29 de febrero de 2008

Metafísica del disfraz (a finales de un febrero bisiesto)

Me gustan los disfraces y los pecados de la carne, por eso mi mes es febrero.
Es fascinante que el calendario nos brinde la oportunidad de convertirnos, durante unos breves días, en casi cualquier cosa, con tal de no tomarnos la vida demasiado en serio. Yo fui una niña boba de esas que nunca hubieran consentido en disfrazarse de algo ridículo. Por ejemplo, nadie hubiera conseguido convencerme para que me vistiera, pongamos, de tomate maduro o de cartón de leche. Yo siempre iba de princesa, de zíngara o de mosquetera.
Descubro, con azoramiento, que tampoco ahora querría perder la compostura. Si un tomate maduro o un cartón de leche me parecían patéticos a los diez años, qué decir veinte, treinta, cuarenta años más tarde. Advierto que tampoco adoptaría ninguno de esos atuendos de soez provocación anticlerical, por mucho que considere que de ellos es el verdadero espíritu del carnaval. La verdad, para no llevarme bien con la iglesia no necesito vestirme de monja embarazada (un clásico), ni mi ateísmo tiene ninguna necesidad de relacionar falos con calvarios. Los disfraces de bichitos nunca me han llamado la atención (aunque a mi hijo pequeño, lo confieso, le he disfrazado de abejita, sólo porque estaba monísimo. Sé que he obrado mal y me arrepiento, por eso asumiré que dentro de muchos años él sienta tentaciones de vestir a su madre, ya decrépita, de mosca cojonera, por ejemplo, para después presentarme al concurso de disfraces de la residencia de ancianos).
Por último, ya ni siquiera me quedan los atuendos moñas que marcaron mi niñez. Los zíngaros han perdido aquel glamur de antaño (además, la transhumancia ya no es lo que era, hoy cualquier aburrido se mete a transhumante); en cuanto la monarquía pone sus zarpas sobre alguien lo viste de traje de chaqueta color visón o burdeos, falda por debajo de la rodilla, medias de color carne y zapatos tipo salón con un tacón de cinco centímetros, ¡horror!, con lo cual el disfraz de princesa ya no es ningún chollo. Y, por último, para lo que no estoy, a estas alturas, es para mosqueteras. Definitivamente no, aunque a más de uno le grabaría yo en la espalda, no con poco placer, la z vengadora.
Me gustaría disfrazarme de madre de familia numerosa capaz de llegar a fin de mes sin comerse al gato, o de viajera impenitente a punto de partir hacia el Titikaka, o de Lady Chaterley en el momento de verle todo a su fornido guardabosques, o de Marcel Proust comiendo magdalenas. Para qué conformarme con menos, si en el espíritu del disfraz está lo inalcanzable.
Y si el disfraz no me desfoga, siempre me quedará la carne. He pensado en hacer un máster sobre simbología sexual en la gastronomía carnavalesca, sólo como excusa para hincharme a butifarra de huevo en Catalunya, descubrir en Menorca ese guiso de habas que llaman cuinat, regresar a esa idealización afrodisíaca de la vagina que es un pestiño, cuando está bien hecho o —el colmo de la sofisticación—, participar en Cádiz en una erizada.
Al erizo, que cada cual le otorgue la simbología que crea conveniente.

La imagen: nuestro Carnestoltes de cabecera.

28 de febrero de 2008

Bitácoras de ayer y hoy

Una pregunta que mis amigos me formulan recientemente:
—¿Cómo encuentras tiempo para escribir en el blog todos los días?

Fácil. El blog es el único lugar donde no soy escritora profesional. Por eso me gusta tanto.

Comencé a escribir un diario a los 8 años, el 22 de octubre de 1978. Acabo de caer en que en este 2008 se van a cumplir 30 años de aquella fecha, y la verdad es que no sé si alegrarme o echarme a llorar por el hecho de llevar 30 años escribiendo. Durante toda mi vida he escrito diario tras diario: tres cajas llenas de cuadernos que repasan de un modo engorrosamente verídico mi biografía. Hasta que me cansé de mí misma, a los treintaypocos, y dejé de escribir diarios. Luego llegó el blog, y descubrí que se parecía bstante a un diario, pero con algunas ventajas: el hecho de teneros ahí, al otro lado de la pantalla, es la más grande.

Conclusiones:
1) Admiro profundamente a los escritores de diarios buenos y constantes, como Andrés Trapiello o José Luis García Martín. Ellos son lo que yo no sé ser.

2) El blog me permite ejercitar la faceta que tengo más olvidada de mí misma. Es la misma razón por la que en la facultad, en época de exámenes, me imponía unos deberes diarios de dos páginas de escritura. Dos páginas de mi diario, por supuesto.
Daba igual de qué escribiera. Lo importante era escribir. Ahora hago lo mismo en las temporadas de más compromisos, pero aquí.
La vida es (deliciosamente) cíclica.

En la imagen: De Drakealone en Flickr

27 de febrero de 2008

Una casa para siempre (microcuento)

Desde que cumplí siete años, visité a mi abuela Teresa cada domingo por la tarde. Ella vivía en un piso grande, gélido y lleno de sombras que no quedaba lejos de nuestra casa. En invierno, mi abuela se refugiaba en el salón, con la televisión encendida y una estufa de butano. En verano, las ventanas estaban abiertas y cenábamos nada más ponerse el sol sobre la mesa junto al ventanal. Luego mi abuela me contaba historias. Algunas buceaban en el pasado familiar. Otras indagaban en los secretos del barrio. Las había extraídas de la prensa del corazón y basadas en descubrimientos sorprendentes. No era extraño que Teresa hablara de marcianos colonizadores o muertos que regresaban de su tumba para visitar a los vivos, con la misma naturalidad con que hablaba de Soraya y el Sah de Persia o del tendero de la esquina quien, por cierto, podría haber sido mi padre, según me reveló una vez.
Cuando caía la tarde, mi abuela y yo salíamos. Caminando sin prisa y apoyándose sobre su bastón, ella recorría a mi lado las dos calles que nos separaban de la vieja casa familiar, deshabitada desde hacía décadas. Acudíamos allí con la importante misión de supervisar el trabajo de los albañiles, ya que mi abuela había decidido de pronto realizar importantes reformas en la casa. Yo la ayudaba a inspeccionar todos los detalles, desde la colocación de los azulejos que había elegido para los cuartos de baño hasta el tono de las nuevas persianas. La reforma fue integral, e incluyó derribos de tabiques, restauración de mosaicos y la instalación de muebles y electrodomésticos nuevos. En una de las paredes del salón, mi abuela mandó instalar un mural de enormes dimensiones donde se veía una casa oscura a la orilla de un lago, una cumbre salpicada de nieve y un cielo veteado de nubes blancas e inofensivas como algodón. «Me han dicho que es Suiza», explicó mi abuela, «lo he elegido porque es relajante, la típica foto que mirarías durante años y años».

Una vez le pregunté cuándo pensaba instalarse en la casa.
«Cuando me retire», me contestó, sin más explicaciones.
Mi abuela tenía una tienda de objetos de regalo que era toda su vida. Día tras día, a las nueve y media de la mañana, abría las puertas de la tienda. A la una y media se marchaba a casa a comer y regresaba por la tarde, para cumplir con su horario comercial sin un solo retraso. De cuatro a ocho. De lunes a sábado, toda su vida. Sin vacaciones. Si alguien le preguntaba cuándo pensaba tomarse vacaciones respondía: «Yo estoy de vacaciones todo el año». Si alguien le hablaba de retirarse decía: «Cuando termine las obras de la casa».
La última vez que fuimos a la vieja casa familiar, ésta ya presentaba un aspecto impecable. El salón estaba perfectamente amueblado, con su televisor en color sin estrenar, cubierto por un plástico. La nevera, el lavavajillas, el horno, la lavadora… todo estaba aún dentro de los embalajes con que llegaron de la tienda. La cama estaba hecha con sábanas recién compradas. En el cuarto de baño no faltaba nada: ni siquiera el cepillo de dientes, también nuevo. La esponja era natural y estaba dentro de un cilindro de plástico. No le había quitado ni el precio.
Sólo volví a la casa una vez más. Fue el mismo día del entierro de mi abuela. Me hizo sentir muy triste descubrir la pátina de polvo que se había acumulado sobre los embalajes y los muebles nuevos. Me senté un momento sobre el sofá del salón, que también estaba cubierto por un plástico, y contemplé el mural de la pared. Mi abuela tenía razón: inspiraba un enorme sosiego. Pero había algo más, una presencia invisible que me ayudó a sentirme mejor. De pronto, fue como si estuviera junto a ella a la orilla de un lago suizo. O como si ella estuviera por fin en el lugar donde tanto había deseado estar.
Mi madre heredó la casa y todo su contenido. Apenas un mes después, decidió venderla. No fue difícil encontrar un comprador, que quedó maravillado con el aspecto que presentaba todo. La tarde en que mis padres acudieron al notario para formalizar la venta, yo me quedé en casa, estudiando. Nuestro perro, un gran danés joven y valiente, dormitaba a mis pies. De pronto, el perro comenzó a gruñirle a la oscuridad del pasillo. Tenía la mirada fija en un punto muy concreto y enseñaba los dientes como si se enfrentara a un enemigo. Entonces escuché una fuerte respiración junto a mi oído derecho. Ni la televisión ni la radio estaban conectadas. No fue un sonido que pudiera confundirse con otro. Fue algo claro, conciso, insistente: una respiración fuerte, como enfadada, como enloquecida. Se repitió un par de veces más, amenazadora. En ese instante, el perro huyó de mi habitación en dirección a la cocina. Yo también salí, muy asustada, y me refugié en el balcón, el único lugar donde me sentía a salvo, a esperar a que regresaran mis padres.
Nadie se atrevió a buscarle una explicación a lo que había ocurrido. Creo que, en el fondo, todos comprendíamos los motivos que tenía mi abuela para estar muy enfadada. La imaginé contemplando el paisaje suizo rodeada de personas extrañas, y por un momento experimenté su misma rabia.

