24 de octubre de 2007

Vida monástica: el paso de las horas





23 de octubre de 2007

Otra invitación

Invitación

22 de octubre de 2007

Montserrat del Amo, ganadora del III Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil

El Premio se entregará el próximo 25 de noviembre en la Feria internacional del Libro de Guadalajara (México).

El finalista fue el brasileño Bartolomeu Campos de Queiros.


Río de Janeiro, Brasil, 19 de octubre de 2007.- La autora española Montserrat del Amo (Madrid, 1927) ha sido la ganadora de la tercera edición del Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil , dotado con 30.000 dólares (US$), según el fallo que se dio a conocer hoy en rueda de prensa en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro (Brasil).

El jurado, reunido en la citada ciudad brasileña los días 17 y 18 de octubre de 2007, y formado por Isis Valéria (representando al IBBY), Ivana Siqueira (representando a la OEI), Víctor Carvajal (representando a la UNESCO), Isadora de Norden (representando al CERLALC) y Pedro Cerrillo (representando a la Fundación SM), y como secretaria María Dolores Prades, realizó el análisis de las 16 candidaturas procedentes de 6 países (Chile, España, Honduras, México, Brasil y Puerto Rico).

El jurado decidió “por mayoría”, según se refleja en el acta emitida por el mismo, premiar a la autora madrileña, cuya candidatura fue postulada por la asociación Amigos del Libro Infantil y Juvenil, sección del IBBY en España, “por su amplísima y sólida obra de creación literaria dirigida al público infantil y juvenil, iniciada en 1948 y, hasta hoy, activa y presente en los catálogos editoriales y leída por los niños y jóvenes de varias generaciones”.
Así mismo, destacaron “su honestidad profesional y su compromiso permanente como escritora de literatura infantil y juvenil; sus contribuciones al mundo de la literatura infantil y juvenil, reconocidas en varias ocasiones con importantes premios en el ámbito nacional e internacional”.
Por último, el jurado hizo hincapié en “su lenguaje sencillo, expresivo, conmovedor, original, reflexivo y accesible a todos los lectores de habla hispana; y la creación de personajes que sienten y se emocionan más allá de un espacio y de un tiempo concretos”.

Además, el jurado quiso destacar la brillante trayectoria literaria del finalista, Bartolomeu Campos de Queiros , autor de más de 40 libros para el público infantil y juvenil, “con una trayectoria iniciada en 1974, consolidada y activa hasta hoy, y reconocida con importantes premios nacionales e internacionales”. En este sentido, destacó “su compromiso con la educación y la formación de lectores y la promoción de la lectura, así como el carácter altamente literario y poético de su obra que enaltece y dignifica al mundo de la literatura infantil y juvenil”.
El jurado quiso agradecer también su participación en el certamen a los candidatos inscritos y a las Instituciones responsables de la presentación de los mismos, y mostró su compromiso por la continuidad de este Premio, “por su importancia y estímulo para los escritores de LIJ de los diversos países iberoamericanos”.

La entrega del Premio se llevará a cabo en una ceremonia oficial que tendrá lugar el próximo día 25 de noviembre, en el contexto de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México).

Montserrat del Amo
Nace en Madrid (España) en 1927. En 1976 alcanza el título de Licenciada en Filosofía y Letras, especialidad de Literatura Hispánica, en la Universidad Complutense de Madrid. Enseña Lengua y Literatura. En 1986 deja la docencia para dedicarse plenamente a la creación literaria.
Estudió, además, en la Escuela Superior de Comercio el grado de Perito Mercantil. Aprendió el oficio de cajista de imprenta. Tiene especial interés por la pintura. Es aficionada a la caligrafía. Realiza frecuentes viajes por Europa, América, África y Asia. Su extensa obra incluye colaboraciones en revistas, ficción, historia, ensayo, discografía y numerosas obras traducidas al alemán, inglés, portugués, gallego y catalán.

19 de octubre de 2007

Non oro et laboro


Me gustan los lugares de culto. No sólo los católicos. Uno de los recuedos más especiales que guardo de mi visita a Estambul, hará unos 7 u 8 años, es el haber asistido a la plegaria del viernes en la zona destinada a mujeres de la Mezquita Azul. No sólo encontré un lugar cálido que invitaba a quedarse mucho tiempo, sino un grupo de creyentes que, pensando que yo era nueva en la religión verdadera, tuvieron la amabilidad de enseñarme cómo debía comportarme, qué posuras y qué palabras debía elegir en cada momento, con paciencia y dulzura inusitadas.
Por la misma razón, me gustan los monasterios. Son lugares de meditación, de recogimiento, de soledad, de silencio... todos ellos son beneficiosos para la literatura, tanto como escasos en mi día a día, por lo menos en este momento de mi existencia. Además, los religiosos que están al cargo de las hospederías de todos los monasterios que he conocido son gente encantadora que pone todo lo que esté en su mano para facilitarte la tarea.
Cuando me retiro a escribir a un monasterio me autoimpongo una rutina de trabajo en la tradición del lugar: me levanto todos los días a las seis o seis y media, desayuno, trabjo hasta la una o la una y media. Doy un paseo (los entornos suelen merecer la pena), si puedo leo el periódico. Luego, vuelvo a escribir de tres de la tarde hasta la hora de cenar y nunca más tarde de las ocho y media. Me acuesto a las diez, como muy tarde. A veces no me quedan ni fuerzas para leer.
¿Verdad que no es extraño que le caiga bien a las esforzadas monjitas? Me miran con un orgullo maternal...
Como sabéis, navegantes, la semana pasada estuve de "retiro espiritual" (no os asustéis, mi apostasía sigue ahí, igual que mi respeto). En esta ocasión, elegí Montserrat. Uno de los días fui a escuchar a los niños cantores de la escolanía, que ofrecen a diario dos "funciones" en una iglesia atiborrada de creyentes y turistas (a partes iguales). Antes de que empezaran a cantar el Virolai, un monje nos saludó en seis idiomas y nos deseó a todos los presentes que "en esta montaña santa hayáis encontrado todo cuanto habéis venido a buscar".
El buen hombre debía de referirse a Dios, pero conmigo acertó de pleno: encontré tranquilidad para construir un argumento que se me resistía y silencio para escribirlo. Ahora sólo cuento las horas que faltan para volver a mi vida monástica (que son pocas). Con un poco de suerte, en dos escapadas más terminaré la novela que, por cierto (para los más curiosos) se llama Dos Lunas y será publicada por el sello juvenil de Mondadori (Montena) dentro de un año, más o menos.

