18 de enero de 2006

Vecindad


Recibo libros. Todos los días. Los recibo por correo normal, certificado, por mensajero y a veces incluso contrareembolso. Gajes del oficio.
El cartero me conoce. Me avisa por el telefonillo: Traigo paquetes que no entran en el buzón, dice. Normal: Los buzones no están hechos para gente con exceso postal, como yo. El cartero es muy amable. Los carteros que han jalonado las distintas etapas de mi vida de destinataria no siempre lo han sido. Incluso tuve uno que me regañaba si en el mismo día recibía dos paquetes: Dígales que se los manden de uno en uno, me decía. Hasta que se hartó de mí y empezó a dejarme avisos en el buzón sin molestarse en llamar al timbre. Creo que estaba a punto de jubilarse. No se lo tuve en cuenta. Del que tengo ahora, sin embargo, no tengo ninguna queja. Es mi cartero ideal. Llama todos los días al timbre a eso de las once y cuarto. Sin variación, dice: Cartero, sí, gracias. Abro y espero por si trae algo bonito. Unos meses atrás, me avisaba casi cada día y yo bajaba por mis libros, los que no cabían en el buzón. Entonces surgió el vecino avispado y dio al traste con todo. Desde ese día, uno de mis vecinos estaba más pendiente que yo de mi cartero y -lo peor- llegaba antes a los paquetes. Yo vivo en un ático. Mi vecino el avispado debe de vivir mucho más abajo. En el primero. Tal vez en el entresuelo. Lo digo porque solía llegar antes que yo y esfumarse sin dejar rastro. Cuando yo llegaba al buzón, mis libros habían desaparecido. El cartero me juraba que los había dejado allí. Pero no estaban. Mi vecino el chorizo los había incorporado ya a su biblioteca. Nunca fui más rápida que él. Deduje que debía de ser joven. Tal vez uno de esos papás recientes que abundan en mi escalera. Tal vez mi vecino de aparcamiento. En el ascensor miraba con desconfianza a todo el mundo. Hasta que decidí abrir un apartado de correos y redireccionar allí mi correspondencia más preciada. Me cuesta 40 euros anuales. Precisamente antes del 4 de febrero debo renovarlo. Por eso me he acordado de mi vecino chorizo. Los funcionarios de correos me entregan ahora, una vez a la semana, los centenares de libros que recibo. Cada vez que voy a correos salgo como quien va a Ikea. Mi cartero está muy feliz con el cambio. Y a mi me gusta hacer feliz a la gente.
Lo siento, eso sí, por mi vecino, a quien he dejado sin lectura. Desde aquí le pido disculpas, sea quien sea. Menos mal que vivimos cerca de una biblioteca y que, en un caso extremo, siempre puede recurrir a la solución desesperada de entrar en una librería, escoger un libro, aproximarse a la caja y pagarlo. A ver qué pasa.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Los carteros son personajes entrañables (la mayoría de las veces) jejeje, porque como bien dices los que están a punto de jubilarse son un poco rebeldes por no decir insoportables :)) Tu viviste la prueba de ello en tus propias carnes ;) Yo pienso que aunque parezca que su trabajo es de lo más monotono, no lo es. Estar en contacto con la gente, cada día (como lo hacen ellos) es de lo más enriquecedor e inspirador, las personas somos muy peculiares y los carteros pueden llegar a ser un gran pozo sin fondo de buenas historias además de unos magnificos portadores de sueños y facturas telefonicas ;) De hecho mi casi-marido es cartero, no te puedes figurar la de historias que me cuenta cuando llega a casa, ni sacadas de un libro, oye ;) Un abrazo.
La misma anónima de ayer : COMELLA
http://guallavitoclub.blogia.com

César dijo...

Care, tu cartero será genial, pero el mío es cuántico. Me explicaré: según la teoría cuántica, nunca puedes saber dónde en concreto va a ir a parar un electrón; sólo cuentas con una determinada probabilidad estadística de que el electrón esté en un lugar determinado en un momento dado, pero jamás con la seguridad absoluta. Bueno, pues con mi cartero ocurre igual: las cartas que reparte no tienen más que una probabilidad estadística (muy baja, por cierto) de ir a para al buzón correcto. De hecho, antes pensaba que la distribución se hacía al azar, pero luego me di cuenta de que no era posible, pues el número de errores superaba con creces los porcentajes estadísticos. Por tanto, debía de haber una firme voluntad por parte del cartero en lo que respecta a meter los sobres en la ranura equivocada, o bien un fenómeno cuántico a gran escala estaba ciscándose en el reparto de correo de mi portal. Me inclino por esto último, pues la física cuántica es, dónde va a parar, mucho más simpática que la ciega inquina de un funcionario público.

ferrancab dijo...

Cómo en culpa organizada, se demuestra que la encarnación del mal suele ser alguien cercano y con aspecto antropomórfico.

Anónimo dijo...

¿Sigues pendiente de lo de la cursilería? He añadido un comentario. Besos,
JMBA

Care dijo...

Comella: Qué vivan las buenas historias y la gente que sepa apreciarlas.
César: Todos en algún momento de nuestra vida de destinatarios debemos sufrir algún cartero cuántico. Feliz acuñación, esta, por cierto. Si yo fuera cartera, sería cuántica.
Ferrancab: El mal y aspecto antropomórfico? Mmmm... Cualquier día me arranco a hablar del Diablo, con quien últimamente me hago mucho.

Óscar dijo...

Yo siento una simpatía infinita por los carteros y por Correos. Para mí uno de los momentos más felices del día es cuando bajo al buzón y veo que tengo cartas o postales. Soporto mal, eso sí, a los carteros anárquicos que hacen el reparto cada día a una hora, esto me produce una desazón espiritual insoportable.

Peonia dijo...

La verdad es que me has dado una idea con lo del Apartado de Correos. Yo también mantengo una relación amor-odio con el cartero... Normalmente me espera a que llegue después de repartir los tres portales si no me caben los libros en el buzón y así charlamos un poquito... Siempre se abre la puerta de la misma vecina (¿cotilla, amiga?) que disimula diciendo que han llamado a su puerta y lo que yo creo es que está muy intrigada con mi correspondencia y mi relación con ese cartero que me llama por mi nombre de pila. Gracias a él creo que los libros no me los levantan del buzón pero lo de las revistas da para otra conversación... Hasta un DVD me ha desaparecido del buzón... Y eso crea mal rollo vecinal. Bajo la escalera pensando quién ha sido. También vivo en el ático y tiene mérito bajar ocho pisos. Cuando él no viene, tengo que subir andando a la Oficina de Correos por una cuesta empinada. Le echo mucho de menos esos días. Estoy pensando que si pongo el Apartado de Correos no le voy a volver a ver y creo que es de esas personas que sentiría de veras no volver a encontrarme... Ya son tantas... Con los mensajeros no es lo mismo. Siempre llega uno diferente, firmo y se va. Besitos.

Anónimo dijo...

Simpático vecino...