La imagen de hoy: Hrisey

26 de febrero de 2008


Noche estrellada con ciprés, de Van Gogh, según Adrián Olmedo (seis años)

25 de febrero de 2008

Detesto las descripciones en literatura. Me parecen innecesarias, casi siempre carentes de imaginación, pasadas de moda, homicidas del ritmo del relato y muchas cosas más (todas malas). Procuro evitarlas cuando escribo y pensar en mis cosas mientras me toca leerlas. Me gustaría tener un amigo que se sentara en mi sofá con la desenvoltura del que está en su casa, me mirara a los ojos y me dijera: «Voy a ponerte a prueba: ya sé que has dicho mil veces que detestas las descripciones, por eso ha llegado la hora de que aprendas a utilizarlas y a valorarlas.» Y a continuación me obligara a escribir un relato donde la acción tuviera que avanzar sólo a base de descripciones. Puedo imaginar lo complicado que me resultaría cumplir su mandato, cuánto llegaría a maldecirle por tener que mantener ese cuerpo a cuerpo con la mayor de mis manías como escritora; y también lo gratificante que podría llegar a ser la experiencia, cuántas cosas podría llegar a aprender de mí misma, del oficio de escribir y del de envejecer a base de convertirme en una maniática.
Por supuesto, para algo así haría falta contar con un mandatario exigente, crítico y perverso. Alguien que se tomara las reglas del juego —de todos los juegos, del de la vida, del suyo propio, del mío— muy en serio. Alguien que disfrutara inventando normas aún por estrenar allí donde las de siempre parecen comenzar a desgastarse. Alguien imperturbable, cruel, casi vengativo. Juguetón por encima de todas las cosas. Decididamente, creo que ninguno de mis amigos es así. Es una lástima, porque trabajo bien bajo presión.

La imagen de hoy: de Martalona, en flickr

22 de febrero de 2008

Un divertimento para el fin de semana

Se trata de responder a las preguntas utilizando sólo títulos de novelas que hayáis leído. Os animo a hacerlo también, navegantes:

*¿Eres hombre o mujer? Mujer en guerra

*Descríbete: Una mujer difícil

*¿Cómo te gustaría que te recordaran los demás? La mujer de treinta años

*¿Cómo describirías tu anterior relación sentimental? Mucho ruido y pocas nueces

*Describe tu actual relación: Vida y destino

*¿Dónde quisieras estar ahora? La plaza del Diamante

*¿Cómo eres respecto al amor? Lolita

* ¿Cómo es tu vida? La velocidad de la luz

*¿Qué pedirías hoy si se te concediera un solo deseo? Cien años de soledad

* Un consejo: Nunca le des la mano a un pistolero zurdo

*Ahora despídete: Confieso que he vivido

Con permiso de (por este orden): Maruja Torres, John Irving, Honoré de Balzac, William Shakespeare, Vasili Grossman, Mercè Rodoreda, Vladimir Nabokov, Javier Cercas, Gabriel García Márquez, Benjamín Prado, Pablo Neruda.

La foto: sombra de felicidad compartida.
Buen finde, navegantes.

20 de febrero de 2008

Ejercicio de composición

Ayer me preguntó un chico en un colegio de Salamanca cuál era la pregunta más extraña que me han hecho jamás. Le referí una vez en que un muchacho de una edad similar a la suya me preguntó si soy miope y si no me planteo, por ello, dejar de leer o de escribir (ojo, porque la preguntita encierra un mensaje terrible: leer y escribir perjudica, vade retro). Lo que no sabía era que una de las preguntas más raras que me han hecho jamás, aunque muy divertida de contestar, llegaría poco después, de boca de un muchacho de 15 años:
-¿Cómo te gustaría morir? -quiso saber.
Fui sincera:
-De repente. Entre los míos. Lúcida. No muy vieja.
Murmuraban, de ese modo en que lo hacen los adolescentes cuando algún tema les inquieta. Pensé que estaría bien hablar de la muerte. Les conté que no me importa hablar de mi propia muerte porque nunca me ha preocupado ni impresionado la idea de morirme. Puntualicé: desde que tengo hijos siento que no puedo morir todavía, que tengo unos 20 años de intenso trabajo por delante. Luego, ya qué más dará. Hay mucha gente en el mundo y nadie es insustituible.
Callaban y estaban muy atentos. El tema funcionaba.
Les expliqué que tengo escrito el texto que va a leerse en mi funeral. Me preguntaron por qué lo había hecho, qué decía. No desvelé el contenido, pero sí los motivos:
-Porque no quiero que a mi entierro venga cualquier gilipollas a decir cualquier cosa.
Se rieron. Debo confesar que eso, exactamente, era lo que yo pretendía.
Cuando ya me iba, la profesora me contó que la idea de escribir el texto de su funeral les había gustado: lo habían propuesto como tema para una composición en clase de literatura. Ella aceptó.
De modo que muy pronto habrá en Salamanca, por mi culpa, 60 chicos y chicas de 15 y 16 años escribiendo el texto que debe leerse en su entierro.
Espero que los padres me lo perdonen.
¡Cómo me gustan estos chicos!

La imagen de hoy: un buen sitio para pasar la eternidad en solitario. Grimsey.

19 de febrero de 2008

Paraísos

"El Paraíso es un buen hotel a la hora del desayuno", escribe Antonio Pereira.

Personalmente, de los hoteles no recuerdo casi nada, excepto el salón de desayunos. Algunos no se me olvidarán jamás. El Hotel Camino Real, de Cancún (México), que tenía tres mostradores en forma de "U", uno de ellos dedicado sólo a frutas. El del Meliá Lebreros, en Sevilla, pantagruélica demostración de la variedad gastronómica local (y no sólo eso), con una alacena sólo para variedades de pan. A estos dos les daría yo el Premio Paraíso ex-aequo.

Aunque para que la felicidad se produzca no hace falta tanta exuberancia. Recuerdo un desayuno en una Guesthouse de Akureyri (Islandia) en una terraza junto a un río, con salmón y mantequilla casera, que estuvo realmente bien (y apenas había nada más: salmón, mantequilla, un pan integral buenísimo, café, leche y zumo).

Este es mi paraíso particular: vistas al mar, claridad matutina, hora decente (digamos a partir de las 8.30), un pan rico y del día, un tomate (cosas de ser catalana, qué le vamos a hacer), un chorro de aceite de oliva, una loncha de queso no muy curado, un vaso de zumo y dos tazas de café con leche no muy cargado. Para que la cosa sea perfecta, mejor no haber cenado la noche anterior. Para que sea aún mucho más perfecta, una buena compañía que haya dormido conmigo.



En la imagen: otra idea de la felicidad, más cotidiana. Es de Mady, tomada de su fotolog.

18 de febrero de 2008

De ángeles caídos

El 19 por 100 de los franceses creía en el Diablo según una encuesta realizada en el año 1990, según afirma Georges Minois en el libro Breve Historia del Diablo (Espasa-Calpe, 2002). Según la misma fuente, entre los católicos practicantrs la cifra se elevaba al 49 por ciento. Y bajaba hasta el 5 por ciento entre los ateos.

Acaba el libro:
"Todo el mundo lo sabe: el siglo XXI será el siglo de lo virtual, de la no-existencia, del no-ser. Precisamente eso, el no-ser, según se repite desde San Agustín, es otro nombre del diablo".

Pensad, navegantes: ¿Dónde se escondería el Diablo si pretendiera hacerse con nuestras almas hoy en día?
Bienvenidos al Infierno.

