Podéis leer la entrevista completa pinchando AQUÍ
28 de febrero de 2013
27 de febrero de 2013
Bilbao y Valencia: crónica fotográfica sui generis
Bilbao me recibió con un tiempo de perros, pero valió la pena.
Con Begoña Zubieta antes de empezar la grabación
del programa Forum, de ETB.
Así queda la mesa después de una tarde de encuentros con periodistas.
La maravillosa librería valenciana Bibliocafé, justo antes de la presentación.
Y aquí estamos, con cara de misión cumplida, mi anfitrión -José Luis-,
mi flamante presentadora -Marta Querol-,
la factótum de Planeta en Valencia Susana Alfonso
y esta reportera dicharachera.
Esta preciosa coneja se llama como la protagonista
de El aire que respiras: Carlota. Y es valenciana.
La mascota del periodista Herme Cerezo, para más datos.
La mascota del periodista Herme Cerezo, para más datos.
26 de febrero de 2013
24 de febrero de 2013
Primera semana de vida de El Aire que respiras: crónica fotográfica
La semana comenzó con unos poquitos libros que dedicar
a los libreros de toda España.
Y aquí me veis, muy aplicadita (eso lo tengo).
A pesar de todo, por poco llegamos tarde al AVE.
En esta aristocrática sala planetaria celebramos el pasado martes en Madrid
el encuentro con bloggers. Si queréis saber qué dio de sí,
lo encontrais haciendo click AQUÍ
lo encontrais haciendo click AQUÍ
(por cierto, me encanta el titular: ¡gracias Paz!).
Qué fotogénicas son las escaleras del edificio de Planeta en Madrid.
¡Y qué duras! (Eeeeejem)
El miércoles empezamos el día aquí: parroquia de Santa Anna de Barcelona.
Visita con periodistas. Esas de la foto, por cierto, son las campanas que toca
Filippo Brancaleone en la novela.
La visita a la Biblioteca de Reserva de la UB con los amigos periodistas fue un lujo.
Sobre todo, porque tuvimos como guía a Neus Verger, su directora.
Me encanta esta foto. Qué bonitos son los cantos pintados.
Y qué público más entregado.
Jueves por la tarde: presentación en Dòria Llibres, de Mataró,
con Lorenzo Silva como maestro de ceremonias.
Fue de esas que se recuerdan. La foto es de la revista Cap Gros.
La noticia la encontraréis AQUÍ.
Y la semana, para ser coherentes, terminó como había empezado:
con montañas de libros por dedicar. Esta vez los de Círculo de Lectores, el viernes.
Hoy me despido con un deseo de todo corazón, navegantes del silencio:
22 de febrero de 2013
Mensajes que llenan el corazón
Me escribe ayer una amiga y colega:
Esta tarde me he compado tu nueva novela. ¡Estaba deseando! Enseguida he informado a mi madre y a mi hermana y creo que va a haber pelea: todas queremos ser la primera en leerla. Yo llevo un capítulo y ya estoy enganchada. Tendré que comprar un ejemplar para cada una. ¡Enhorabuena, cielo! Has vuelto a escribir un libro estupendo!! Ya te iré contando. Disfruta de este nacimiento: las presentaciones, las palabras de los lectores y la satisfacción del trabajo bien hecho. Un abrazote.
Para eso se escribe, amigos. Ni más ni menos. Hoy estoy agotada pero feliz. Este fin de semana, crónica fotográfica de los últimos días.
Esta tarde me he compado tu nueva novela. ¡Estaba deseando! Enseguida he informado a mi madre y a mi hermana y creo que va a haber pelea: todas queremos ser la primera en leerla. Yo llevo un capítulo y ya estoy enganchada. Tendré que comprar un ejemplar para cada una. ¡Enhorabuena, cielo! Has vuelto a escribir un libro estupendo!! Ya te iré contando. Disfruta de este nacimiento: las presentaciones, las palabras de los lectores y la satisfacción del trabajo bien hecho. Un abrazote.
Para eso se escribe, amigos. Ni más ni menos. Hoy estoy agotada pero feliz. Este fin de semana, crónica fotográfica de los últimos días.
21 de febrero de 2013
19 de febrero de 2013
18 de febrero de 2013
17 de febrero de 2013
Cierta distancia: cuestionario básico
1.- ¿Por qué escribes?