18 de octubre de 2007

Reirse del mundo

La revista humorística de ciencia Annals of Improbable Research (AIR) (Anales de Investigación Improbable, AII, qué simpático suena en español) otorga anualmente unos premios llamados Ig-Nobel, que premian los inventos más inverosímiles y estrambóticos del año, en una ceremonia que vendría a ser el reverso de los prestigiosos premios que entrega el Rey de Suecia en Estocolmo. En su última edición, tres catalanes han sido distinguidos con uno de los antipremios, el de Lingüística, por suimporyante trabajo en el area del aprendizaje de idiomas. Después de un trabajo que imagino concienzudo y paciente, los tres científicos de la Universidad de Barcelona —Joan Manuel Toro, Josep Trobalon y Nuria Sebastian Gallès— han logrado demostrar que a veces las ratas no son capaces de dintinguir el holandés del japonés si se les habla de atrás hacia delante. Qué cosas, ¡nunca lo hubiera imaginado!
Los tres científicos de la UB no son los primeros españoles en recibir uno de los premios. En el año 2001 un muchacho de Valls (Tarragona), Eduard Segura, ganó el Ig-Nobel de Higiene por inventar una lavadora automática para gatos y perros. Qué práctico. Lástima que la cosa llegue hasta mi conocimiento cuando mi querida Flok es ya difunta.
Son sólo una muestra de los ingenios más extraños del mundo, pero ahora vienen muchos más. Entre los premiados hay personajes ralmente remarcables. El japonés que inventó el karaoke, por ejemplo, Daisuke Inoue, recibió un merecidísimo Ig-Nobel de la Paz en 2004, «por enseñar a la gente un modo totlmente nuevo de demostrar su tolerancia hacia los demás». El de Medicina de 2001 tampoco tiene desperdicio. Se lo llevó el estadounidense Peter Barss «por su exhaustivo informe titulado: Lesiones producidas por los cocos que caen». O el de Matemáticas del año pasado a Nic Svensons y Pier Barnes, que por fin calcularon cuántas fotos hay que tomar a un grupo de personas para asegurarse de que todos salen con los ojos abiertos. O el de Salud Alimentaria de hace tres años, a un japonés que durante 34 años fotografió todos los alimentos que entraron por su boca con la finalidad de realizar luego un estudio retroactivo de la evolución de sus gustos. O el de Matemáticas de hace tres, a un señor que midió la superficie de La India en elefantes indios. Soberbio. Y muy útil.
Los premios demuestran dos cosas majestuosas: que hay gente en el mundo que invierte una gran parte de su tiempo en hacer cosas realmente inauditas. Y que, por fortuna, aún queda alguien capaz de no tomarse la vida demasiado en serio. De reírse del mundo.

17 de octubre de 2007

Premio Planeta 2007: una crónica a retazos


1) Boris Izaguirre llevaba un traje gris precioso, con chaleco y gemelos de oro. Cuando salió a recoger su flamante Finalista, bromeó al respecto: Yo no sabía dónde venía, a pesar de cómo voy vestido. Cenó poco. Apenas probó los macarrones rellenos que nos sirvieron de primero y el rape casi no lo probó (en parte porque los camareros "castigaron" a tres caballeros de nuestra mesa, entre ellos, Boris). Al postre llegó demasiado nervioso para saborearlo. Durante las últimas votaciones se le veía cansado de todo aquello. Le entiendo: cenar esperando algo así es una tortura. Salió bien, por lo menos.

2) Millás, en cambio, no parecía nervioso. No parecía tener ganas ni de salir al escenario recoger el premio de manos de José Montilla. Cuando lo hizo, después de hacerse de rogar, nadie sabía quién tenía que darle el premio. Montilla no estabas en su lugar. Millás, tampoco. Hubo una recolocación de los personajes para los fotógrafos. Finalmente, posaron para la foto, pero a mí no me pareció que nadie le hubiera entregado a nadie ningún premio.

3) Eduard Estivill está cada vez más moreno y Marina Castaño, cada vez más delgada.

4) Un misterio: ¿Cómo se sujeta el moño Espido Freire? Qué pelo más perfecto lleva, qué envidia.

5) Aunque cueste de creer. Con el calor que hacía, ¡había editoras con estola de visón!