15 de febrero de 2008

Ruben Castillo ya es moderno

Estrena Blog. Y, glups, conmigo.
Estará en "Sitios por los que rondo", pero hoy le damos la bienvenida como se merece.

http://www.rubencastillo.blogspot.com/

14 de febrero de 2008

El amor en los tiempos de Bardem

He decidido celebrar este día de los enamorados en que dormiré sola en un hotel de Sevilla yendo a ver El amor en los tiempos del cólera. He descubierto lo que ya sospechaba: que si a la historia de la novela le quitas la prosa exagerada y maravillosa de García Márquez, la cosa se convierte en una acaramelada historia de amor que da ganas de vomitar. Si no fuera (ah!) por las escenas en las que Javier-qué rico-Bardem aparece meneando las caderas en plena euforia amatoria o como su mamá le trajo al mundo, luciendo tremendo palmito. Bueno, su interpretación es lo mejor de la película, aunque me quedo mil veces con el Florentino Ariza viejo, sonriente, apocado y creíble en su maquillaje de anciano antes que con el llorón Ariza joven, que no le sienta nada bien a Bardem (y eso que está más sexy). Me pregunto si la elección de Giovanna Mezzogiorno en el papel de Fermina Daza no habrá sido un modo de alentar a las masas femeninas haciéndonos creer que semejante quesito de hombre se liaría con una normalita como ella. ¿No se supone que su personaje es un bellezón tropical por el que todo el mundo suspira? Los diálogos son pobres, algunos personajes resultan odiosos de puro estereotipados (como el del padre de ella) y tengo la impresión de que la peli carga las tintas en todo excepto donde debe cargarlas, que es en el encuentro carnal -por fin- de ellos dos después de que se esperen más de 50 años.
Pero no sé que hago ejerciendo la crítica cinematográfica precisamente esta noche en que aún no me he repuesto del sobresalto de las caderas y el cuerpazo que acabo de referir... Ay, si aún se me escapa algún que otro suspiro al recordarlo.

Seamos prácticos. ¿Tiene todo lo dicho algún sentido práctico? Sin duda. Nada más salir del cine he llamado a mi hombre y le he confesado entre suspiros las ganas que tengo de volver a casa, lo cual le ha provocado una gran alegría, visto mi entusiasmo.
Si es que estas cosas, ya lo digo yo, siempre revierten en beneficio de la pareja. Propongo que declaremos el palmito encuerado de Javier Bardem bien de utilidad pública. ¿O mejor patrimonio histórico-artístico? ¿Bien de la humanidad? ¿Pedimos a la Unesco que lo proteja?
La imagen de hoy: mi único entretenimiento para esta noche, qué lástima, qué desaprovechadita estoy.

13 de febrero de 2008

Una pausa para la publicidad


12 de febrero de 2008

Criaturas que aparecen en primavera

Esta mañana he estado en uno de esos institutos que me tocan de vez en cuando en los que sientes ganas de no salir más de casa. Aclaro que cuando un encuentro entre alumnos y escritores va mal suele ser culpa del profesorado, nunca de los alumnos (y menos de los escritores, porque os aseguro que hacen falta ganas para ir por ahí predicando la buena nueva de la literatura entre los alumnos de secundaria).

A los chavales que me escuchaban les he contado mi primer encontronazo con la literatura erótica. La cosa estaba encuadrada en la parte de la charla titulada: "Libros que me apetecía leer de adolescente y libros de los que huía nada más olerlos". Entre los que más me tentaban de todos los libros que aún no debía leer (yo les llamo genéricamente, los libros "aún no") estaban los de la colección La sonrisa vertrical. Los compraba con mi paga y los leía a escondidas, muchas veces bajo las sábanas. Era tan ingenua que ni siquiera sabía lo que significaba el eslógan de la contracubierta: "una colección para leer con una sola mano". Me pasé bastantes ratos preguntándome por qué se dirigía a los mancos aquella colección tan simpática.
Debo aclarar que, a diferencia de lo que les ocurre a los chavales de hoy, yo no había gozado de una educación sexual nada completa.
Con semejante preparación, la lectura de los libros de las tapas rosadas eran para mí una especie de universidad en la materia, donde aprendí cositas muy útiles que con el tiempo terminaron por serme de gran provecho. Una vez cayó en mis manos un libro de relatos cuyo título y autora he olvidado por completo (qué cruel es la posteridad) en cuyo primer cuento se explicaba la siguiente historia: una mujer se dispone a fregar el suelo de su casa, para lo cual abre de par en par la ventana del salón. Cuando está a cuatro patas sobre las losetas, con la bayeta en la mano (muy a la antigua usanza), ve entrar revoloteando por la ventabna un pene alado. Semejante anuncio de la primavera le causa tan gran emoción que se lanza a la caza de la criatura, con quien muy pronto entrará en lúdica interacción.
¿Podéis imaginar los efectos que tan imaginativa aventura tuvo sobre la desinformada chiquilla que yo era entonces? Pasé una buena temporada pensando que los penes poseían la capacidad de levantar el vuelo en cualquier momento, y mirando hacia la ventana por si la primavera traía a alguno de ellos a anidar en el alféizar. Menos mal que salí de dudas antes de ver el primer pene de mi vida, o hubiera hecho un ridículo espantoso animándole a hacer aquello que yo sabía que podía hacer.


En fin. De una versión resumida y desapasionada de esta historia, y muchas otras cosas sobre pasión lectora, hemos hablado esta mañana con los alumnos que os decía. Sus risas y su atención han hecho, como siempre, que todo terminara valiendo la pena. Y la visión del Atlántico, con Rota y Chipiona al fondo, que tengo desde la habitación del hotel, compensan el resto.
Seguro que mañana será más fácil que las cosas salgan bien.

En la imagen, tomada hace 15 días, otra aparición primaveral: las flores de los almendros de Can Bruguera, en Mataró, que siempre son las primeras en salir.

11 de febrero de 2008

Tres días antes de San Valentín

Leo en un libro sobre adopciones:

«Las relaciones que se basan en el odio son más fáciles de mantener que las que se basan en el amor, porque no hace falta hacer nada para que salgan bien».



La imagen de hoy: el amor. El mío propio.

8 de febrero de 2008

Casa tomada

La otra tarde me pasó algo raro. Vi caer el sol tras los mismos cristales desde los que, de niña, vi ese espectáculo muchas veces. Estábamos en un salón vacío. «Mira», le dije a D., «en ese rincón comencé, un verano de hastío terrible, mi primera novela». Entonces había rosales en la ventana. Mi madre los arrancó porque el pulgón los devoraba. Comprendí enseguida que el tiempo no ha hecho con mis recuerdos lo mismo que el pulgón con las flores. En cada habitación aparecía un recuerdo concreto, uno solo, como si la memoria convocara a sus mejores espectros para la ocasión. Al entrar la primera habitación junto al salón, el vendedor explicó: «Ésta es una suite muy grande». Y yo vi a mi hermano C. estudiando una de las últimas asignaturas que le faltaba para terminar Medicina. «Aquí hay un pequeño aseo». Y yo reconocí el espejo donde aquella vez lloré por una injusticia doméstica y nimia. «La cocina es enorme», dijo el chico. Miré el fregadero y recordé que cuando mis padres compraron la casa yo debía encaramarme a él para alcanzar los vasos del estante superior. «Esta es la habitación del servicio», dijo él. «Y la de mis últimos juegos infantiles», pensé yo. En el estudio de mi padre había algo de él. Su correspondencia con aquel amigo vasco, su desorden de pintor aficionado. Pero la estancia estaba vacía. Bajo la pila del lavabo seguía mi asombro de aquella vez que descubrí el tesoro que escondía allí mi hermano P. Eran revistas porno, y mi ingenuidad era tan grande que lloré, allí mismo, al descubrir la frondosa maraña en que iba a convertirse mi precioso pubis de entonces.
Lloré al descubrir que iba a transformarme, fue sólo eso. Pero nadie lo entendió.
«Esta es la habitación más grande de la casa», continuaba el vendedor. Y allí estaban las plantas de mi madre, y aquella banqueta donde me sentaba por las mañanas a que me desenredara el pelo. Mi hermano P., a quien no veo desde hace más de 3 años, estaba donde siempre, estudiando junto a la ventana, despistado como solía, siempre soñando horizontes demasiado lejanos. Hasta que llegué a mi cuarto. Paredes blancas y el eco de los pasos. Sólo el armario estaba igual, y abrir sus dos puertas para curiosear en su interior, de color azul, fue como abrir de par en par el pasado. Me di cuenta de que en esa habitación sitúo sin querer a todos los protagonistas juveniles de mis novelas. Por eso la sentía tan rara: era de ellos y no mía. En estos 25 años, mi imaginación la ha colonizado.
Lo más difícil ha sido explicarles a los de la agencia inmobiliaria que no puedo comprar esa casa, por la sencilla razón de que no podría vivir en una casa tomada.

En la imagen, otro escenario de la memoria.

