Suelo ponerme una fecha para comenzar la escritura de una novela. En esta ocasión, era el 25 de enero. Mañana. Un dia importante para mí. Sin embargo, esta noche tengo la certeza que no comenzaré ese día. No comenzaré a escribir propiamente, aunque tal vez cumpla con algunos rituales: crear el documento que albergará la novela, estampar el título, un par de citas, preparar el resto como hace el pintor con el lienzo, eligiendo el tipo y cuerpo de letra en que siempre trabajo (Trebuchet 12), seleccionando el modo "justificado" y el interlineado de 1,5. Luego, lo más probable es que cierre la sesión de trabajo y me dedique a otras cosas, que ya están muy previstas también.
Sé bien qué me ocurre. Los días antes de empezar la escritura, mariposeo mucho. Busco datos inútiles. Repaso mis notas. Me pregunto si algunos de los pilares de la historia no podrían ser otros. Me impaciento, me pongo nerviosa. En realidad, siento pánico. Ahora, vuelve a ocurrirme. Llevo unos diez meses leyendo sin parar, seleccionando temas, persiguiento respuestas difíciles. He disfrutado más que nunca mientras tramaba un nuevo argumento. Pero ahora que llega la hora de la verdad, me paralizo. ¿Y si lo estropeo al escribirlo?
De ese miedo, me temo, nacen todas mis novelas. Esta no va a ser una excepción.
A veces se lo he escuchado a otros escritores. La novela no escrita es perfecta, ideal. Da pavor no ser capaz de hacer algo que se le parezca ni que sea un poco.
De modo que aquí estoy, veinticuatro, tal vez cuarenta y ocho horas de escribir la primera línea de una nueva cosa, filosofando en el blog.
* La imagen: mis sempiternas acompañantes de la escritura, esperándome: Las Suites para Cello Solo de Bach.






