Porque me gusta. Porque se me da bien. Porque es un modo de retener el mundo y siento pánico a la pérdida. Porque es un modo de autoconocimiento. Porque me permite responder a preguntas sin respuesta. Porque es decir cómo fueron las cosas que no fueron nunca. Porque nadie me obliga. Porque es complicadísimo y no soporto lo fácil. Porque es un modo de compartir emociones con los demás. Porque si no lo hago no me reconozco.
Es la primera pregunta del "Cuestionario básico", concebido por el escritor Miguel Sanfeliu, publicado en su estupendo blog, CIERTA DISTANCIA.
Si queréis leer todas mis respuestas, haced click AQUÍ.
16 de febrero de 2013
Iwrite, los más tempraneros
-Le confieso que he leído su libro y me han entrado escalofríos solo de pensar que en un futuro le gente matará por la trilogía erótica de Grey.
-Quite, quite, que también me entran a mí. Sólo me consuelo al pensar que la edición de esa trilogía no merece sobrevivir. Y menos aún que alguien se despeine por ella. Prefierio pensar que en un futuro nos mataremos por las ediciones de Nórdica, o por esos lujosos libros ilustrados de Galaxia Gutenberg, o por algunas maravillas que se están haciendo en las editoriales para niños. Lo contrario sería pensar que ya no tenemos intacto ni el buen gusto.
David Vicente Valentín firma una entrevista que se publicó ayer en Iwrite magazine. Son los primeros con los que tengo ocasión de hablar de la salida de El aire que respiras (y de otras muchas cosas).
Si queréis leerla completa, haced click AQUÍ.
15 de febrero de 2013
Los verdaderos protagonistas de El aire que respiras (¡faltan 3 días!)
En 1835, una ley desamortizadora disolvió las ordenes eclesiásticas en España y declaró todos sus bienes de titularidad pública. Fue, sin duda, una ley necesaria, que pretendía acabar con la injusticia de las llamadas "manos muertas", que afectaba a nuestro país: muchas propiedades en manos de personas, físicas y jurídicas, que no hacían nada con ellas. Fue el principio de eso que más tarde se ha llamado "Función social de la propiedad": los bienes deben servir para generar un beneficio a alguien, o no tienen ningún sentido.
La idea, como digo, era casi perfecta, aunque su realización dejó mucho que desear. En la práctica, la desamortización sólo supuso un cambio de manos, no una mejora. Muchos de los bienes se subastaron, y los compraron nobles o ricos. Gente que tampoco les dio un uso social. Algunos se volvieron de uso público, o se reconvirtieron en espacios que toda la ciudadanía pudo utilizar, como grandes plazas o mercados. Hay muchos ejemplos de ello en Barcelona: la plaça Reial, la Boqueria, el Mercat de Santa Caterina... todos están en lugares desamortizados en 1835, que antes habían ocupado grandes conventos.
Entre los muchos bienes culturales que en el proceso desamortizador cambiaron de menos, había miles y miles de libros. Fueron "rescatados" de los conventos suprimidos y trasladados a una sola biblioteca. Un proyecto parecido, aunque más afortunado, ya lo había intentado Napoleón a su paso por Barcelona. En 1835 se llevó a cabo, con fortuna más que dudosa. Primero se trasladó la biblioteca al convento de los Capuchinos, luego al de San Juan. Hubo peleas a ultranza por la tenencia de esos libros y al fin el Ayuntamiento decidió que pasaran a manos de la Universidad, recién regresada a Barcelona después de la infamia de Felipe V, que se alargó más de un siglo. Formaron la Biblioteca de Reserva.
Con la construcción de la nueva sede en la Plaza de la Universidad, la biblioteca encontró por fin su destino, pero habían pasado muchos años, los libros habían estado muchas veces muy mal cuidados, mal almacenados, sometidos a humedades o robados. Por supuesto, muchos no sobrevivieron. Los que lo hicieron, corrieron suertes diversas. Algunos han llegado hasta nosotros con el rastro de las termitas que los devoraron en ese lapso.
Otros han sido bellamente restaurados. Hoy día, esos libros, verdaderos sobrevivientes de nuestra historia, y diría que también de la negligencia de nuestros políticos, se conservan en el edificio de la Universitat de Barcelona, a buen recaudo. Algunos, en la caja fuerte.