6) Ildefonso Falcones (en la misma mesa que Francesc Miralles) no le dirigió la palabra a Sandra Bruna (su agente, la responsable de sus triunfos) en toda la noche. Por algo será. De hecho, al parecer no le dirigió la palabra a casi nadie. Según lo que yo pude ver, tampoco a Francesc Miralles. En cambio Eduard Estivill la besaba (a Sandra Bruna) delante de su propia mujer (la de Estivill). Por algo será también.

7) Habría que darle un premio a la elegancia a Lorenzo Silva.

8) Un último comentario respecto a los miembros del jurado: qué apuro que, erigido en portavoz o correvaidile del jurado, Carlos Pujol no pueda cenar. Soledad Puértolas parecía ataviada con su mejor camisón para asistir a la gala. Y de Rosa Regás se olvidaron en el primer recuento de miembros del jurado, lo cual, con toda justicia, generó un discreto abucheo entre los presentes.

9) Terminamos todos en la discoteca del lugar, bailoteando en la más absoluta oscuridad. Una constatación: los escritores bailan peor que los editores. Y los agentes se acuestan temprano, como personajes de Proust.

16 de octubre de 2007

El duro trabajo de librero *

Me escribe un amigo librero (de los de verdad) y me envía el fragmento de una carta de otra librera de verdad. Tiene tan poco desperdicio que no puedo resistirme a compartirla con vosotros.

«Y es que el trabajo de librera es muy duro... hay días en que parece que los mejores clientes se han puesto de acuerdo para venir a verte. El sábado pasado empecé la tarde con una señora que pidió "un libro de los bichos rastreros esos". Le pregunté qué "bichos" y me dijo: "sí, hombre, de las cucarachas y los bichos rastreros que hay en las casas, si salen de noche, cómo crían...”. Continuamos con una pareja que quería 35 sombreros de copa, Miguel Mihura. Pasé por alto el error y les di Tres sombreros de copa... y ellos me dijeron ¡que no era el mismo libro que les había encargado su hijo! Después me pidieron los cuentos de "Grease" (se referían a los cuentos de Cheever) y al final de la tarde vino una señora a decir: "Me han dicho que hay un libro que se llama 'Venus' de una tal Carmen que es de Mataró." Pero lo mejor es que mientras íbamos a buscar el libro "La muerte de Venus" de Care Santos me explicó que se lo habían recomendado unos amigos de Torelló porque pasava en Mataró y le habían dicho que esta chica, la tal Carmen, había diseñado los turrones de la pastelería Ca L'Uñó...
En fin! Aunque los libreros tampoco nos quedamos cortos... un día, buscando qué ediciones teníamos en la librería de Rinconete y Cortadillo encontré una edición entrada en la base de datos como Rinoceronte y Cortadillo...»

En la misma carta, la librera dice adjuntar «otras perlas de clientes a la hora de pedir libros», recogidas al correr del tiempo:

-Las leyendas de Gustavo (por "Leyendas", de Gustavo Adolfo Bécquer)
-L'ombra d'Ali, el Vell (por L'ombra d'Alí Bei, de Albert Salvado)
-Pà torrat, por "Pà negre", de Emili Teixidor.
-Contra el viento, de Zafa (por "La sombra del viento", de Carlos Ruiz Zafón)
-Perdre la cartera, de Barbal (por "Pedra de Tartera", de Maria Barbal)
-La dona que no té nas (por "La dona tenaç", de Montserrat Tura)
-Biografía 1 y 2, pero no recuerdo el autor, es para mi nieta (por la Biografía de U2)
-El cor de les tenebres de Josep Conrad (pronunciado en catalán, Jusép Cunrát, para entendernos)
-Homenots, de Albert Pla (por "Homenots", de Josep Pla.
-Un libro del que sólo sé el título: Antología poética.

¿Tenéis más anécdotas semejantes? Os animo a que las compartáis con los navegantes de este sinpar sitio virtual.

* Gràcies, M., per permetre'm publicar aquest grapat de genialitats. I gràcies, T., per l'intermediació.