7 de febrero de 2008

Intimidades en la ducha

Uno de los mayores placeres de mi día a día es el momento de la ducha. Aunque para que sea perfecto deben darse algunas circunstancias: que no haya nadie más en el baño. Que suene música. Que no tenga prisa. Que toque lavarse el pelo (lo cual ocurre a días alternos). Que tenga a mano todos mis potingues y utensilios y no precise salir de la bañera para coger alguno que se olvidó (es horrible corretear en cueros y encima chorreando). Necesito bastantes cosas para ser feliz en la ducha, lo admito: mi gel (si es ducha larga, toca el exfoliante), mi manopla de crin, mi champú especial, mi suavizante a juego con el champú, el cepillo para aclararme el pelo después del suavizante y, en el colmo de la felicidad, el cepillo de dientes y la pasta. Lo reconozco: soy rarita, me gusta lavarme los dientes en la ducha. Tambièn me depilo ebn la ducha, pero las porquerías las dejamos para otro día.
Las costumbres en la ducha definen la forma de ser de las personas. Yo entro antes de abrir el grifo, jamás antes. Aunque me congele durante veinte segundos, mientras el agua se calienta. Me gusta el agua muy caliente. Pero MUY caliente. Yo no me ducho: yo me hiervo. Me ducho dando la espalda a la pared, nunca al revés. Me gusta permanecer un rato bajo el chorro de agua abundante (y me ponen nerviosa esas duchas de algunos hoteles, donde el agua sale sin presión, como con tristeza. Un elevado porcentaje de mi felicidad duchil depende de la presión del agua), mientras el agua me corre por la cara. Nunca canto. Pero escucho, y si ese momento coincide con una canción que me gusta, me siento aún mejor.
Luego me enjabono. Detesto las esponjas de esponja. Tengo una de esas replegadas, de malla plástica, de color rosa (nunca había reparado en lo difícil que es describir una de esas esponjas). Uso jabón dermatológico con lactosa. Me gusta cómo huele o me gusta precisamente porque no huele. El momento de enjabonarse es delicado, crucial. Hay que meditar bien cuál es el orden correcto, qué miembro hay que enjabonarse primero. Es, de hecho, una de las grandes decisiones del día. Los expertos dicen que lo primero debe ser el cuello, luego los brazos, el cuerpo, las piernas y, al final, el sexo.
Yo lo hago al revés, comenzando por lo que para los sabios debería llegar al final. No tengo ni idea de por qué lo hago, tal vez es una cuestión de prioridades, o un trauma sexual que arrastro desde la infancia (prometo analizarlo, con la ayuda de un profesional si hace falta). Dejo para el final los sobacos. Soy una maniática: varios enjabonados, con sus correspondientes aclarados.
No soy de las que están horas en la ducha. Veinte minutos me parecen un tiempo suficiente. Luego, albornoz mejor que toalla. Y crema. Y desodorante. Y colonia. Y ropa limpia (qué gusto). Y al sofá con un buen libro. He aquí mi idea de la felicidad completa.

De las duchas para dos, que también practico, hablaremos otro día, porque siguen otra lógica.

Este tema de hoy obedece, navegantes del silencio, a vuestro interés por los asuntos domésticos, que quedó demostrado en la entrada del Mercadona. Mojaos (nunca mejor dicho): ¿Cómo os ducháis? ¿Qué parte del cuerpo enjabonáis primero? ¿Alguna preferencia estrafalaria? ¿Sugerís algún otro tema doméstico y marujil?
Y ahora, con vuestro permiso, os dejo. Voy a darme una ducha.

Título de la imagen de hoy: Todo tiene su final, aunque por desgracia no siempre está tan claro.

6 de febrero de 2008

Biblioteca Breve: la crónica anual

Esto del Premio Biblioteca Breve es como si Seix Barral, una vez al año, tuviera la amabilidad de reunirnos a los amigos para que nos veamos y nos pongamos al día. Este año la convocatoria era en el MACBA —un lugar muy apropiado para mirar y poco para escuchar, como quedó claro después del parlamento de Elena Ramírez, editora de Seix Barral, que nadie logró oír— y se celebraban los 50 años del premio. 50 años con trampa, todo hay que decirlo, como se desprende del hecho de que en 50 años haya sólo 22 premiados. El Biblioteca Breve se otorgó por vez pimera en 1958 a la novela Las afueras, de Luis Goytisolo. Siguió otrogándose hasta 1972 —cuando lo ganó J. Leyva— y "resucitó" en 1999, con Jorge Volpi y su En busca de Klingsor . Desde entonces lo han ganado (por este orden): Gonzalo Garcés, Juana Salabert, Mario Mendoza, Juan Bonilla, Mauricio Electorat, Elvira Lindo, Luisa Castro, Juan Manuel de Prada y Gioconda Belli, la escritora nicaragüense que ayer se alzó con el galardón en esta convocatoria del medio siglo con su novela El infinito en la palma de la mano (para los impacientes, copio resumen argumental facilitado por los organizadores: «sorprendente novela que nos presenta al primer hombre y la primera mujer descubriéndose y descubriendo su entorno, experimentando el desconcierto ante el castigo, el poder de dar vida, la crueldad de matar para sobrevivir y el drama de amor y celos de los hijos por sus hermanas gemelas». Juraría que hay algún error sintáctico en ese resumen, pero yo sólo copio. Agrego que nunca nada de lo que he leído de Belli me ha gustado, ni siquiera Waslala, pero habrá que darle crédito porque no se debe prejuzgar sin conocer (extendido error) y porque la gente aprende. Incluso los escritores. Y cierro el paréntesis, que me estoy desmadrando).

Durante la comida, por cierto, hubo quien se quejó del carácter demasiado latinoamericano del premio. «Habría que apoyar a los autores de aquí», decía, como si los «de allá» no merecieran apoyo. Para los curiosos: estadísticamente, el Biblioteca Breve de la resucitación apoya a partes iguales «a los de aquí» y a «los de allá»: 5 latinoamericanos y 5 españoles. Y es casi igual de paritario en lo que a sexos se refiere: de los 10 ganadores de los últimos tiempos, 4 son mujers y 6 hombres. Lo cual significaría, si hacemos caso a las pronósticos, que el año que viene tocaría mujer, aunque no sabemos si española o latinoamericana porque ambas podrían ser. ¿Lo ideal sería una canaria?

Por lo demás, entre las blancas y luminosas estancias del MACBA se dieron cita ayer los mismos de siempre, más o menos, con alguna que otra incorporación. Allí estaba Hipólito G. Navarro, con su secreto a cuestas, recién llegado de Pekín y a punto de estrenar antología en Páginas de Espuma. También Guillermo Bustil, encorbatado como impone su cargo (ya se sabe: los hombres importantes llevan corbata). Y Juan Manuel de Prada, a quien le han salido canas en la perilla juraría que desde la última vez que le vi (y no hace tanto, fue en julio, claro que entonces estaba oscuro y yo iba un poco alegre). Marta Rivera de la Cruz parecía tener frío, pero igual era el susto que le habían dado al coger el avión. Juan Marsé parecía haber pactado con el diablo. Mercedes Abad presumía de sobrina lista (Mercedes: te fuiste sin darme su teléfono para mi hijo). Joan Barril hablaba de su tercer viaje a Namibia y Eva Piquer tomaba notas y le pedía al fotógrafo que la acompañaba que nos retratara «en vertical». Félix Romeo parecía tener prisa (¿o es diligencia, conociéndole?). Eduardo Mendoza iba en compañía de su amiga Rosa Novell y José Manuel Caballero Bonald también iba en pareja, de lo cual se desprende que hay que tener más de 65 para asistir a estas cosas con el legítimo o la legítima. El momento estelar lo protagonizó Juan Gabriel Vasquez cuando le dijo a Álvaro Colomer que el cierre del Opencor de su calle ha sido el mayor drama de su vida, junto con la muerte de Malcom Lowry. Se entiende (porque Juan Gabriel lo explicó): es papá de gemelos, y en ese simpático lugar se abastecía de papillas y pañales. Estaba yo pensando que los niños estropean mucho las conversaciones cuando llegó Rosa Montero y se lanzó al cuello del papá confeso al grito de: «¡El escritor más guapo de la literatura colombiana» (particular en el que, sin quitarle toda la razón a Montero, discrepo levemente).
Y en fin. Que se comió, se bebió y se departió. A las cinco todo el mundo levantó el campo: las agentes, a sus reuniones. Los editores, a sus presentaciones («hay que hacer girar la rueda para que no se detenga», dijo Esther Pujol, de Columna), la delegación andaluza, al aeropuerto, junto con la madrileña. Y la premiada, a hacer la digestión del día de hoy, que será de los grandes de su vida.

De camino a casa, leí algunas de las impresiones sobre el premio que se recogen en el librito Premio Biblioteca Breve (1958-2008). Un buen comienzo, que nos han regalado a todos los asistentes. Luisa Castro no puede ser más lacónica: «Me vestí como para una fiesta. Ese día creí en la Literatura». Elvira Lindo lamenta haber pronunciado un discurso demasiado emotivo en un texto cargado de emotividad: «Creo que es de las veces en mi vida que he estado más descolocada. El diseño de los mandos del hotel se me hizo casi imposible de controlar y cuando quería dar la luz del baño se me encendía la televisión. Pero ese desarraigo se vio siempre compensado por el cariño de mis editores. No sé si me sentía como una niña o como una vieja, lo cierto es que padecí algo de desequilibrio emocional esos días». Pero para emotividad a de Juan Manuel de Prada en su sorprendente texto, al hilo de la escritura de El séptimo velo: «Yo vivía una pesadilla que me había convertido en la sombra de un hombre; pero cuando me encerraba en mi cuarto a escribir esa sombra muda se ponía a cantar, en contra incluso de mi voluntad, como si por efecto del dolor se produjera en mí una transferencia o desdoblamiento. (...) De modo que el Premio Biblioteca Breve me confirmó que somos hombres sucesivos, que de los restos del hombre antiguo nace uno nuevo; y que el arte, que se alimenta de nuestro dolor, es capaz de emanciparse de él».