Es un lugar maravilloso, que hace aproximadamente un año tuve la ocasión de visitar, en compañía de su estupenda directora, Neus Verger. La biblioteca se enfrenta hoy día a muchos retos. No tienen dinero para catalogar ni conservar adecuadamente los riquísimos fondos que atesoran, pero cuentan con un equipo de profesionales, Neus a la cabeza, que siguen demandando día a día lo que nadie parece dispuesto a darles. Y amando los libros, por supuesto. A veces, cuando conozco profesionales como ella, recuerdo aquella cita de Kipling referida a las madres y la cambio ligeramente para decir: "Como Dios no podía estar en todas partes, creó a los bibliotecarios".
Hoy os dejo este reportaje fotográfico que pude realizar durante mi visita, el año pasado, a la Biblioteca de Reserva. Estuve allí cuando me documentaba para escribir la novela. Os lo dejo hoy, cuando sólo faltan tres días para la salida de El aire que respiras, porque estos libros son los verdaderos protagonistas de la historia. Disfrutad de la visita, navegantes del silencio.
* Las imágenes, de arriba a abajo: Convento de Santa Caterina, en la plaza del mismo nombre, antes de la desamortización / Uno de los libros restaurados y bellamente iluminados que se conservan en la Biblioteca de Reserva / uno de los libros comidos por las termitas / Catálogo escrito y decorado a mano de la Biblioteca del Convento de San José (situado donde hoy está el mercado de la Boquería) / Visión general de los libros conservados en la Biblioteca de Reserva de la UB, verdaderos sobrevivientes de mil vicisitudes.
14 de febrero de 2013
13 de febrero de 2013
Un aperitivo de aire
Se va acercando el gran día. En algo más de una semana El aire que respiras llegará a las librerías. Hoy quiero avanzaros algo de esta nueva novela mía, cuya existencia me hace tan feliz. Desde hoy, haciendo click sobre el banner que encontraréis a la derecha del blog, podéis descargaros gratis las primeras páginas, tal y como las encontraréis en el libro.
Es sólo un aperitivo, pero espero que os guste, navegantes del Silencio.
11 de febrero de 2013
Se vende garbanzo
Hace unos días os prometí desvelar el secreto de las ilustraciones de Andrés Guerrero.
Esta es mi novedad de este año para los peques de la casa. Algunos ya conoceréis a sus personajes: ahí tenéis a Óscar, con cara de gran problema (como siempre), a su mejor amiga Nora (que siempre resuelve todos los problemas), al hermanito de Óscar (le siguen llamando el Garbanzo, pero ya no lo es tanto: ya está aprendiendo a caminar y hasta dice sus primeras palabras). Ni siquiera falta el pirata favorito de todos ellos, que en esta entrega tiene un inesperado papel. De nuevo las ilustraciones son de Andrés Guerrero, maravillosas, como todas las suyas.
La cosa viene de largo. Primero fue Se vende mamá, cuando Óscar, decepcionado por la llegada de su nuevo hermanito y convencido de que su madre ya no le quiere, decide venderla en e-Bay. ¡Y lo consigue! Bueno, más que venderla, lo suyo es la permuta. En aquel libro surgieron algunos personajes secundarios que acabaron dando más juego del previsto. Uno de ellos fue Martín Galán, el archifamoso padre de Nora, que desde que aparece por primera vez estaba mereciendo que le vendieran. O, por lo menos, yo tenía ganas de hacerlo.
Así fue como llegó Se vende papá. Martín Galán se queda sin trabajo y se convierte en uno de esos padres que quieren ser perfectos. Nora está harta de sus normas (y también de comer verdura cada noche). Así que decide buscarle trabajo para que todo vuelva a ser como antes. Y, por supuesto, Nora siempre consigue lo que se propone.
Pero he aquí que he hablado mucho con mis lectores de estos dos libros. Desde que se publicó el primero, he tenido ocasión de visitar a muchos niños y niñas de 8 y 9 años, que me han contado a qué miembro de la familia les gustaría vender. Fue así cómo descubrí que lo de vender a papá o a mamá no les convence (salvo excepciones). Sin embargo, muchos de ellos venderían con sumo gusto a sus hermanos, ya sean mayores o pequeños. Así que, por petición popular, surgió esta historia en que Óscar decide vender al Garbanzo, que lleva varias noches haciéndole la vida imposible.
