a la cama. Se sienta junto a Isma. No siente miedo a ser descubierta. Le agarra la mano y lentamente deja caer su cabeza sobre ella, le acaricia despacio con la mejilla, roza con sus labios los dedos de él. Susurra una promesa, con los ojos inundados de lágrimas:
«Averiguaré qué ocurrió. Y vendré a verte todos los días».
Se queda ahí, muy quieta, sentada junto a él, durante horas. A ratos, cierra los ojos y duerme un poco. Cuando los abre de nuevo, mira otra vez la cara de Ismael, y vuelven la rabia y el dolor, el amor y el desconcierto. Acuden a su mente escenas del pasado que han compartido. Entonces desea con todas sus fuerzas que se recupere, que abra los ojos, que pueda apartarse de estas máquinas que le ayudan a seguir respirando. Que viva.
Se oye el tictac lejano de un reloj en el pasillo. No tiene ni idea de qué hora es. Aún es noche cerrada. Besa los dedos de Isma uno por uno. Vuelve a cerrar los ojos.
La despierta un sonido de pasos. Alguien camina a toda prisa por el pasillo. Sabe lo que significan: el inicio de un nuevo día en el hospital, la llegada de las primeras enfermeras del turno de mañana, el fin de la calma nocturna. Mira por la ventana y se da cuenta de que está amaneciendo.
«Será mejor que me vaya».
No le importa el tubo que sobresale de los labios de Isma. Tampoco que ni siquiera haya reparado en su presencia. Siente que su corazón late a mil por hora cuando se acerca a él y le besa. En ese momento, Bel recuerda el cuento de la Bella Durmiente y piensa que sería genial que ocurriera lo mismo. Sería genial que su beso de amor rompiera el hechizo de la muerte. Pero no ocurre. No ocurre nada. Isma sigue dormido, y ella tiene que irse. Aunque le duela, aunque lo último que desee en el mundo sea separarse de él.
«Volveré cada madrugada hasta que despiertes».
Cree que de algún modo Isma se da cuenta de que ella ha recorrido una larga distancia para verle. Que de algún modo, la presiente. También sabe que lo que siente por él es lo que la ha guiado hasta aquí, lo que la empuja a seguir adelante.
Deja la silla en su lugar.
Deposita un largo beso sobre los labios resecos y entreabiertos del paciente.
«Hasta mañana, amor mío».
Y sale sin hacer ningún ruido. No le cuesta nada llegar hasta la calle.


La imagen: Arturo Sinclair, Amor y muerte

1 de enero de 2009

Propósitos para que algo comience

Besar sin llevar la cuenta, frecuentar más el medio acuático, dar mil pasos cada día sin necesidad de fijarles un rumbo, cantar sin bajar el volumen, escuchar el silencio con los ojos cerrados, abrir los ojos en la oscuridad y respirar hondo, no amar nada con prisas, no odiar nada sin causa (ni odiar nada), leer sin mirar el reloj.
Ordenar la mesa de vez en cuando, no sé, una vez al mes, o al trimestre, para por lo menos conocer la sensación de cómo se trabaja en un lugar donde reina el orden.
Caminar por una calle mojada de cualquier parte del mundo en compañía de alguien a quien me guste escuchar.
Escribir como respirar. No se respira deprisa (sería absurdo) ni porque otro te lo pida. De vez en cuando, es necesario recordar cómo se respira, y saber apreciarlo.

La imagen de hoy, de Glenn Karlsen

25 de diciembre de 2008

La continuidad de las cosas

Me encantan las cosas que se descubren volviendo las palabras del revés, como si fueran calcetines. Navidad deriva de natalis —natalicio, en latín—, de la cual proviene natividad, una palabra demasiado larga para que los siglos no se cansaran de ella. Natalis, nativus, natividad, nadvidad… Se produce alrededor del solsticio de invierno. Para algunos nace un dios. Otros se alegran de celebrar el paso de las estaciones, el inclemente tiempo al cual han sobrevivido una vez más. El motivo es lo de menos, embellecido ante la consecuencia: hace siglos que nos sentamos a la mesa y brindamos por ello. En Grecia, donde se inventó la sofisticación tal y como hoy la conocemos, lo hacían con su mejor vino, casi siempre llegado de las remotas tierras de Asia Menor. La alegría se transportaba al comedor, y la mesa se engalanaba para celebrarlo. Siempre después de que se pusiera el sol, cuando también las prisas del día habían tocado a su fin, cuando en la mesa podía alargarse la conversación, y de ella se podía ir a la cama, como inventaron aquellos antepasados remotos que tanto sabían de las delicias de la vida.
Me encanta celebrar la continuidad de las cosas. Me hace feliz desplegar un mantel navideño pensando que sobre él desmigarán el pan aquellos que más me importan. Veo en ese gesto tan simple de arrimarse a la mesa una rememoración entrañable de las muchas comidas navideñas de mi niñez: ahí está el gesto querido de la abuela que ya no está, la presencia real del bisabuelo a quien no conocí, mi padre contando anécdotas divertidas frente a un plato humeante que huele a gloria, las fuentes repletas de sabores por estrenar o de dulzores emocionantes que siempre me agarraban por sorpresa, las navidades en que fui por primera vez invitada en la casa paterna, y de ahí a las primeras navidades de mi madurez, cuando por primera vez creí decidir el menú —¿fue ese, acaso, uno de mis primeros gestos como persona adulta?— aunque terminé por servir los mismos platos que comí de niña en las navidades que decidía mi madre, igual que me esforcé por encontrarle el punto exacto a cada plato, la perfecta imitación de los sabores que amamos. Y, al fin, la primera vez en que animé a mi hijo a probar sabores nuevos, los mejores, aquellos que, como hicieron los griegos y los romanos, hemos traído de alguna parte sólo con esta excusa efervescente de la celebración que nos une.
De modo que ahora miro esos ojillos brillantes de emoción y les digo: «Prueba, cariño, verás lo rico que está». Y esas palabras lo contienen todo. Los menús de mi madre, de mi abuela y mi bisabuela, las palabras de mi padre durante las sobremesas, los sabores presentes y pasados, el futuro de la mesa que un día engalanarán mis hijos y sobre la que reposarán, como un plato más, los recuerdos que aún no conozco, aquellas en las que ya no estaré y que ya les pertenecerán por completo a ellos, los que amo, y a la memoria. Y a las palabras que inventaron aquellos de los que ya no recordamos nada más.