15 de octubre de 2007

No, no he ido a Frankfurt

La pregunta que más he respondido en los últimos días: ¿No has ido a Fankfurt?
Algunas variantes a las que también he respondido: ¿Cómo es que no has ido a Frankfurt? / ¿Estás en Frankfurt, verdad? (Después de saludar por el móvil).
Pues no. No he estado en Frankfurt. He estado retirada del mundo, escribiendo. Literalmente.
No he ido a Frankfurt, pues. He seguido de cerca el asunto, a través de las magníficas crónicas en la prensa de Eva Piquer y de Ada Castells (Avui); he leído el discurso (o mejor anti-discurso) de Quim Monzó, que no me gustó nada y que todos alabaron hasta la saciedad, en versión íntegra (La Vanguardia) y he visto también íntegro el espectáculo inaugural dirigido por Joan Ollé en el que se juntó la flor y nata de los actores, músicos y bailarines catalanes, para deleite del 75% de público catalán (Eva Piquer dixit) que abarrotaba la platea. Como a todo catalán que se precie, se me pusieron los pelos de punta al escuchar a Mayte Martín cantar Paraules d'amor, de Serrat y a Rosa Novell leer a Gil de Biedma. Incluso me emocioné con el fragmento de Terra Baixa en boca de Anna Lizaran y al ver a Cesc Gelabert bailando con ese estilo tan volátil una sardana-fusión. Y con Sisa no batí palmas porque estaba sola y su actuación me pilló ya muy cansada...
Al final, me sale presencia catalana en Frankfurt por las orejas, como a todo el que esta semana pasada haya estado atento a los medios de comunicación catalanes, pero celebro que haya ocurrido lo que era de esperar: que pese al revuelo idiota de los anticatalanistas de siempre y a los lugares comunes de los políticos, la cultura en catalán haya sido expuesta en el escaparate internacional que se merece. Como dice Emili Teixidor en "La lectura i la vida" (Columna, 2007): «Hay lenguas minoritarias, pero no literaturas minoritarias».
La cuestión candente: por qué no he ido a Frankfurt. Podría haberlo hecho, como todos los años, a instancias de alguna editorial de las varias con que publico. Pero ocurre que Frankfurt me da miedo. En general, me abruma cualquier feria grande dedicada al mundo de los libros. Guadalajara la soporto porque acostumbro a ver a muchos amigos latinoamericanos cada vez que voy. Creo que cualquier alma sensible que se dedique a esto de escribir se siente fatal ante tal acumulación de letra impresa. A mí, por lo menos, tal superaundancia me marea, me angustia. Estoy segura que si fuera a Frankfurt, a mi regreso no sería capaz de escribir ni una línea hasta, por lo menos, seis meses después.
Pero el principal motivo de este año es otro. Ése era el motivo de todos los años. Yo escribo en castellano. Es una frase puntualizable, claro: me traduzco al catalán yo misma (o debería decir "me reescribo" al catalán), que es mi lengua (tanto como la otra). También de vez en cuando -muy de vez en cuando- escribo algo en catalán "directamente". Muy de tarde en tarde por la sencilla razón de que opino que no se puede hacer todo bien; que mi paleta en castellano es mayor y que para hacer algo mal es mejor no hacer nada (resumiendo mucho). En mi calidad de autora que escribo en castellano, cada año he estado y estaré representada en Frankfurt. No ocurre lo mismo con aquellos que escriben en catalán, una lengua minoritaria que merece todos los escaparates y todos los apoyos. Si uno solo de los escritores catalanes que escribimos en castellano hubiéramos ido a Frankfurt invitados por la organización del cotarro, le habríamos estado robando la oportunidad de darse a conocer a lo bestia a uno de nuestros colegas que escriben en catalán. Por eso me siento muy satisfecha, y hasta orgullosa, de no haber ido. Y muy orgullosa de lo que Catalunya ha mostrado en Alemania. Un poderío real, abrumador.
El problema, como siempre, es de las palabras que nombran las cosas. No era "cultura catalana" sino "cultura en catalán" lo que debería haberse ofrecido desde la organización. Lo demás, se sobreentiende.
Así que no, amigos, ne he ido a Frankfurt, pero he estado allí. En cada una de las palabras de los autores catalanes. En cada uno de sus éxitos.

9 de octubre de 2007

Cerrado por retiro espiritual

Hasta el 15 de octubre, día de Santa Teresa, en que -dicen los malpensados o los bien informados, quién sabe- Boris Izaguirre ganará el Premio Planeta. Prometo crónica.

5 de octubre de 2007

4 de octubre de 2007

Conversación

—¿Qué clase de libros editas? —le preguntó Francesc Miralles a Enrique Redel ayer noche en una mesa rinconera del primer piso del Café Salambó, mientras a su espalda comenzaba la fiesta de presentación de la revista Zero.
Enrique Redel pareció titubear en un primer momento, pero enseguida respondió, alto, claro y para la posteridad:
Impedimenta edita los libros que nunca olvidarías en una mudanza.

3 de octubre de 2007

Ikeamanía

Uno de cada diez niños europeos, fue concebido en una cama de Ikea (no se especifica en el estudio si la cama aún estaba en la tienda o ya había sido trasladada a casa de su comprador).

Por cierto, ¿sabéis qué significa IKEA? Ingvar Kamprad, el nombre de su fundador, inspira las dos primeras letras del acrónimo. Las otras dos corresponden a la E de Elmtaryd, la granja que era de su familia y la A de Agunnaryd, el pueblo donde nació.

¿Sabéis cuántos ejemplares se distribuyen o venden cada año del famoso -y codiciado- catálogo Ikea? 160 millones. ¿Os imagináis publicar algo en ese catálogo? Tendría más difusión que la Biblia.

Todo ello y mucho más se cuenta en Ikea t'estima. Un model per desmuntar, de Oliver Bailly, Jean-Marc Caudron y Denis Lambert (Pagès Editors).

2 de octubre de 2007

10 amores (de pareja) que hay que vivir antes de morir


1-Amor platónico
2-Amor erótico
3-Amor virtual
4-Amor clandestino
5-Amor intelectual
6-Amor a distancia
7-Amor imposible
8-Amor adúltero
9-Amor express
10-Amor para toda la vida

¿Cuál os falta?

1 de octubre de 2007

Invitación

La Editorial Impedimenta y Alibri Llibreria
tienen el placer de invitarles a la presentación del libro

Nikolai Leskov
La pulga de acero


El acto contará con la asistencia de

Care Santos
(escritora, y autora de la introducción de La pulga de acero)
Enrique Redel
(editor de Impedimenta)

Miércoles, 3 de octubre, 19.30h

ALIBRI LLIBRERIA. Balmes, 26, Barcelona. (Metro Universitat)

http://www.impedimenta.es/ficha_pulga_acero.htm

23 de septiembre de 2007

Cerrado por tradición familiar

ESTE BLOG VOLVERÁ EL 1 DE OCTUBRE
(entonces os lo cuento)

21 de septiembre de 2007

Un magnífico cuento de Elia Barceló

Un viejo escritor, recién elegido Premio Cervantes, vuelve a su pueblo natal -Elda-, después de 70 años, para reencontrarse con los sabores, olores y miradas de su pasado. Nostálgico, con final feliz, maravillosamente escrito y plagado de pequeños detalles.