Si lo consigue o no, tendréis que descubrirlo por vosotros mismos. Yo ya estoy deseando enfrentarme a las opiniones de mis jueces más implacables: los lectores de esta trilogía.
9 de febrero de 2013
El aire que respiras: faltan 10 días
Hoy el marqués de la Brocca ha querido saber
si echo de menos mi ciudad. Bueno, es probable, le he dicho. Aunque mi recuerdo
se posa más bien en lo concreto. Echo de menos a mi madre, a mis amigos, el
sonido de las campanas de Santa Anna tocando al amanecer, el sol tibio de otoño
dorando los árboles mustios de La Rambla, el mar visto desde la Muralla en un
día de frío, los vendedores de carquinyolis,
los de libros de los Arcos Viejos de los encantes, el bullicio de moda de la
plaza del Palacio, las fiestas de Carnaval en la Lonja, el cielo azul de cada
verano, los cafés de la plaza del teatro, los dramas exacerbados de Altés, las
castañas asadas, las reuniones en casa de Rojo, los campanarios huérfanos de
los conventos…
—Hijo —me ha interrumpido el
marqués—. Bastaba con un sí.
8 de febrero de 2013
7 de febrero de 2013
¿Les reconocéis?
¿Reconocéis a estos personajes tan simpáticos?
Una pista: salen de los lápices del estupendo Andrés Guerrero y el 21 de febrero (también) llegarán a las librerías. En unos pocos días, se desvelará el misterio. No os despistéis.
5 de febrero de 2013
4 de febrero de 2013
La librería Robafaves sin escaleras
En el camino de todos nosotros
existió un buen día una librería a la que entramos atraídos por algún indicio
poco claro, un rastro que no se sigue con ninguno de los cinco sentidos. Un
lugar donde hacer descubrimientos y trepar hasta una altura diferente. La mía
se llamaba Robafaves, está en la ciudad en la que nací y donde vivo, después de
algunas vueltas por el mundo (Mataró), y hace apenas unos días bajó la
persiana, no se sabe si para siempre.
Nadie
crea que lo de trepar a las alturas es sólo una metáfora. La primera librería
Robafaves estaba en la calle de Santa Teresa y era un espacio estrecho y largo
—ensanchado al final, si la memoria no me falla—, donde los libros se
amontonaban de techo a suelo, en un orden más bien caótico. Para alcanzar los
más altos, que tal vez mi recuerdo sitúa más arriba de donde estaban en
realidad, había en la tienda una escalera de gato, inestable, que tal vez debía
de ser sólo de uso de los dependientes. Cuando miro con la memoria hacia
aquella librería, la primera, la de la infancia, me recuerdo siempre subida en
aquella escalera, inspeccionando los estantes superiores, cargados de tesoros
que yo ambicionaba. Recuerdo haber sacado de allí mi primera edición propia de La dama de blanco. También los poemas de
Salinas, los de Hierro, los de Yeats, los de Claudio Rodríguez. Deduzco ahora
que por aquellas alturas vivía la colección Libro de Bolsillo de Alianza,
puesto que los tres últimos formaban parte de ella. No ya La dama de blanco, que compré en la edición de Montesinos, carísima
para mi economía de entonces, invirtiendo un regalo de cumpleaños (¿el
décimosegundo? ¿el decimotercero?). De hecho, entrar en Robafaves después de un
cumpleaños era una maravilla: llevaba en el bolsillo cinco o seis mil pesetas,
la recaudación de varios regalos en metálico, y la intención de gastarlas
íntegramente en libros, dejándome llevar por el olfato, hojeando a mi antojo,
hasta dar con algo. Me sentía rica; una marquesa en la corte. Y también una
buscadora de tesoros.
Lo
peor era que en lo alto de la escalera no me dejaban en paz. Enseguida aparecía
alguien y me preguntaba si buscaba «algo en concreto». Me invitaban a bajar.