La imagen de hoy: el reptil de nuestro belén, de hace 3 años.

14 de diciembre de 2008

Libros (y libreros) sin fronteras

De las cosas que más me gustan de mi vida nómada son los almuerzos con libreros. Hace poco he tenido la suerte de compartir pan y sal (qué bíblico me ha salido) con dos de los mejores libreros de este país y en dos almuerzos distintos. Fernando, de librería Estvdio de Santander y Estrella, de librería Oletvum de Valladolid. A Estrella me la reservo para otro post, que da para mucho. Dejadme hoy que os hable de Fernando y de Julián, su encargado de Literatura Infantil y Juvenil.
¿Cómo se reconoce a un buen librero? Lo primero, por el entusiasmo. Por ese brillo en los ojos que se le pone cuando te enseña su librería, cuando te habla de las obras o de las ampliaciones o de cómo coloca sus libros favoritos en una mesa intocable y lucha para que el aluvión de novedades no las desplace de inmediato. Un buen librero, he aprendido, es aquel que cuida con celo su mesa de recomendados. Por supuesto, por lo que contiene esa mesa también se reconoce a un librero de raza, y por sus recomendaciones de sobremesa, por supuesto. Un consejo: jamás desatendáis las recomendaciones de un buen librero.
En un almuerzo reciente en Santander, después de pasar la mañana en Estvdio, una librería-refugio, donde los pasos resuenan sobre la madera y hay rincones dedicados monográficante a Ediciones del Viento, Impedimenta, Anagrama o Libros del Asteroide (por citar algunas editoriales suculentas), Julián me habló de sus filias como lector-devorador de literatura juvenil. Repasamos algunos títulos clásicos de álbumes ilustrados, esa puerta de entrada al mundo de la lectura para los más pequeños: Donde viven los monstruos, Vamos a cazar un oso, Los tres bandidos, Yo... y poco a poco fuimos llegando a otro tipo de clásicos. La Pippi Calzaslargas de Astrid Lindgren, tan repleta de sueños infantiles —empezando por la libertad y la anarquía absolutas en las que vive— que sólo podía ser un clásico, o Historias de Winny de Puh, de A. A. Milne, un libro publicado con esmero por Valdemar —colección Avatares, nº 40— que reúne en un magnífico volumen los dos libros que el autor inglés, íntimo amigo de Barrie, dedicó al oso glotón —Winny de Puh y El rincón de Puh— junto con las ilustraciones originales de E. H. Shepard.
Lo leí ayer, de un tirón, durante un azaroso viaje de regreso desde Valladolid. Y resultó una lectura tan estupenda que este post pretende ser una muestra de agradecimiento a Julián, por recomendármelo. Me reí con las ocurrencias de Winny y su pandilla, disfruté eligiendo a mi personaje favorito, que es el desdichado burro Iíyoo, al que le pregunta Winny en un momento dado: «¿Cómo estás?» y él contesta: «No estoy muy cómo. Hace mucho que no estoy cómo», me pareció acertadísimo el juicio negativo que emite Conejo cuando sabe que al bosque ha llegado un extraño, que es un canguro: «Un animal del que ni siquiera habíamos oído hablar. Un animal que lleva a su familia metida en un bolsillo». Y, por supuesto, me emocioné con la historia verdadera que hay tras el cuento: Milne escribió estos dos libros para su propio hijo, el Christopher Robin real (1920-1996), quien para sus juegos disponía de varios "amigos" de peluche: un oso, un cerdito, un tigre, un canguro y un burro. El final del segundo libro es emocionante, cuando se nos dice que Christopher Robin se va, aunque no se sabe a dónde, y él y Winny se prometen mutuamente ser siempre fieles al recuerdo de lo que juntos han compartido. Es una preciosa alegoría de la infancia y de su final, como el libro está repleto de emocionantes y divertidos guiños a un montón de lugares comunes de la madurez. Es un libro que puede leer tanto un niño como un adulto, aunque Julián —y no sólo él— se lamentan de que la gente no conoce el clásico de Milne y sólo pide el osito Puh de Disney, sin saber que al rey midas del cine para niños casi no le hizo falta añadir nada a la historia original o a los dibujos de Shepard para crear su película sobre el mismo personaje.
Como curiosidad: no hace mucho, en un viaje a Nueva York, me encontré con Winny de Puh y sus amigos, Porquete, Iíyoo y los demás, en la Quinta Avenida. Por algún avatar, los peluches reales con quienes jugaba Christopher Robin Milne
terminaron en la Biblioteca Pública neoyorquina, en el interior de una vitrina, y sus gastados pellejos transmiten una emoción idéntica a la que sentí cuando, ayer muy de madrugada, en el seno de un avión retrasadísimo, terminé de leer el segundo de los libros. De modo que si no sabéis que leer estas Navidades, supongo que a Julián le hará feliz saber que su consejo de librero experto llega también a los lectores de este blog, no menos duchos en tantas cosas importantes, por cierto.