Os aseguro que suena mejor en voz de su autora y en Elda, pero si lo imprimís y lo leéis en el sofá de casa tampoco estará mal.
Me lo agradecereis, seguro.

Para leer el cuento:
http://www.poudelaneu.com/poudelaneu/documentos/cuento2005.pdf

20 de septiembre de 2007

Pequeños crímenes conyugales, de Eric-Emmanuel Schmitt

CARLA: ¿Qué tipo de hombre es usted?

ALEJANDRO: ¿Tal vez el suyo?

CARLA: No lo dude ni un momento. Cuando estoy a su lado, apenas puedo hilvanar una frase, me entran sudores fríos y siento como si mi cerebro fuera a estallar. Todos los síntimas de una enfermedad llamada atracción irresistible.

ALEJANDRO: Lo siento, no conozco el remedio de esa horrible enfermedad.

CARLA: Usted es el remedio.

19 de septiembre de 2007

Atlántico Norte





18 de septiembre de 2007

La pulga de Leskov


Dijo Walter Benjamin en su ensayo "El narrador", dedicado a Nikolai Leskov, que existen dos tipos de narradores: los que recorren el mundo y regresan para contarlo y encandilar con ello a sus oyentes; y los que jamás salieron de su casa y jamás pensaron en el otro mientras escribían. Kafka, Proust, García Márquez, Stevenson... es relativamente fácil -y muy divertido- colocar a cada uno en su lugar. Algunos son inclasificables, como Shakespeare. Hubo mentirosos magistrales, como Verne. Pero la regla, con sus excepciones, puede que se cumpla.

Nikolai Leskov, dice Benjamin, pertenece a ambos grupos. Viajó por su adorada Rusia, derrochó pasiones hacia el mundo eslavo y algunos de sus componentes, y escribió para compartir esa admiración. Pero también miró hacia adentro, reflexionó sobre la fe, criticó al clero ruso, a las costumbres ancestrales y a la cerrazón de su gente. Supo practicar ese deporte ruso —Nabokov dixit— de hablar mal de su propia gente, pero lo hizo con tan fino sentido del humor que pocos le entendieron y muchos le malinterpretaron. Fue ninguneado y utilizado. Le rechazaron los imperialistas y los comunistas, los europeístas y los patriotas orgullosos. Los líderes del comunismo le utilizaron como ejemplo en sus discursos, pero también loos zaress. Finalmente, todos le olvidaron.

Hasta los años 80 no se publicaron en Rusia las obras completas de Nikolai Leskov. En España ha sido conocido por traducciones de dos de sus obras: Lady Macbeth de Mtsensk, sobre todo (hay una edición en Libro amigo, de Bruguera y otra en Alba, mucho más reciente) y por esta La pulga de acero, que algunos han llamado El zurdo. Esta edición, el segundo título de Impedimenta, la nueva osadía editorial de Enrique Redel es una ocasión magnífica de descubrir a Leskov en una traducción atrevida y estupenda de un texto divertido, crítico, profundo e inteligente. Palabra de (afortunada) prologuista.

17 de septiembre de 2007

De Casa de misericòrdia, de Joan Margarit

L'home trenca el passat com una guardiola /
i dintre no hi havia més que fosca.

(El hombre rompe el pasado como un hucha /
y dentro no había más que oscuridad)

Proa / Visor (2007)

14 de septiembre de 2007

Vero, verosímil


En el siglo IV antes de Cristo, el navegante griego Piteas salió de Massilia (la actual Marsella) en un barco de remos, atravesó el estrecho de Gibraltar, navegó a través del océano Atlántico hasta las islas británicas, que rebasó, y se adentró en el Mar del Norte, al que llamó «el Océano Helado». Fue el primero en describir la costa atlántica de Europa, las islas británicas y la isla llamada Última Thule, comúnmente aceptada como Islandia, aunque también hay quien dice que podría tratarse de Groenlandia. Al regresar, como no podía ser menos, Piteas narró su extraordinaria aventura en un libro que tituló En el océano, cuyo último ejemplar se destruyó en el incendio de la biblioteca de Alejandría. Ninguno de sus conciudadanos tomó en serio la narración del navegante pionero aunque, paradójicamente, su narración ha llegado hasta nosotros a través de las referencias de otros, como Polibio, Estrabón o Plinio el Viejo, la mayoría de los cuales jamás le tomó en serio.

Un par de siglos más tarde, otro escritor en lengua griega, aunque nacido en Siria, llamado Luciano de Samosata, narró una supuestamente verídica excursión selenita en una hilarante historia llamada Viaje a la Luna, donde se cuenta que en nuestro satélite habita una civilización más avanzada que lleva ojos de quita y pon y que es capaz de hilar el vidrio y el acero como si fueran seda. También se narra la guerra entre el emperador del sol y el de la luna, en lo que se ha dado en considerar la primera obra de ficción científica de la historia de la literatura, que muchos de sus contemporáneos receptores tomó como cierta.

Verdad no es verosimilitud. Lo vero es un lastre. Lo verosímil, un trabajo. A veces lo verdadero es completamente inverosímil. El arte del contador de historias es el de ser verosímil, no veraz.
Qué lástima por Piteas, dijo ella, aplaudiendo con entusiasmo a Luciano.