La imagen de hoy es la cubierta del mencionado regalito.
Prometo ser más breve mañana, navegantes.

5 de febrero de 2008

Distorsión

Hay noches frías como esta en que me apetece calzarme los zapatos de niña mala y salir a aullarle a la luna (o a escuchar como aúllan los demás).

Sin embargo, las circunstancias mandan: en lugar de una cita licántropa, esta noche tengo velada literaria (y tumultuosa). Dejaré el hambre feroz para mejor ocasión. Esta noche toca ir de modosita que cita a Borges y lee Nocilla Dream.

Es terrible que todos crean que soy como parezco.

4 de febrero de 2008

Tradición y espectáculo

El domingo pasado llevé a mis dos hijos mayores a la representación de Els Pastorets, en la Sala Cabañes de Mataró. También llevé a mi amor verdadero, el madrileño con quien comparto vida, niños y otros quehaceres, que no acababa de entender a qué venía tanto alboroto por una representación navideña con un mes de retraso que él esperaba cutre y folclórica. Seguramente le asustaron mis explicaciones: El Pastorets es una de las pocas reminiscencias que queda en nuestro país de teatro medieval, junto con algunos Autos de Reyes Magos y el famoso Misterio de Elche. El texto de la versión que se representa en Mataró desde 1916 es L'Estel de Natzaret, de Ramón Pàmies, y está escrito en un catalán florido y hermoso que se hace arduo incluso para los catalanoparlantes de toda la vida (y espanta a todos los demás). El libreto es original, de un músico de la ciudad llamado Enric Torra, del cual son especialmente valiosas las piezas que conforman el prólogo de la obra, y en el que diversos números de baile representan las tradiciones paganas. La representación dura 3 horas y media (y eso ahora, después de un recorte reciente), y cuenta el triunfo de la luz sobre las tinieblas que representó para los primeros cristianos la llegada del Mesías. La luz es aquí Miguel, el mensajero divino, representado en la obra por una moza muy pizpireta que se pasa el rato agobiando a Satanás. Y Satanás, que da mucho miedo a los niños, acaba muriendo irremediablemente en la apoteosis final. La cosa es entrañable pero con calidad, y ofrece mucho y variado espectáculo: ángeles que aparecen y desaparecen, demonios que les andan a la zaga, orquesta y canciones en directo (muchas de ellas interpretadas por un numeroso coro), animales en escena, bailes, efectos especiales, una pareja de cómicos que hace que los niños se desternillen (y los mayores también). Mis hijos se lo pasaron bomba, del mismo modo que yo lo hacía de pequeña y mi madre lo había hecho en su momento. Els Pastorets son una tradición, además de un bien declarado patrimonio histórico artístico de la ciudad, por su singularidad y por su enorme valía artística. Mi amor verdadero aguantó también toda la representación, gratamente sorprendido, y al final sólo hubo que entretenerse en consolar a Elia, que lloraba a mares porque se había muerto el demonio. Ay, eso le pasa por ser hija de una apóstata, pobrecita.

La imagen es de las representaciones de este año, que terminaron ayer: un momento de "El ball de les pedretes", tomada de "El bloc de notes d'en Toni", de Toni Blanch, que este año ha sido el director del asunto.

1 de febrero de 2008

Roque Dalton en Cambrils (Tarragona)

Ayer jueves me regalaron un huracán. En sentido literal, nunca me había pasado (y en el figurado, algunas veces). Era un huracán a escala, guardado en un botecito, hecho con agua, jabón y purpurina, resultado del trabajo en clase de tecnología de los alumnos del IES Mar de la Frau, en Cambrils (tarragona), con motivo de la lectura de mi novela La ruta del huracán.
En esa novela se habla de mi pasión salvadoreña, una de mis más concretas pasiones latinoamericanas, y de algunas de sus derivaciones. Tal vez la más importante sea la obra del poeta Roque Dalton, de la que los alumnos de Cambrils no habían oído hablar jamás (como ocurre a la mayoría de los lectores, incluso los más duchos). Después de la lectura, Isabel -su profesora- les llevó a las palabras de Dalton, que hicieron suyas como muestran los videos que, en exclusiva, os sirvo. Qué maravilla que la literatura pueda lograr tal acercamiento.

http://www.youtube.com/watch?v=u_zwL4OLbW8

http://www.youtube.com/watch?v=Gk1bY_0v3m4&feature=related

http://www.youtube.com/watch?v=vG6A4923PgY

31 de enero de 2008

Ya están aquíiiiiiiiii (otra vez)


El tercer Arcanus ya ha llegado, y esta es su historia escondida: Me gusta el frío. No sé por qué, es una especie de evolución natural, igual que cada vez me gustan más las verduras o dar largos paseos. Por eso me hubiera gustado llegar al lugar habitado más meridional del mundo: Siorapaluk. Lo intenté, doy fe, pero Groenlandia se me resistió: no había forma de llegar, o no había tiempo de hacerlo desde Islandia (y si pretendía regresar a casa, claro). De modo que Groendlandia tendrá que esperar. Mientras tanto, decidí situar allí las primeras escenas de esta novelita, en la que un niño groenlandés de 8 años descubre que posee el don de la visión nocturna la misma noche que muere su hermano mayor. Y como no le queda nadie allí, acto seguido decide marcharse de sus tierras gélidas.

Y esto es lo que aún no ha visto ninguno de los seguidores de la colección, ni verán hasta mayo o junio. ¿Pensábais que era una serie misógina? Pues aquí viene la mega-guapísima primera chica, a revolucionarles a todos. ¿Y qué puede hacer una única chica entre tres mozos convencidos de ser los reyes del Mambo? Elemental, querido Watson: volverles locos.
Navegantes: os presento a Heuria. Si es tan guapa es gracias a Germán Tejerina y Julián Muñoz, los ilustradores de lujo con quienes estoy trabajando. ¿Os gusta?

29 de enero de 2008

Un cuento republicano y en verso 30 años después

Hoy me he pasado el día escribiendo sobre cómo apasionar a los adolescentes a la lectura. Me pidieron un texto donde hablara de mis orígenes como lectora y como escritora, y me lo he pasado en grande recordando algunos de los momentos más felices de mi infancia: las caravanas interminables de la Nacional-II cuando, de regreso de la playa, mi madre me explicaba cuentos. Tenía un repertorio de tres o cuatro, todos en verso y todos multimedia (con canciones y con estrofas que yo podía cantar), pero mi favorito era El rei del nas vermell, un cuento muy republicano (aunque entonces no me daba cuenta) donde un rey alcohólico promete casar a su heredera con el mozo que le traiga el mejor vino. Comparecen postulantes ofreciendo los mejores vinos de la tierra, del Penedés hasta Alella, y el monarca va dando cuenta de todos ellos, hasta que la palma en pleno coma etílico. Entonces la princesa puede casarse alegremente con el plebeyo que ama, no sin que antes él le deje claro que sólo tiene canciones y versos que ofrecerle. Hay que suponer que heredan el reino y que lo convierten en una monarquía parlamentaria, digo yo.
El caso es que desde pequeña no había oído el cuento entero. Hoy he buscado en Internet y... voilà! Helo aquí, de principio a fin. Es tan bueno que no puedo resistirme a servirlo sin recortes, aunque sea un poco largo. Está en catalán, por supuesto, mi lengua materna (el castellano es la paterna, jeje): imaginar a mi madre contándome cuentos en castellano se me hace tan raro como si lo hiciera en chino mandarín. Confío en que no sea difícil de leer. Merece la pena.

Narrador
Una vegada era un rei,
que tenia el nas vermell,
que bevent de bóta en bóta
no en deixava ni una gota.

Rei
No m’agrada aquest vi gens
ni aquest altre encara menys.

Narrador
No trobant cap vi prou bo,
en feu fer un gran pregó.

Pregoner
Jo, vostre noble rei Ruc I,
a tot el poble faig saber,
que ma filla i princesa reial
esdevindrà la muller molt lleial
d’aquell dels meus vassalls i fadrí
que a palau em porti el millor vi,
Ho mano així i en dono fe,
jo, Ruc I!

Narrador
Rosor, la filla d’aquell rei
que tenia el nas vermell,
es moria de tristor
estimant un trobador.
Un dia, el seu pare li va dir:

Rei
Et casaràs amb aquell fadrí
que em dugui el millor vi.