9 de diciembre de 2008

Normalidad, dulce normalidad

La promoción se va terminando (aleluya) y vuelven mis viajes normales: colegios, mesas redondas, encuentros con lectores pero sin pretexto ni cámaras que todo lo ven. No hay felicidad mayor que la de la normalidad. Ni sensación de bienestar más estupenda que la de pensar que durante una temporada no voy a repetir varias veces al día las mismas cosas intrascendentes sobre mí misma. Con una sola compaña de promoción ya me habría bastado para aborrecerme para siempre. Con varias sucesivas (o simultáneas, según), lo menos que podía pasar es que me odie. Si en estos momento me viera llegar por la calle, cambiaría de acera. Qué coñazo de tía.

Tal vez ahí esté la clave de todo. Tal vez sólo escribo para alejarme de mí misma. Es por lo mismo que me gusta nadar, me figuro: dentro del agua mi naturaleza se diluye y el mundo, también, con sus colores, sus olores y sus ruidos. Me gusta hacer planes con mis hijos porque mientras estoy con ellos también soy un poco menos yo: sólo soy la parte de mí que ellos necesitan. Y podríamos continuar, si no fuera muy tarde y el fin de semana de tres días no me hubiera dejado extenuada.
Así que termino concluyendo:
Cosas que aprendí en este puente:
1) cumplir años para detestarse es una desgracia sin remedio
2) el contacto con ciertas estrellas deja un calor brillante en la piel
3) este año se llevan los adornos navideños peludos
4) la normalidad es una droga adictiva que en fechas de guardar crea síndrome de abstinencia
5) a los reyes magos, voy a pedirles unos pies de pato
La imagen: la de siempre, la odiosa, en no sé qué tele de no sé qué sitio

5 de diciembre de 2008

Cita a las doce y dos

Un gran amor, esa cosa impronunciable emponzoñada de trivialidad, probablemente empezó con el deseo de vivirlo.


Cees Nooteboom, ¡Mokusei! (Siruela, 1994)

4 de diciembre de 2008

Nunca reconozco el lenguaje en mi boca ni las palabras escritas
y lo que digo sucede en un discurso perdido o
en uno futuro, no es sino seducción, seducción y ser seducido
y ese miedo que invade al hombre cuando descubre
que grito y eco, gesto y comprensión
todo lo habitual,
es como algo regalado para siempre que de repente puede
extinguirse, y que és está solo
en mitad de la vida.

De En mitad de la vida, de Hermann Broch (Igitur, 2004)


La imagen de hoy, del De Im Here, en Flickr

2 de diciembre de 2008

Ocho maneras de contar


Carlo Frabetti, Antonio García Tejeiro, Ricardo Gómez, Alfredo Gómez Cerdà, Andreu Martín, Gonzalo Moure, Care Santos, Jordi Sierra y Fabra.

Ocho maneras de contar, ocho estilos de escribir, ocho formas de pensar, ocho miradas distintas al mundo y a la literatura.

Ocho escritores que, tras coincidir en El Juego Literario de Medellín (Colombia), descubren que las diferencias son interesantes, curiosas, enriquecedoras y nos lo quieren contar, cada uno a su manera.

Publicado por Ediciones SM.