13 de septiembre de 2007

12 de septiembre de 2007

SBI


Últimamente padezco el Síndrome de Bloqueo Inicial (SBI). Hasta hoy me tenía muy preocupada (otra vez: esto es cíclico) y si hoy me atrevo a hablar de él es porque acabo de superarlo. Siento cuando ocurre. Hay un "click" que suena en mi cerebro —lo oigo— y, de inmediato, lo veo todo claro. El principio, el lío y el desenlace de la novela en la que estoy trabajando. Las ideas se alinean como si todo fuera fácil. Hasta ese momento, lo que había mantenido con las ideas era un combate cuerpo a cuerpo.

Desconozco si hay más escritores a quienes les afecte el SBI. El síndrome consiste es ser incapaz de ordenar mínimamente la información que quieres manejar para cuajar con ella una mayonesa de palabras que llenen las primeras 30 páginas de una historia.
Nunca comienzo a escribir sin saber qué pretendo contar, de modo que el problema no es el contenido, sino la forma que hay que darle. El problema es si empiezo por un reclamo al lector, por un anzuelo, una pequeña dosis de provocación o por una descripción menos agresiva y más insípida; si el protagonista debe aparecer por primera vez caminando por su propio pie o si algún secundario debe nombrarle a la vez que cuenta de él detalles que luego resulten fundamentales.

No hace tanto, tal vez tres meses, me enredé durante semanas —sí, sí, semanas— en una escena en la cual un chaval groenlandés debía levantarse de la cama, mirar por la ventana, ver que su hermano mayor pretende largarse sin él y salir en su busca a través de la nieve y la oscuridad de una noche boreal. Parece sencillo, pero el muchacho parecía muy reacio a abandonar su litera (la de arriba) y pasó un día tras otro saliendo y entrando de la cama, calzándose botas de nieve (y de foca, y de montaña, y descansos), cogiendo un puñal (que enseguida sustituí por una linterna, porque la novela es pala niños), poniéndose calcetines de lana (y de algodón, y de gore-tex), peinándose (detalle inútil: mejor dejarle despeinado), pensando mucho (mis personajes tienen ese grave defecto, al revés de lo que me ocurre a mí: piensan mucho, piensan todo el rato), recordando cosas que no venían al caso y demorándose muchísimo en algo que debía ser mucho más sencillo. Finalmente, un día ocurrió el "click", el chaval bajó de la cama de un salto, se puso sus botas y su anorak y se echó a la noche helada en un periquete. No volví a encallarme y en un mes la novela estaba terminada (85 páginas). Es lamentable: tardé más en conseguir que el chico bajara de la cama que en hacer que le ocurriera todo lo demás (que es mucho, por cierto).

No sé si tendrá algo que ver el silencio que de pronto reinaba hoy en mi casa (San Vuelta al Cole bendito), pero el caso es que a eso de las diez ha sonado el «click». Desde principios de julio estaba intentando resolver dos escenas: la primera, que narra una matanza, estaba más o menos redactada. Pero cada vez que la leía me parecía horrorosa. Arreglándola se me iba toda la jornada. Al día siguiente volvía a leerla y volvía a rehacerla... durante todo el día. Y así ha sido durante julio, agosto y lo que llevamos de septiembre, tiempo en que la maldita escena me ha atrapado como si fuera una selva frondosa.
En momentos de tedio, he logrado escribir unas 20 paginitas más, todas infumables, en forma de diario adolescente de la protagonista femenina (habrá también uno masculino). Un horror. Hoy lo he tirado todo a la papelera nada más sentarme ante el ordenador. Como comienzo de la jornada no está mal. Luego he revisado la escena-selva. Ahí es cuando se ha producido el «click». En dos horas estaba acabada. El resto del día lo he dedicado a reecribir el primer capítulo de la primera parte.
Ahora me queda otro inmenso trabajo: ver qué hago, qué aprovecho, qué quemo, de 95 páginas que escribí de esta misma historia hace más de un año. Y que ahora, cómo no, me parecen una birria. Pero eso será mañana, y sé que podré hacerlo. Porque ya ha terminado, por esta vez, el temible SBI.

11 de septiembre de 2007

Último día de vacaciones por todo lo alto


Los pingüinos nunca habían tenido más fervientes admiradores.

10 de septiembre de 2007

Velociudad *

Ciudad donde un día dura un abrir y cerrar de ojos, los niños crecen tan rápido como los calabacines, el cole no comienza porque siempre está terminando y los edificios invaden las montañas como si fueran plantas trepadoras.

Adrián, que es un impaciente, parpadea y dice:
—Vamos, date prisa.



* Término acuñado por Adrián, inventor del lenguaje.