«Ya lo busco yo», me decían. Todas esas expresiones deberían estar prohibidas
en una librería como esa, donde parte del placer lo obtienen los clientes
husmeando por sí mismos. Es distinto el cliente que interpela al librero. Yo no
buscaba nada, salvo a mí misma. Porque entre el contenido de aquellos anaqueles,
los altos y los bajos, descubrí casi todo lo que soy, lo que era, lo que quería
ser, lo que nunca sería. Como todo lector, está claro.
Con los años
supe que salvo yo, pocos osados se atrevían a utilizar la escalera, y que mis
pocos años unidos a mi escasa agilidad les hacían temer que aquel interés
literario mío terminara en desgracia.
Hubo
otras Robafaves. La de las primeras presentaciones —propias y ajenas—, la de
los amigos libreros a quienes valía la pena consultar y obedecer, aquella en la
que siempre me sentí en mi propia casa. Muchas tardes de amigos y de libros, de
palabras que de ninguna manera se llevó el viento, porque siguen ahí, en la
memoria. Toda mi vida de escritora transcurrió ya en la Robafaves moderna, la
del carrer Nou, la que se expandió con un ansia que tal vez ahora reconozcamos
excesiva. La que conquistó aquel espacio maravilloso de la librería Robafaves
Jove, una maravillosa librería dedicada a los libros para niños y jóvenes, que
fue la primera en perderse cuando comenzó a flojear la fortuna.
Hoy
se ha perdido una librería de la que muchos presumimos. La casa de un grupo de
gente que lucharon porque la literatura fuera algo importante para todos
nosotros. Está claro que lo consiguieron.
Todos perdemos
algo cuando se cierra una librería. Una parte importante de nuestro pasado. Y
también una porción de futuro. Vendrán otras, qué duda cabe, pero no serán la
misma. Tampoco nosotros lo seremos: cada vez habrá menos escaleras por las que
trepar. O menos ganas de hacerlo.
* La imagen tiene casi 20 años. De derecha a izquierda: Pep Duran -uno de los fundadores de la librería-, Albert Calls, José Agustín Goytisolo y yo misma.
3 de febrero de 2013
El Aire que respiras: faltan 16 días
—Quisiera conocer su opinión
acerca de esta colección de libros.
Codolosa estudió la nota
entrecerrando los ojos.
—Trece libros. La colección de
un tacaño —susurró, con una sonrisa.
El amigo se inclinó para
curiosear. Comenzó a leer los titulos, al principio con tranquilidad —Postures, Decameron, Thérese philosophe, Erotika Biblion, Mémoires secrets d’una
femme publique—, luego prestó atención a los años de las ediciones — La Pucelle d’Orleans, 1762; Memoires of a Woman of Pleasure, 1749; Arte
de las putas, 1777— para terminar de nuevo en los títulos, que Codolosa
leía en un murmullo:
—Tractatus
amoris, Les Aphrodites, The Whore’s Rhetorik, Parapilla,
Histoire de Dom B… Portier des Chartreux…
Salvá levantó la mirada y
preguntó:
—¿Existe esta colección?
Pérez sonrió.
—Supongamos que sí.
Los dos amigos se dirigieron una
mirada cómplice.
—Quien la reunió no es un tacaño
—dijo Salvá—, sino un sibarita.
Memoirs
os a Woman of Pleasure, más conocido por Memorias de Fanny Hill, de John Cleland, considerado el padre del
erotismo inglés. El autor estudió en Westminster, fue cónsul en Esmirna y
desempeñó un puesto de relevancia en la Compañía de las Indias, con sede en
Bombay. De nuevo en Londres, terminó en la prisión por deudas, y allí comenzó a
escribir esta novela. Basándose en tramas de moda, como la de Manon Lescaut, el libro relata la
historia de Fanny Hill, una adolescente de 15 años educada por la propietaria
de un burdel, que trabaja en los lupanares más desenfrenados de Londres, aunque
termina felizmente casada. El autor se disculpó por haberla escrito, alegando
problemas económicos. Para que no volviera a suceder, el gobierno le concedió
una pensión de 100 libras mensuales, que conservó hasta su muerte, en 1789 a
pesar de que en 1765 incumplió el pacto, publicando otra libro pornográfico. La
primera edición del libro data de 1749. El librero londinense que lo publicó,
Ralph Griffith, compró el manuscrito a su autor por veinte guineas. Con las
sucesivas ediciones del mismo ganó diez mil libras esterlinas.
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