1 de diciembre de 2008

Soy del club de fans de E & B

Pues es la verdad verdadera: hace unos días me animaron a formar parte del club de fans de Epi y Blas (o Ernie y Bernie, en Estados Unidos; o Enrique y Beto en América Latina)... y acepté. Ahora soy miembro numerario del club de fans de dos amiguitos de trapo que animaron mi infancia. Lo pone en mi ficha, que pueden ver mis (a día de hoy) 177 amigos y lo peor es que no me avergüenza. Imagino que habrá clubes de fans peores a los que pertenecer.
Sí, navegantes, he caído, del mismo modo que un día ya lejano caí en esto y me hice blogger: me he hecho usuaria de Facebook. Lo cual prueba que mi alma virtual es mucho más débil de lo que yo creía. Empiezo a pensar que todo esto no es más que una maniobra de mis enemigos (pocos pero tenaces, a la par que imaginativos) para alejarme para siempre de los libros y sumirme en una ruina total propiciada por Internet.
Sí, el invento es gracioso, te permite contactar de nuevo con gente del cole a quien hace siglos que no ves (algunos siguen igual de odiosos después de 20 años) y tener un contacto rápido, freuente y superficial con muchas personas. Rápido, superficial y frecuente... el paradigma de nuestros tiempos, eso es Facebook. En general, me parece algo divertido y útil, pero también hay algunas cosas que me mosquean un poco.
Y lo que más me mosquea es que Facebook exalta la infantilización definitiva de nuestras relaciones. Ya se sabe que hoy en día la gente quiere ser adolescente a los 40. La juventud se reivindica como un bien valioso, los jóvenes no acaban de crecer ni de asumir que ya no son jóvenes, a la gente le molesta el adjetivo "maduro" -¡con lo que cuesta alcanzarlo!- y, por si no bastara, ahí está Facebook para reducir nuestras relaciones a una adolescencia perpetua. Tus amigos, esos a quienes creías gente sensata, centrada en su trabajo y su familia, incluso escritores admirables, de pronto te envían un mensaje para que te unas a su causa. La causa puede llamarse "Lobotomización de Jiménez Losantos" o "Ahorra agua, dúchate con alguien" (por citar dos a las que me he unido, de modo que soy tan pecadora como ellos). Pueden crear un club de fans de otro amigo a quien apenas conoces y cuyo único mérito parece ser hacerse fotos en calzoncillos (consultables en Facebook) o darte "un toque" (gesto que no sirve para nada, más que para saber que alguien te dio un toque). Pueden agregar fotos para que les veas o enviarte una instructiva encuesta que te permita descubrir qué personaje de South Park, los Pitufos o Bola de Dragón serías si formaras parte de la serie. ¿Suena a pérdida de tiempo? Pues sí, porque lo es: una soberana pérdida de tiempo. Pero incluso eso me parece menos punible que la infantilización de nuestras vidas.
De modo que para reivindicar la madurez que tanto me ha costado conseguir, y en la que me siento tan confortablemente instalada, he decidido aplicar algunas medidas de choque (léase métodos de defensa) en mis relaciones "facebookiles": no pienso unirme a ningún otro club de fans; con el de Epi y Blas basta y sobra. No contestaré encuestas, de ninguna clase. Me basta con las entrevistas de los periodistas que no leen los libros de los que hablan, gracias. Sólo apoyo causas que me despiertan emociones verdaderas, y aún así me lo pienso mucho. El resto, las "ignoro", elegante verbo para decir que paso olímpicamente. Y a los eventos que me invitan, siempre digo que quizá asista, porque la esperanza -y la ocasión- es lo último que se pierde.
"Ignorar". Interesante verbo. Seamos malos e imaginemos la vida en clave de Facebook: ¿cuántas cosas merecerían nuestra ignorancia, de lo que ocurre cada día? Ojalá todo se presentara seguido de la pregunta que es estrella en este juego -que es la vida- del Facebook: ¿Deseas unirte a esta causa? Aceptar. Ignorar. Y yo llevo el cursor, lenta e inexorablemente, con mano segura, hacia lo que debe ser.