6 de septiembre de 2007

Grimsey (Islandia)





5 de septiembre de 2007

Legados de verano: Ya sé hacer sushi


4 de septiembre de 2007

Decapitación de Esquilo por Calixto Bieito

Calixto Bieito comenzó siendo un director con ideas que se atrevía a lanzar una mirada moderna sobre los clásicos. Sus primeros montajes fueron sensacionales. Su Anfitrión (1995), su Galileo Galilei (1996)o su Hamlet (2003). En El rey Lear (2004) sorprendió a todos haciendo que sus protagonistas sacaran sendas sierras mecánicas y se agredieran con ellas. No entremos en la discusión de si a Shakespeare le hubiera gustado o no. Puede que le hubiera encantado. Pero era un recurso fallido, efectista, sin mucho sentido, que sólo provocaba sufrimientos en el público viendo los problemas que tenían los intérpretes para sujetar las sierras mecánicas. Además, hubiera sido denmasiado ponerlas en marcha allí mismo, de modo que el ruido se sustituía con una banda sonora atronadora que no resultaba nada convincente. A pesar de todo, era sólo una mácula en un buen espectáculo.
Luego llegaron los muchos triunfos internacionales de Bieito. En 2006 estrenó en el Grec de Barcelona Peer Gynt, de Ibsen. Por supuesto, le fui fiel, como siempre (había llegado a ser uno de mis directores favoritos). Resultado: no aguanté más de media obra. Esta vez su idea de la modernización de los clásicos era tan desquiciante que no pude soportarlo. Hiperactuación, acrobacias de los actores, "morcillas" en el texto que nada tenían que ve con Ibsen. No sé si con alguna finalidad, además de la de poner en peligro a los intérpretes, subió la acción a una suerte de andamio. Se habló de "desnudez escenográfica" pero yo vi otra cosa. Yo vi "modernidad al límite". Y un andamio que también preocupaba a las almas sensibles como yo por lo mucho que se movía: yo temí que el elenco entero se escalabrara allí mismo.
A pesar de este disgusto final, regida por el convencimiento de que todo el mundo se puede equivocar -incluso mucho-, volví a confiar en Bieito. Esta vez recorrí 400 kilómetros, desde Segovia hasta Mérida, para ver su puesta en escena de Los persas, de Esquilo, la tragedia que ostenta el mérito de ser la primera que se conserva de todas las escritas jamás. El texto original es magnífico: una mirada sobre el derrotado (el ejército persa) lanzada por el vencedor (un griego), después de la batalla de Salamina, durante las Guerras Médicas. Es un texto psicológicamente muy profundo, donde se habla del sinsentido de la guerra pero también de la necedad humana, de la búsqueda desmedida de triunfos, incluso cuando éstos escapan a nuestra alcance. Darío, el padre de Jerjes, regresa desde la tumba para decir que el ejército persa ha perdido la batalla a causa de la excesiva ambición de su hijo. Le da un tirón de orejas que anticipa a Hamlet, y que es una de las pocas, poquísimas apariciones de fantasmas de todo el teatro griego. La obra termina con una frase brillante y emotiva: "Te escoltaré con lúgubres gemidos".
Pues bien, de todo eso no hay nada en la obra de Bieito, que comienza con el himno de la legión cantado por los actores, que se presenta como un falso musical (falso porque los cantantes no están a la altura, ni siquiera la sorprendente y siempre buena Natalia Dicenta) y que acaba siendo sólo un alegato burdo contra la guerra, donde se nos viene a decir lo obvio: que la guerra es mala, que hace daño, que es fuente de calamidades.
Para eso no hacía falta recorrer 400 kilómetros. Ni sin moverme del sitio se me habría ocurrido perder mi tiempo en algo tan obvio.
Bieito se empeña, además, en ensuciar el escenario (es una tendencia creciente en él, según observo: cuanto mayor se hace, más deja las tablas hechas unos zorros) con símbolos y más símbolos: octavillas animando a la gente a unirse al ejército, muñecas decapitadas, arena, coches calcinados... un verdadero vertedero. El magnífico Darío es aquí un seguidor del Atlético de Madrid amargado por las derrotas de su equipo y, de paso, por la muerte de su hija. Jerjes, el general perdedor, es aquí Natalia Dicenta, y es soldado española. Los persas son Estados Unidos. Hay enormes monólogos acerca de la violencia de los videojuegos y de la estupidez de la violencia. Monólogos que, por supuesto, jamás hubiera escrito Esquilo, ni de poder hacerlo. Hay mucha sobreactuación. Menos mal que está ahí Natalia Dicenta para salvar la situación de vez en cuando, aunque una se termina preguntando por qué.
En fin. Con Esquilo, Bieito acaba haciendo lo mismo que con las muñecas. También le deja, al final de la obra, decapitado sobre el escenario, listo para lanzar el clamor que Jerjes lanza en la versión original:

Cuando me cuentas
estas desgracias
tan odiosas,
inolvidables,
sí, inolvidables,
canto que evoca
nobles amigos
tú me sugieres.
Grita, sí, grita
dentro del pecho
mi corazón.

En fin. Nadie que le haga eso a Esquilo tiene nada que hacer conmigo. Calixto Bieito y yo hemos roto para siempre.

3 de septiembre de 2007

Espíritu viajero


¿Para qué viajamos?
¿Para explicarlo al regresar? ¿Para tener la ocasión de volver a casa? ¿Para encontrarnos a nosotros mismos? ¿Para correr tras un sueño? ¿Para ser durante unos días otra persona? ¿Para alejarnos de quienes somos realmente?
Viajar siempre es un aprendizaje, cualquiera que haya hecho las maletas alguna vez lo sabe. Lo realmente importante no es marcharse muy lejos, sino mantener los ojos y el corazón bien abiertos incluso al asomarse al portal.
Mi amigo Óscar me contaba hace unos días un insólito viaje al alcance de cualquier economía. Consiste en buscar en un callejero la primera y la última calle de tu ciudad según el orden alfabético y recorrer la distancia que las separa saliendo del primer punto y llegando al segundo. Supongamos que esta peculiar singladura la realizamos en Barcelona: iríamos de la calle Abadessa Olzet a la plaza Zurbarán, dos emplazamientos que tienen en común el estar situados casi en el límite superior del mapa de la ciudad. Nada más localizarlos sobre el papel, ya siento deseos de realizar el recorrido. Cualquier día de estos, tal vez me animo.