Rosor
Ai pare!, benvolgut pare!
Jo no vull casar-me encara!

Narrador
Valgue’m Déu quin esvalot
va moure el rei tabalot
quan de la terra el confins
li arribaren els bons vins.
De Móra i Picamoixons
en sortiren molts minyons.
Del camp de Tarragona,
de prop de Barcelona,
de Lleida i de Girona,
el mateix que del Vallès,
com també del Penedès.
De tot arreu els fadrins
arribaren amb llurs vins.

Noi 1
Senyor, jo us duc de bon grat
el bon vi del Priorat.

Rei
Aquest vi… molt m’ha agradat!

Noi 2
Com el vi del Penedès
no en podreu trobar cap més!

Rei
Això ja ho veurem després!

Noi 3
El bon vi es fa a Martorell,
i jo, m’hi jugo la pell!

Rei
El trobo massa novell!

Noi 4
El vi de Reus és molt bo,
si us el beveu amb porró!

Rei
Si, Déu n’hi do, Déu n’hi do…

Noi 5
Beveu vi de Perelada,
que té molta anomenada!

Rei
Es veritat, també m’agrada!

Noi 6
Millor és el del Vendrell,
que fa caure de clatell !

Rei
D’aquest ja en tinc al castell!

Noi 7
És a Valls que hi ha bon vi,
i els xiquets ho poden dir .

Rei
Ai!, que em començo a adormir…

Noi 8
Jo m’ho jugo a cara i creu
que el d’Igualada voldreu !

Rei
Ai! Que encara en queden deu?

Noi 9
Un bon got de vi d’Alella
i és segur que em caso amb ella !

Rei
Ai, que el cap se m’estavella !

Noi 10
Bon vi voleu ? Malviatge!
Beveu, llavors, garnatxa !

Rei
Aquest sí que m’emborratxa !

Noi 11
El que raja del cubell …

Rei
Això sí que és moscatell !
Ai ! que ja tinc el nas vermell !

Noi 12
Si us agrada la mistela,
és per mi la damisela.

Rei
Ja estic tou com una candela…

Noi 13
Vostra filla m'enduria
amb un got de Malvasia.

Rei
Ja ho tastaré un altre dia.
No m’oferiu cap més copa…
perquè estic… com una sopa.

Noi 14
Gran senyor, deixeu-los dir,
feu-me cas sols a mi.
Vi blanc de Sant Sadurní
és de tots el millor vi.

Narrador
I aquell rei tan sabatot,
del nas roig com un pebrot,
no va poder decidir
perquè, el pobre, es va adormir.
Tant i tant begué vi,
que, al capdavall, va fer un senglot …

Rei
Hip!!

Narrador
…un badall…

Rei
Aaaaaah !!

Narrador
…i es va morir.
I des d'ençà, amb tristesa
es planyia dia i nit
aquella pobra princesa
sense pare ni marit.

Princesa
Ai pare! Benvolgut pare !
I amb qui em casaré jo ara?

Narrador
Però, ve-t'ho aquí,
que un bon matí,
va passar un trobador
i, sota el balcó,
li va cantar aquesta cançó:

Trovador

Ma bella i dolça princesa
que et consum el desconsol.
Plores sempre de tristesa,
perquè creus que ningú et vol.
Escolta aquesta cançó,
que et dedica un trobador,
que t’estima de debò.
Jo et daria llet d’ovella
i formatge del més fi,
i la mel de mes abelles,
si et volguessis casar amb mi.
Et faria un llit de roses
i tindries un coixí,
de poncelles oloroses
si et volguessis casar amb mi.
No tinc castells ni masies,
sóc un pobre trovador,
que et faria poesies
impregnades d’emoció.
Tot això et puc oferir
si et volguessis casar amb mi.

Princesa

Trobador de les cantades
que em dediques ta cançó,
et diré moltes vegades
que també t’estimo jo!

Narrador
I la pricesa enamorada
es casà amb el trobador.
Repicaren les campanes
i es va fer una processó
i tothom ballà sardanes
com per la Festa Major.
I es cantarem caramelles,
i sortiren els gegants,
i s’encengueren fogueres
com a la Nit de Sant Joan.
Quina festa, valgue'm Déu!
No us diré cap disbarat.
Si em creieu o no em creieu,
hi portaren d’un plegat
tres mil xais del Pirineu,
els millors capons del Prat,
"borregos" de Cardedeu
i els bons fruits del Llobregat.
I la princesa reial volgué,
en aquella ocasió,
que en sa gran festa nupcial
s’hi begués vi del millor.
El que m’heu sentit contar
és el que li va passar
a la filla d’aquell rei
que tenia el nas vermell,
que bevent de bóta en bóta,
no en deixava ni una gota.
I ja sap el que m’escolta
que aquest conte s’ha acabat.
Veja’m si us haurà agradat!

La imagen es del álbum familiar: mi faceta más hortera, contemporánea de lo que acabo de contar.

28 de enero de 2008

Día largo, post deslavazado y amor verdadero

Hoy llego un poco tarde porque he estado de "bolos" en institutos de Cerdanyola del Vallès, provincia de Barcelona. Me encantan estas salidas porque aprovecho los viajes para leer y escuchar música. Hoy, la lectura era Y punto, de Mercedes Castro, una voluminosa primera novela que acaba de publicar Alfaguara (más de 600 páginas) en cuya solapa se afirma que la autora ha trabajado en ella durante 9 años. Reconozco que cuando leo algo así en una solapa me echo a temblar (algún día hablaré de las solapas, qué gran literatura se practica en ellas). Es como si el autor, al decirnos que lo que tienes en las manos es ni más ni menos que el fruto de 9 años de su vida te estuviera diciendo al oído: por fuerza tiene que ser bueno si he invertido tanto tiempo en cocinarlo. Hay una cierta mítica de la lentitud, en esta sociedad nuestra de las prisas. Como si todo lo lento fuera bueno y, por el contrario, todo lo rápido fuera terrible: ¡Y conozco tantas novelas horrorosas escritas en 5, 6 o hasta 10 años! Pero la verdad es que, pasadas las primeras tres páginas de la novela en cuestión -que no me han gustado nada- la autora ha conseguido que olvidara que estaba leyendo por trabajo. Y me callo, porque a este paso voy a adelantar aquí la crítica que publicaré en El Cultural (El Mundo) la semana que viene.

Al llegar a casa me lanzo con pasión de ave rapaz sobre el correo electrónico. Junto a los mensajes de trabajo, y unos pocos de algunos amigos, encuentro otros como éste: "¡Encuentra ahora el amor verdadero! 20 millones de solteros calientes te están esperando". Acompaña tan desconcertante reclamo la foto de una señorita sonriente en paños menores. Sin duda, se trata de un error. No por la señorita, que es guapa y parece sana y feliz, sino más bien por el texto. ¿Solteros calientes? ¿20 millones? ¿Hay tantos solteros calientes por ahí, buscando a su amor verdadero? ¿No será que buscan otras cosas? ¿Quién presupone que yo nececesito un soltero caliente? ¿O un amor verdadero? ¿O ambas cosas? ¿Se encuentran amores verdaderos entre los solteros calientes? (Esta sería la gran cuestión de todo esto). En fin...
Hablando de amores verdaderos... tanto leer El cerebro femenino me está afectando. Este fin de semana tuve un momento insoportable (que le tocó sufrir a mi amor verdadero, que es soltero y lo otro me lo callo para que no lluevan las ofertas) y cinco minutos más tarde estaba llegando a conclusiones impensables en mí hace sólo cinco días: «Claro, como estoy premenstrual, tengo los niveles hormonales desequilibrados y estoy mucho, muchísimo más irascible».
Conclusión de este día raro y de este post deslavazado: gracias por quererme, mi amor verdadero.

La imagen: cerezas formando un corazón, una de esas ocurrencias maravillosas de Mady (hay muchas más en su fotolog).

25 de enero de 2008

Cumpleaños muy feliz

Y llego al final de esta semana tan maternal en un día muy señalado. Hoy, queridos navegantes, cumplo seis años como mamá. Sí, sí, hoy es el cumpleaños de mi hijo mayor, Adrián, ese diablillo hipersensible, inteligente, cariñoso, parlanchín, despistado hasta decir basta y de grandes ojos vivarachos que nació un frío día como hoy a la hora de comer (eso a él le extraña mucho, porque sabe que las horas de las comidas son sagradas). La primera imagen que tengo de él es de esas cosas que estaré recordando en los últimos segundos de mi vida. Estaba cianótico, arrugado, era enorrrrrrrrme, no tenía pelo... pero me pareció increíble haberlo "hecho" yo. Y aún me lo parece: miro a Adrián, y a mis otros dos hijos, y me repito, bajito, como en este blog: «Salieron de aquí dentro». Qué cosas más raras ocurren, navegantes.
No creo en las visiones idílicas de la maternidad. A veces es duro. A veces, incluso es MUY duro. Compaginar una labor creativa con este inhibidor de la imaginación que es la crianza de tres peques, a veces es terrible. En ocasiones te alejarías del mundo para escribir la mejor idea que se te ha ocurrido jamás pero resulta que ese día no hay canguro y el mundo tiene otros planes para ti: colegio, merienda, parque, acompañarles a música, a ballet... Pero luego están sus cosas, sus conversaciones, sus abrazos. Y nunca tan poco me ha hecho olvidar tanto. O no, me corrijo: Nunca tanto me ha hecho olvidar tan poco.
Antes cerraba los ojos, después de un día de mucho trabajo, y me gustaba imaginar cómo quedaría la portada del libro que estaba escribiendo. Ahora, cierro los ojos y pienso cómo será pasear con mis hijos por la calle dentro de 10 años, 15, 20. Cómo será verles convertidos en adultos. Cómo será temer a la muerte por tener que privarse de continuar viéndoles. Después de todo, como dice mi amiga María Dolores, ellos son mis mejores obras.
Y ahora os dejo, tengo una fiesta de cumpleaños que organizar y el diablillo hoyestá muuuuuuuy nervioso. Es un gran día para todos. Buen fin de semana, navegantes. No faltéis el lunes. Pasaré lista.