28 de noviembre de 2008

Juan Cervantes Marsé

Le han dado el Cervantes a Marsé, qué alegría. Le han dado el Cervantes a un gran escritor, un defensor cabal de sus ideas y -no lo niego- alguien a quien admiro como escritor y como persona. Se lo han dado a un escritor catalán que escribe en castellano. Ay. Asunto espinoso, de esos que convoca a los políticos a decir idioteces. Primera idiotez. La dijo ayer el Ministro de Cultura: «Marsé ha contribuido a la defensa en Catalunya de una lengua (el español) que hablan 500 millones de personas».
De entrada, no parece que tenga que defenderse de nada una lengua que hablan ¡500 millones de personas! pero me gustaría explicarle algo al señor Ministro de Cultura. En Barcelona, es raro subir a un taxi y que te hablen en catalán. Si caminas por la calle, y escuchas con atención, sólo una de cada ¿seis? conversaciones (puede que siete, puede que quince) son en catalán. En los restaurantes del Raval, en pleno centro de Barcelona, los camareros no te entienden si les hablas en catalán. Encontrar en el Servei Català de la Salut (¡!) un médico que hable catalán es casi un milagro. Y no hablemos de la justicia. O de algo tan sencillo como el servicio de correos. El catalán es una lengua pequeña por su número de hablantes pero grande por su tradición, su literatura y hasta por el empeño de quienes la hablamos. Un idioma siempre es un patrimonio a proteger, pero un idioma expuesto al bombardeo constante de una lengua más hablada y omnipresente, la lengua tradicional del poder y de los medios de comunicación, necesita sobreprotección para sobrevivir. Y esa sobreprotección es la que no se entiende fuera de las fronteras de Catalunya: la que nos lleva a defender la enseñanza sólo en catalán, el catalán en la justicia, en la administración, en los medios de comunicación y en nuestro día a día. "Quiero poder vivir en catalán", me decía un buen amigo hace poco. Lo decía con cara de tristeza. Justificada tristeza.
Así que, señores políticos, dejen de decir que el castellano está perseguido. El castellano es un coloso, no necesita que nadie venga a protegerle de nada. Menos del catalán, que es como el pájaro arrojado del nido en plena la tormenta.
Pero hablaba de Marsé. Para compensar al Ministro, el escritor ha dicho algo muy oportuno, al hilo de todo esto: "Espero que el premio no tenga intencionalidad política porque yo no defiendo nada ni a nadie, sólo el derecho a escribir en la lengua que me dé la gana". Como es sabido, la "lengua que le da la gana" utilizar a Marsé para escribir es el castellano. O el español, aunque el sinónimo levante más ampollas. La misma, por cierto, en la que "me da la gana" escribir a mí (aunque con salvedades, porque de vez en cuando siento necesidad de escribir en "mi otra" lengua materna, el catalán). Hay catalanes que arrugan la nariz porque Marsé, nacido y criado aquí, escriba en castellano. Hay quien le rechaza sólo por eso. Siempre me ha inspirado ternura esta gente mía que conoce Nueva York o Londres o Tokio como la palma de su mano y que sin embargo no encuentra nada interesante que visitar en Madrid. O que lee en inglés y francés pero nunca se le ocurriría leer lo último de Marsé, a no ser que se traduzca (a Mendoza se le tradujo, ¡cosas veredes!). Me inspiran ternura porque les comprendo bien: protegen lo nuestro, protegen una cultura frágil, históricamente bombardeada, que con razón a veces ha focalizado en lo castellano al enemigo. Hya que recordar que la Cultura, con mayúsculas, está por encima de este tipo de rencillas. Y algunos de nuestros actuales políticos no contribuye, precisamente, a pasar página.
Yo formo parte de esa gente incómoda que siendo catalana de nacimiento y corazón comete la traición de escribir en castellano. Estoy en una incómoda frontera: cuando viajo por España, tan a menudo, me entristezco al comprobar que Catalunya es la eterna malinterpretada, desconocida, despreciada. Me indigno o me apeno, a partes iguales, ante comentarios cazados al azar, en conversaciones. A veces salto, y discuto, trato de luchar contra molinos gigantes: el desconocimiento, los prejuicios, las manías... El problema es que cuando juego en casa me pasa lo mismo: ¿Quién se atreve a considerarme ajena a todo esto por mucho que escriba en castellano? ¿No son las novelas de Marsé algunas de las que mejor han dibujado la Barcelona literaria? ¿No ha hablado siempre de su ciudad, de sus raíces, de su entorno? Y, el tema incómodo: ¿No es Catalunya una tierra maravillosamente mestiza, abierta, tolerante, que sabe hacer la digestión de diversas culturas, idiomas, costumbres...? ¿Qué nos pasa con el castellano, que nos provoca indigestión permanente? ¿No habría una forma de garantizar una convivencia más afectuosa sin descuidar que el catalán no puede descuidarse? ¿De verdad no es posible amar a la vez la literatura catalana escrita en catalán y la misma literatura escrita en castellano?
El tema provoca exaltaciones y, como veis, no me quedo precisamente al margen. De modo que, a modo de conclusión: gracias, señor Marsé, por hablar de lenguas en este día, aunque sea para replicar a una idiotez. Ah. Y felicidades. Con tanta vehemencia, por poco se me olvida.

Higgins a Pickering en My Fair Lady

Why can't a woman be more like a man?
Men are so decent, such regular chaps.
Ready to help you through any mishaps.
Ready to buck you up whenever you are glum.
Why can't a woman be a chum?
Why is thinking something women never do?
Why is logic never even tried?
Straight'ning up their hair is all they ever do.
Why don't they straighten up the mess that's inside?
Why can't a woman behave like a man?
If I was a woman who'd been to a ball,
Been hailed as a princess by one and by all;
Would I start weeping like a bathtub overflowing?
And carry on as if my home were in a tree?
Would I run off and never tell me where I'm going?
Why can't a woman be like me?

27 de noviembre de 2008

Elia (5 años) neologiza

SOÑOLENTO: Dícese de quien lo hace todo muy despacio porque tiene mucho sueño.

PREFERITO: Más que preferido y favorito juntos, claro.

26 de noviembre de 2008

25 de noviembre de 2008

¿Qué tienes en la cabeza?