Si viajar siempre supone un aprendizaje, viajar solo lo es mucho más aún. Ese es el verdadero aprendizaje de la soledad. Permite saber mucho de lo que encentras en el camino, pero mucho más acerca de lo que queda dentro de una misma y del viaje constante en el que todos estamos embarcados.
Al regresar siempre lo haces convertida en otra persona. Ese es, para mí, el verdadero espíritu del viaje. Y también la razón por la que regresar siempre resulta tan difícil. Lo dijo muy bien Rosario Castellanos:

-¿Por qué no te vas?
-Porque no me gusta regresar.

31 de agosto de 2007

Diagonales III (bis)


Diagonales III


30 de agosto de 2007

Diagonales II



29 de agosto de 2007

¡Genio y figura!

28 de agosto de 2007

Laxdalshús (cuento inédito)


Para Alicia, partera

—Cuando llegué aquí, yo era como ustedes —dijo el hombre pálido del pelo rojo—. Yo también tenía prisa. Sentía una inmensa curiosidad. Me disgustaba cualquier contratiempo. Luego, el paso del tiempo se encargó de todo. A ustedes les ocurrirá lo mismo.
Sus pupilas, de un azul transparente como el hielo, rastreaban sin cesar la biblioteca repleta de volúmenes amarillentos. Miró hacia el fiordo solitario. Suspiró, dejándose caer en la butaca, y adoptó un aire melancólico. Vestía levita y aparatosos zapatones con hebillas. El disfraz hubiera causado mayor impresión después de un lavado y un zurcido.
Alicia apuró el café. El sonido de la cremallera de su mochila al cerrarse sonó como un colofón.
—Todo lo que nos ha contado es muy interesante —dijo mi mujer—. Ese señor Laxness que construyó la casa debía de ser un excéntrico cuando quiso vivir solo un lugar así y en aquellos tiempos.
—Le hubiera gustado mucho su proyecto, estoy seguro —intervine—. Los últimos moradores, en el mismo sitio que los primeros. Qué ingenioso.
—Gracias… —dijo nuestro anfitrión, mientras sonreía con orgullo.
—¿Hace lo mismo con todos los turistas? —prosiguió Alicia—. El café, esta estupenda conversación...
Mi mujer se encontraba a gusto allí. A las mujeres se les nota mucho cuando no lo están.
—No vienen muchos turistas por aquí —dijo el hombre pálido de pelo rojo, sin perder su cordialidad extrema—. Los anteriores a ustedes eran muy distintos…
Recogí la cámara y limpié la mesa de cristales de azúcar.
—No hagas eso —susurró Alicia—. Siempre con tus porquerías.
Al hacer girar el picaporte de la puerta de la calle, lo encontré bloqueado. Nuestro anfitrión nos miraba con expresión triste. Al tercer intento inútil, Alicia me apartó para intentarlo ella misma. Cuando se volvió hacia mí había perdido la sonrisa. El hombre parecía a punto de llorar cuando dijo:
—Síganme. Les enseñaré su habitación.
Alicia me miró con incredulidad mientras el hombre se alejaba escaleras arriba. Frunció los labios en una pregunta que formuló sin voz:
—¿Qué dice este hombre?
Subí tras él para reparar el malentendido. El hombre pálido de pelo rojo caminó por el breve pasillo de madera mientras un llavín tintineaba en sus manos. Se detuvo ante la habitación número cuatro. A través de la puerta entreabierta de la estancia contigua pude ver a una pareja de mediana edad. Eran mulatos, obesos y vestían del modo en que suelen hacerlo los turistas estadounidenses. Estaban en silencio, resignados.
Junto a la entrada de la número cuatro reconocí el mismo reclamo turístico que nos había conducido hasta aquel lugar:

Visite la vivienda de los primeros pobladores, conocida como Laxdalshús, o casa de Laxness. Fue construida en madera en el año 1795 y constituye una experiencia única, que le transportará en el tiempo.

—Ésta es —dijo el hombre, mostrando el interior de una habitación pulcramente arreglada—. Espero que no echen en falta nada de lo que consideren realmente importante.
Depositó en mis manos el llavín. Su mano estaba tan helada como sus ojos.
—No es necesario que cierren la puerta al salir. Los otros huéspedes son de absoluta confianza —dijo—. El desayuno se sirve a las ocho, el almuerzo a la una y la cena a las siete y media. Abajo hay una pequeña pero bien surtida biblioteca, aunque para consultarla tendrán que aprender islandés. Yo mismo puedo enseñarles, si lo desean. Aquí tendrán todo el tiempo del mundo. Si necesitan cualquier cosa, sea la hora que sea, no tienen más que tocar el timbre.
Reparé entonces en que sus ropas no eran un disfraz.
—Disculpe, pero todo esto es ridículo. Nos alojamos en el Hotel Kea. Nos esperan unos amigos para almorzar dentro de quince minutos. Tenemos allí una doble por dos noches más.
Él negaba con la cabeza y sonreía con esa indulgencia que solemos emplear con los niños. Me mostraba dos hileras de dientes podridos. Dijo:
—Amigo mío: ya no.

Reykiavik, 24 de agosto de 2007

27 de agosto de 2007

Agosto en Islandia: Diagonales