Hoy la imagen es una aportación del homenajeado. Así ve Adrián a su familia. ¡Me encanta el toque contorsionista que me ha dado!

24 de enero de 2008

Susan Sarandon, mamá tardía (a los 42 años)

Procuro no aceptar trabajos que caen en medio de la temporada escolar. Este año ha sido la primera vez que me he ido, a Australia concretamente, para trabajar cuando hay cole. Fue porque mis hijos me animaron a aceptar el proyecto (Irresistible). Pero tampoco fue muy largo. Estuve fuera dos semanas, ellos me visitaron durante una semana, coincidiendo con la Semana Santa, y me quedaba entonces sólo otra semana antes de volver. Ahora que hablamos de colegios, acabo de pasar por la vuelta al cole y es terrorífica. Me estresó mucho. Además, Tim (Robbins) estaba todavía en Suráfrica trabajando, así que tuve que hacerlo todo sola. Me agobian sobre todo los detalles, las pequeñas cosas. Algo que viene a colación en esta película, por cierto, en la que vemos que si nos concentramos mucho en esos pequeños detalles, al final puede que perdamos de vista la totalidad. Como pasar tiempo con tus hijos y ver la tele con ellos o hablar con ellos mientras les llevas al colegio.

Entiendo que tenerme como madre tiene que ser horrible. Pero les pido que me digan en una escala del uno al diez lo importantes que son los agasajos o ventajas que conlleva la fama de sus padres, y me dicen: "un ocho". Lo mismo para los problemas e incomodidades de llevar un apellido popular, y me dicen que "un cinco". Así que estamos tres puntos arriba. No sé qué más contarles. Y la verdad es que toda la vida la gente te va a apreciar por las razones equivocadas. Por los pechos que tienes, por el coche que conduces, porque posees dinero... El objetivo, incluso sin una madre famosa, es encontrar a la gente que te entiende. No va a haber mucha. Es difícil. Pero una vez la encuentras tienes que agarrarte a ella. Ése es uno de nuestros trabajos en la vida.

Cuando tuve a mi hija, la gente me dijo: "Vas a dejar de ser independiente. Tu libertad ha acabado. Ya no tendrás tiempo de nada". Reflexioné sobre lo que había sido mi vida hasta entonces y pensé: "¿Y en eso consistía la libertad?
Rechacé un papel de protagonista en Retrato de una dama porque no quiero trabajar mientras mis tres hijos están en el colegio. Me los llevo a todas partes, pero no sólo porque creo que es lo mejor para ellos, sino porque no podría trabajar estando lejos de ellos. Algunas veces pienso: "¿Voy a volverme como mi madre?". Lo más interesante de convertirse en padres es que es muy posible que llegues a la conclusión de que estás totalmente de acuerdo con los principios que te inculcaron tus padres, pero que sus motivaciones no son las mismas que las tuyas. Tienes que reinventar un código moral que esté de acuerdo con tus convicciones. No creo que vaya a estar en este mundo para siempre. Como he sido bastante tardía, lo único que me preocupa de verdad es vivir lo suficiente para ver que pueden enfrentarse a la vida.

Nunca he estado tan segura de quién soy como ahora, pero al mismo tiempo, me doy cuenta de que no sé nada. Tengo casi cincuenta años. He cometido un montón de errores y he aprendido de ellos. A mis hijos les digo: "Vuestro deber en la vida es cometer errores. Tenéis que equivocaros. Se supone que se aprende de ello y se supone que se sigue haciéndolo hasta la muerte. Cometerlos más rápidamente que yo, pero de todas formas no dejéis de hacerlo".



La imagen de hoy es de propio cuño: vista parcial del estado caótico de mi mesa mientras termino este trabajo.

23 de enero de 2008

Dos niñas vestidas de azul

Ayer tuve que realizar un viaje en tren de más de cinco horas. Me habían recomendado una novela de Mary Higgins Clark llamada "Dos niñas vestidas de azul". No había leído jamás a esta autora (ni entraba en mis planes hacerlo) pero el argumento me llamó la atención: dos gemelas son secuestradas en una ciudad de los Estados Unidos, y sus padres obligados a pagar un rescate enorme. Los secuestradores se llevan el dinero pero devuelven sólo a una gemela. Se da por muerta a la otra, pero pronto la gemela sobreviviente comienza a decir que su hermana "le habla" y que está viva. No la cree nadie salvo su madre, que sabe de qué son capaces sus hijas, hasta que los signos empiezan a ser evidentes...
El caso es que este argumento me interesó. Porque me paso la vida buscando novelas sobre familias, hijos, adopciones y otros asuntos familires para encontrar cosas buenas que recomendar en la radio, los domingos. Porque desde que soy mamá me interesa leer de mamás que saben cosas de sus hijos que todos ignoran, sólo por el hecho de serlo. Pero también porque me interesa conocer los mecanismos que utilizan otras para controlar el misterio, el suspense. Digamos que en esto actúo como un vampiro literario. Y debo reconocer que Higgins Clark consiguió intrigarme. Tanto, que mi tren llegó a su destino -paraba allí, para mi suerte- y yo no me di cuenta de que todo el mundo bajaba, ni de que el convoy realizaba extrañas maniobras adelante y atrás, ni de que la persona que me esperaba estaba golpeando el cristal desde fuera (bastante perpleja de verme en un tren vacío leyendo tranquilamente, por cierto). Hasta que un revisor bastante antipático vino a preguntarme:
-Oiga, ¿usted qué hace aquí?
Levanté la vista, miré al señor y pensé: este hombre me va a fastidiar el final, cuando la madre recupera a sus niñas y las coloca juntas en la camilla y...
-¿A dónde va? -insistió el hombre.
Se lo dije, deseando volver al libro cuanto antes.
-¡Pues hemos llegado hace un cuarto de hora! -contestó.
Hacía años que no me pasaba esto. Me pareció magnífico. Una buena señal. Una vuelta a mi cándida adolescencia lectora.
Cualquier día le mando un jamón a Mary Higgins Clark, por conseguirlo.

En la imagen: casi todos los pies de mi familia

22 de enero de 2008

Mamás como todas

Angelina Jolie: Como el nacimiento de Shiloh fue por cesárea, fue todo muy rápido. Brad y yo lo encontramos todo muy extraño al principio. El parto es una de las cosas más increíbles de vivir. Es la vida en su forma más pura, cuando el niño respira por primera vez. Al mismo tiempo, la experiencia del nacimiento de Shiloh no es más especial para mí de lo que lo fue el día en que conocí a Zahara o Mad. Llegué a pensar que lo sería y eso me puso algo nerviosa. Me siento feliz. No hay nada mejor que despertarse en medio de la noche con el ruido de Brad intentando cambiar dos pañales al mismo tiempo.

Cate Blanchett: El nacimiento de mi segundo hijo, Roman Robert, ha representado un caos. La falta de sueño es uno de los mayores retos, es una forma de tortura. Mi cerebro consciente no funciona del todo. No puedo recordar lo que ha pasado una hora antes.

Judit Mascó: Ser mamá me ha cambiado la vida, pero porque yo he querido y en el momento que he querido, con lo cual las renuncias, que está claro que las hay, ya forman parte de la evidencia de lo que quiere decir ser madre. Me siento muy feliz con mi cambio de vida y intento no tener que renunciar a lo que para mí es básico y me hace sentir bien. Lo que para mí es sagrado es desayunar juntos y poder acompañar a mis hijas al cole por las mañanas, y dependiendo de si puedo algunos días, acompañarlas a sus actividades extraescolares por las tardes. Intento hacerlo lo mejor que puedo, aunque reconozco que una de las cosas más difíciles es acertar con la educación de los hijos. Yo prefiero ser más permisiva que autoritaria, aunque siempre en unos límites de respeto. Creo que dándoles más poder de decisión, pueden madurar más y formarse como personas. Hay que dejarles un margen, en los estudios por ejemplo, y libertad . Pero siempre dentro de unas normas.