Fue ver a Woody Allen rodando en Barcelona, y a los barceloneses se les antojó su sombrero verde de pescador. Eso, por lo menos, afirmaban algunos periódicos: que la demanda de sombreros verdes de pescador estaba creciendo en la ciudad condal, y que era necesario hacer lo posible por satisfacerla. Sólo Antoni Obach permaneció inalterable y recordó que en verano lo que se vende en Barcelona son panamás de paja y sombreros de algodón de anchas alas. Será porque las modas no alteran los nervios de este veterano sombrerero al que esto de vender adminículos que cubran las testas le viene de linaje. Obach es la decana de las sombrererías barcelonesas y su escaparate uno de los más fotogénicos e inmortalizados de toda la ciudad. No es de extrañar: tiene ese aire de lugar a punto de desaparecer, de cosa que estamos imaginando porque no es posible que persita.
Sólo he entrado una vez en la sombrerería Obach. Fue en el verano de 1990. Yo era la periodista más joven y más cándida del Diari de Barcelona. La productora había convocado a los medios de comunicación para anunciar la finalización del rodaje de una película de Ventura Pons, una comedia llamada Què t’hi jugues Mari-Pili? De la que no recuerdo nada salvo a Amparo Moreno, que interpretaba a una gitana y quería convertir su interpretación en un homenaje a todos los gitanos de España. La sombrerería Obach estaba patas arriba, invadida por la artillería del equipo de rodaje. Las actrices se refugiaban en el estrecho balcón que daba a la calle y contemplaban la calle del Call, estrecha y bulliciosa como debió de estarlo en la Edad Media, cuando esto era el barrio judío.
No recuerdo haber visto ningún sombrero por ninguna parte.

24 de noviembre de 2008

Una casa para siempre (microcuento)

De pequeña, solía visitar a mi abuela Teresa cada domingo por la tarde. Ella vivía en un piso grande, gélido, habitado por las sombras. Nos refugiábamos en el salón, en la compañía de un televisor y una estufa de butano que siempre estaban encendidos. Ella compraba comida preparada y alargaba la sobremesa hasta pasadas las cuatro. Después, antes de que la tarde venciera del todo, salíamos. Caminábamos sin prisa, ella agarrada de mi brazo, hasta la vieja casa familiar, un lugar grande como un mundo en el que, de pronto, mi abuela había decidido hacer reformas. Nuestra labor de todos los domingos consistía en supervisar el trabajo semanal de los albañiles. Yo la ayudaba a inspeccionar cada detalle, desde la colocación de los azulejos de los cuartos de baño hasta el tono de las nuevas persianas. Nunca hubo que llamarles la atención.
La reforma fue integral, incluyó derribos de tabiques, restauración de mosaicos y renovación del mobiliario y los electrodomésticos. En una de las paredes del salón, mi abuela mandó pintar un mural de enormes dimensiones donde se veía un lago de aguas transparentes custodiado por una cumbre nevada. «Me han dicho que es Suiza», me dijo, y añadió: «Me relaja. Creo que no me cansaré de mirarlo».
Una vez le pregunté cuándo pensaba mudarse a la vieja casa.
«Pronto», me contestó.
Mi abuela tenía una tienda de objetos de regalo que era toda su vida. Día tras día, a las nueve y media de la mañana, abría las puertas del establecimiento. A la una y media se marchaba a casa a comer y regresaba por la tarde, para cumplir con su horario comercial sin un solo retraso. De cuatro a ocho. De lunes a sábado, toda su vida. Sin vacaciones. Si alguien le preguntaba cuándo pensaba descansar, solía responder: «Estoy de vacaciones todo el año». Si alguien le hablaba de cerrar la tienda, o venderla, decía: «En cuanto termine las obras de la casa».
La última vez que visitamos juntas la vieja casa familiar, las obras ya casi habían acabado. Todo presentaba un aspecto pulcro, impecable, de mundo por estrenar. Los azulejos de la cocina formaban una cuadrícula perfecta, que me recordó a la de los cuadernos escolares el primer día de curso. Los electrodomésticos recién instalados aguardaban, en el silencio de las máquinas, tras sus plásticos protectores. En el cuarto de baño no faltaba nada: ni siquiera el cepillo de dientes, también nuevo.
Regresé sólo una vez más, el mismo día del entierro de mi abuela. Me entristecí al descubrir la pátina de polvo que se había acumulado sobre los embalajes sin abrir. Me senté un momento en el sofá del salón, a contemplar el mural de la pared. Mi abuela tenía razón: inspiraba un enorme sosiego. Por un momento, me pareció que ella estaba allí, a mi lado, contemplando el paisaje suizo, y que en sus labios se dibujaba una sonrisa satisfecha.
Mi madre heredó la casa con todo su contenido. Apenas un mes después, decidió venderla. No fue difícil encontrar compradores —una pareja mayor, sin hijos—, que quedaron maravillados con el aspecto que presentaba todo. Valoraron el trabajo de los albañiles y se interesaron por su procedencia, pero no supimos darle razón: sólo mi abuela conocía los detalles.
La imaginé en el sofá, contemplando el paisaje suizo y sonriendo cada vez que alguien alababa la buena calidad de los acabados.

En la imagen de hoy, Teresa, mi abuela, me puso sobre la mesa.

18 de noviembre de 2008

La pared herida


Novembre acosta la felicitat
Joan Margarit
Misteriosament feliç


Noviembre acerca la felicidad, leo en las páginas del libro que me acompaña como un lazarillo. Estoy en la plaza Sant Felip Neri y es noviembre. A juzgar por la quietud del lugar, la felicidad está presente. O tal vez sea otra cosa, parecida, siamesa. El vacío.
La definición científica de vacío habla de energía y repulsa. El horror fue energía en este lugar, y de la repulsa surgió este vacío que lo desborda todo. Desde entonces ese vacío protege esta plaza, esta iglesia, estos árboles indiferente. Los árboles son como dijo Cortázar que eran las estatuas: hay que ir a verles, porque ellos no se molestan. A Sant Felip Neri no sólo se viene a ver árboles: se viene a reencontrarse con ellos en silencio, como se reencuentra una con un amor al que dejó escapar.
La historia de la ciencia es la de la entonación distinta de algunas metáforas, dijo Borges. Estoy de acuerdo, pero en esta plaza no hay metáfora que valga. El horror no se ha consumido.
Cuentan que mientras se rodaba en Barcelona El perfume: historia de un asesino, John Malkovich se sentaba en esta plaza a beber buen vino. Apostaría algo a que antes de llegar aquí, Malkovich desconocía el significado exacto de la palabra «metralla». Después de observar la pared herida, ya nunca más será indiferente a ella.
Fue un 30 de enero de 1938: una bomba. 42 muertos. La mayoría, niños. Las paredes no cicatrizan. Nuestra inocencia, tampoco. La herida siempre estará como recién abierta.
Para soportar la verdad que contiene este lugar hacen falta las metáforas. Al mismo tiempo que la vida, crece la muerte, susurra el poeta desde la página que ha quedado abierta.
Añado que al mismo tiempo que la verdad, crece la máscara.

17 de noviembre de 2008

El debate sobre la eutanasia salta a las páginas de un thriller de misterio


Javier Sauras. AGENCIA EFE. Madrid, 14 nov. - El debate sobre la eutanasia salta desde los periódicos a las páginas de un thriller de misterio, "Hacia la luz", una novela de la catalana Care Santos en la que un médico muy respetado por la sociedad pasa "de ser el ángel bueno de la muerte al ángel exterminador".

La publicación de "Hacia la luz" (Espasa) coincide con el caso de Hannah Jones, una niña inglesa que se ha convertido en portada de todos los medios británicos, al ser denunciada por su médico después de que la joven renunciara a aceptar un trasplante de corazón para prolongar su vida.

"El caso de Hannah plantea el mismo dilema que la novela, porque ella está en su derecho a decidir sobre su propia vida", ha afirmado la escritora en una entrevista con EFE. "Pretendemos hacer pasar a todo el mundo por el rasero de unas creencias muy antiguas; ¡qué horror!".

En "Hacia la luz" el doctor que hace saltar las alarmas de la sociedad es Ángel Febles, "una cara pública muy querida que encierra un lado monstruoso", tal y como le describe Santos.

Febles ya le llevaba "rondando desde hace 12 años" a la autora, quien intentó, antes de "Hacia la luz", darle salida en varios relatos cortos, algo que "no funcionó". Detrás de la "fachada suntuosa" con la que aparece en la novela, el médico esconde "muchos escombros" que se van revelando a medida que avanza la historia.

Los encargados de ahondar en los misterios de Febles son Miren, una triunfadora que "ha pagado con su vida privada un currículum muy brillante", y Quim Quílez, un médico militante de la Asociación Dignidad Final, dedicada a los derechos de los moribundos.

Aunque Miren lleve el mayor peso en la narración de la obra, es Quílez el personaje con el que Care Santos se siente "más relacionada".

"Las conversaciones sobre medicina en la mesa me amargaron la infancia", confiesa entre risas la escritora, hija y hermana de médicos, y que ha vivido sumergida en tratados de neurología y tanatología para desarrollar la novela.

Care Santos contactó con la Asociación por el Derecho a Morir Dignamente, le pasó sus textos a varios expertos en medicina y farmacología para que "corrigieran gazapos", estudió a gurús de la tanatología -un terreno cercano a la parapsicología-, y entrevistó a gente que había estado clínicamente muerta, para redondear la obra.

Después de todas estas experiencias, la escritora ya no se queda "con la explicación científica de que la imagen del túnel y la luz que sobrevienen cuando se acerca la muerte responden a procesos bioquímicos del cerebro".

"La medicina ya ha tenido que alterar varias veces la definición de la muerte", advierte Santos. EFE


La imagen de hoy, de Spalenka

14 de noviembre de 2008

Aitana y las gallináceas

Para celebrar el final de las consecutivas promociones en las que he estado desde hace 5 semanas, en mi última noche en Madrid, decido ir al teatro. Es un milagro encontrar una entrada: están agotadas hace meses. Maribel Verdú y Aitana Sánchez Gijón en el mismo escenario tiran mucho (también están Antonio Molero y Pere Ponce, por cierto). Yo voy más por el texto, que es de Yasmina Reza y se llama Un dios salvaje (Le dieu du carnage). Me gusta mucho la autora francesa. Me gustan sus tramas basadas en malentendidos, las corazas de sus personajes por las que siempre asoma su parte más débil, me gusta cómo muestra lo vulnerables y desquiciados que somos en realidad, bajo esa pátina de hombres y mujeres de mundo, refinados por la cultura, que nos empeñamos en mostrar siempre. Yasmina Reza nos recuerda a cada obra suya: "Cuidado, porque bajo la sofisticación vive el monstruo, uno dentro de cada uno de nosotros".
Hace no tanto, Reza fue mamá. A mi modo de ver, ese cambio en su vida ha supuesto también un giro muy interesante en su obra. Sus personajes son los que eran antes, sofisticados, parlanchines, dados al análisis... -los de Arte, para entendernos- pero ahora tienen hijos, y no hay nada que saque a relucir nuestros instintos más primarios mejor que los hijos.
Hace unos pocos meses vi en Barcelona Tres versions de la vida, un texto en el que dos matrimonios tratan de resolver algunas cuestiones, y de mantener una conversación, mientras el hijo de dos de ellos les interrumpe constantemente porque no quiere dormir. Los personajes no comparten puntos de vista con respecto a la educación, los invitados acaban opinando -y muy duramente- sobre la falta de normas que perciben en la casa y la intromisión les lanza a todos a un combate dialéctico brillante, cargado de sentido del humor, pero en el fondo muy amargo. Toca cuestiones que dan justo en la diana de quienes tenemos algún interés en la educación y, sobre todo, nos muestra tal y como somos, seres de carne y hueso.
Un dios salvaje es hermana de aquella, pero mucho más dura. Aquí la risa apenas surge -aunque constato que el público de Madrid es más risueño que el de Barcelona- y el drama aflora enseguida. Dos matrimonios también, reunidos porque el hijo de uno de ellos ha pegado brutalmente (le ha arrancado dos dientes) al hijo de los otros dos. Intentan ponerse de acuerdo para llegar a una solución, pero no hay acuerdo posible, como se verá enseguida. Intentan ser civilizados, pero no lo logran. Acaban recurriendo a la misma violencia que, se supone, están tratando de evitar.
Es un buen texto, y la puesta en escena, que es de la directora Tamzin Townsend, merece la pena. Fue un buen final de fiesta.


A modo de anécdota, ocurrió algo en la representación de anoche que no he visto jamás en mis ya más de 20 años como espectadora frecuente de teatro. Tres señoras más que maduritas se sentaban en la primera fila. Reían como gallináceas y comentaban constantemente los movimientos que ocurrían en escena. Por ejemplo, si al personaje de Antonio Molero le sonaba el móvil, decían: "Otra vez el teléfono, contesta". Si Maribel Verdú vomitaba, comentaban: "Está mareada, pobrecita". Otros espectadores les chistaron varias veces, pero no hicieron ningún caso. Hasta que de pronto, la muy guapa Aitana Sánchez Gijón se detuvo en mitad del escenario, se volvió hacia ellas y dijo: "Esto es una pesadilla, señoras. No pueden estar haciendo comentarios todo el rato porque nos desconcentramos y nos salimos del papel. Les ruego silencio, muchas gracias". Levantó una ovación espontánea, admirada. Luego, la función continuó como si nada. No, como si nada, no: las gallináceas permanecieron en silencio el resto de la noche. Y es que Aitana cuando regaña, regaña de verdad.

13 de noviembre de 2008

What I Believe, J. G. Ballard


Creo en el poder de la imaginación

para frenar el mundo

para renacer la noche.

Creo en la sombra de la luz.

Creo en nada.




La imagen de hoy, de DeRajkizfakindet, en Flickr

7 de noviembre de 2008

Estáis todos invitados

6 de noviembre de 2008

Cita a las doce y dos

La peor cárcel es la muerte de un hijo. Porque nunca se sale.


De la película Hace tanto que te quiero, escrita y dirigida por Philippe Claudel

4 de noviembre de 2008

De promoción

Qué placer pasear por Las Ramblas bajo el sol, después de un fin de semana de lluvia, lluvia y más lluvia. Qué placer que llueva precisamente cuando puedes pasar cinco horas en el sofá leyendo (por este orden) a Le Clézio, Anna Gavalda y Constantino Bértolo. Qué placer quedar para almorzar con el hombre de tu vida en un japonés escondido. Qué placer tomnarse un té minutos antes de subir al Altaria que te llevará a Valencia. Qué placer leer con el mundo desfilando tras los cristales del tren. Qué placer darse una ducha calentita nada más llegar al hotel. Qué placer imaginar el desayuno de mañana, antes de comenzar la jornada. Qué placer tomar notas para la próxima novela, que ya tiene título. Qué placer hojear un libro recién publicado y pensar que ya no te pertenece. Qué placer imaginar el próximo, ese que de momento sólo es tuyo, con avaricia.


"¿Cuánto descansa entre libro y libro?", le preguntaron una vez a Patricia Highsmith.
"Quince segundos", dijo ella.
Eso es.





La imagen, del folotog de Mady

3 de noviembre de 2008

Comienza la fiesta