Claudia Schiffer: Intento ser estricta con mi hijo Casper, de casi tres años, cuando hace algo que no debe, pero es algo bastante difícil, siempre lo es cuando se quiere a alguien. Pero lo intento, trato de ser firme y, al mismo tiempo, ser una madre divertida. También trato de pasar todo el tiempo que puedo tanto con Casper como con Clementine, que acaba de cumplir un añito, cuando mis obligaciones profesionales me lo permitan. El día que no trabajo lo pasamos muchas veces todo el día en pijama jugando... y también es agotador, ¿eh?

Kate Winslet:
Ser madre es el regalo mas extraordinario que se puede tener en la vida, pero al mismo tiempo es caótico, puro malabarismo. Me es muy difícil encontrar tiempo; prefiero pasar todo el tiempo con mis hijos, tengo suficiente con tomarme un café durante quince minutos o llamar a una amiga. Encontrar un par de horas para ir a cenar con mi marido tengo que planearlo con mucho tiempo.

Ángeles González-Sinde
: A veces es muy doloroso tener una vocación creativa y que atender niños. Si vas al Museo Picasso ves que en un día producía muchísimo. ¿Por qué? Porque se encerraba en su estudio y no salía ni a comer. Conocí a un hijo de Bergman, le expresé mi admiración por su padre, y me dijo: “Mi padre no nos hacía caso”, y tuvo siete hijos. Los grandes artistas, o han tenido mujeres que les facilitaban la vida familiar, o estaban solos. A mí muchos días me gustaría escribir más horas y no puedo. Cuando tienes hijos, tus horas de creación están muy limitadas. Tu proceso creativo se corta porque hay que hacer el puré o salir a comprar verduras con quer hacerlo, y eso es muy frustrante. Podría pagar a alguien por es opero, entonces ¿para qué soy madre? Las tripas te piden estar con tus hijos. Y sufres, y te culpas. Cuando estoy rodando me tengo que recordar que es un periodo excepcional, y que si no les leo el cuento me lo puedo permitir; no soy un ogro, pero es difícil.

Y dejo para otro día a Susan Sarandon, que tiene mucho jugo.



La imagen es de Javier Alas, tomada de su blog.

21 de enero de 2008

La madre que te parió

Inauguro con esta entrada una semana dedicada monográficamente a la maternidad, mi otra gran ocupación además de la escritura. Y lo hago porque estoy en plena fase de redacción de un libro titulado La madre que te parió. Manual de supervivencia para madres que se publicará en Grijalbo pronto (aunque no sé cuándo exactamente) y que en catalán tendrá su hermanito gemelo, La mare que et va parir. Manual de supervivència per a mares (Editorial Columna).
Llevo semanas dándoles la murga a aquellas de mis amigas que son mamás, trabajadoras y mujeres preparadas para que me contesten a un cuestionario donde les pregunto por la felicidad, la culpabilidad y el cansancio, tres de los ítems que mejor nos definen a aquellas que vivimos en la esquizofrenia de intentar ser madres sin dejar de ser otras cosas.
Una de las preguntas que les hago a quienes colaboran en el libro (gracias a todas, desde aquí) es la siguiente: ¿Qué es lo que hace que te sientas más culpable de todo lo que haces como madre? Las respuestas han sido mucho más variadas de lo que esperaba (es decir, nos sentimos culpables por un abanico de motivos enorme, cielos):

1) No pasar más tiempo junto a ellos por culpa del horario laboral (la he puesto en primer lugar porque es la más común).
2) Por estar deseando "desconectar" un rato de ellos, que se duerman pronto y poder cenar tranquila.
3) Gritar o perder la paciencia.
4) No dejarle hacer todo lo que quiere hacer y tener que verle llorar.
5) No cumplir las rutinas pactadas.
6) No poder protegerles de todo, no poder cambiar el mundo.
7) Perder la paciencia porque estoy demasiado cansada para pensar bien.
8) Malcriarlos demasiado.

Pues bien, ha llegado la hora de ampliar esta encuesta. ¿Os apetece participar, navegantas? Podéis hacerlo con vuestro nombre o con pseúdónimo, pero si elegís la segunda opción, es imprescindible que yo sepa quienes sois, aunque respete vuestro anonimato. Podéis enviar respuestas a: caresantos@yahoo.com o bien dejarlas aquí, en abierto. En la entrada de mañana, daré ejemplo y responderé a la pregunta que os formulo (y que me quita el sueño muchas veces).
Si os animás a participar, tenéis hasta el jueves para hacerlo. Y gracias de antemano.

Y ya que hablamos de imperfección, os voy a contar algo que se me da fatal: peinar a mi hija. Todas las mañanas me peleo con sus rizos (que ha heredado de mí, sin dejarse ni uno por el camino) y con todas sus horquillas, gomitas y líquidos de fácil peinado para hacerle coletas en 50 segundos a las 9 menos cuarto de la mañana. Creo que pocas cosas de las que hago a lo largo del día me estresan más que esta. En fin...

En la imagen: el colorido «cajón de peinar a Elia». Y mi agradecimiento a Mady* por enseñarme a hacer macros.

18 de enero de 2008

Seamos machos: hablemos de la compra en Mercadona*

La mayoría de la gente cree que como soy escritora no hago la compra. Es la misma lógica extraña que les llevaba a todos a anunciarme una especie de apocalipsis en mi vida cuando me quedé embarazada de mi primer hijo. Algo parecido ocurrió cuando me casé: más de uno me anunció que dejaría de escribir... ¡e incluso de leer! (lo cual, entre otras cosas, demuestra una patética falta de información, porque las mujeres que se quedan en su casa y ejercen de esposas y madres son uno de los sectores que más lee en nuestro país; eso suponiendo que alguna vez yo hubiera querido ser esposa y madre nada más).
La gente, por lo general, suele creer que no me rebajo a ir al Mercadona. Una vez tropecé con una lectora adolescente en la misma entrada del súper y nada más verme preguntó, con cándido aire de admiracióny abriendo mucho los ojos: «¿ haces la compra?».
Pues sí. Hago la compra. Es más, ¡escandalizaos mentes simples!: incluso ME GUSTA hacerla. Me distrae, me relaja, me permite pensar en otra cosa (o incluso no pensar) durante un rato... Sí, sí, disfruto eligiendo una bandeja de champiñones o pidiéndole a la dependienta que me corte finito el jamón de york. Me gusta la pescadería y la sección de congelados, ¡por no hablar de los tarritos de la perfumería, que me parececen un festín casi orgiástico, a medio camino entre el consumismo y las creencias sobre la eterna juventud! Soy adicta a los anaqueles de bebidas (no necesariamente alcohólicas) y me pongo como loca si encuentro un apio lozano (lo cual en el Mercadona no siempre ocurre).
Uno de los mayores placeres que compartimos con mi amiga Ángeles -que también es escritora y también, oh caramba, hace la compra en Mercadona- es intercambiar descubrimientos "mercadoniles": que si yo compro los churros marca tal que se hacen en diez minutos de horno..., que si prueba este pan de rebanada pequeñita o aquella leche o este bacalao envasado...
[Abro este paréntesis sólo para señalar que con Ángeles hablamos de todo: de hombres, de mujeres, de feminismo, de literatura, de editores, de vida, de años, de lecturas, de Saramago, de familia y también de recetas de cocina y de supermercados. ¿Alguien es capaz de imaginar, pongamos, a Jorge Guillén y Pedro Salinas intercambiándose una receta de revuelto de bacalao? Bien, os dejo pensando mientras cierro el paréntesis].
Al modo de los libros de autoayuda, voy a terminar este prometido post que bien podría subvencionar la próspera cadena de supermercados, con mi particular

DECALOGO PARA ENCONTRAR LA FELICIDAD (O SIMPLEMENTE NO PERDERLA) EN MERCADONA

1- Aficiónate rápidamente a las marcas de la casa: hacendado, bosque verde o deliplus. Olvida que existen más productos que los que están en estos rebosantes anaqueles y, sobre todo, ni se te ocurra empezar a pensar en qué súper podrías encontrarlos. Lo que necesitas está aquí, y punto.

2- Cuando uno de sus amables trabajadores te diga que han retirado un producto, no te enfades. Piensa: Mercadona vela por mí y enseguida traerá otro que será mucho mejor para mí que el que creía necesitar.

3- Apréndete todas las marcas de la casa, todos los tamaños de los paquetes, y todas las variedades de todos los productos. ¿Para hacer un master en marujeo contemporáneo? ¡No! ¡Para poder hacer la compra por Internet! Si eres espabilado/a, podrás hacerlo en sólo 10 minutos, ¡no sabes lo bien que sienta! Por cierto, si un día alguien organiza un concurso de velocidad al hacer la compra, me presentaré.

4- Ni se te ocurra hacer la compra en sábado. Ni en viernes. Ni en días laborables a partir de las 19 horas. De hecho: no hagas la compra en vivo. Hazlo por internet, ¿qué necesidad tienes de ver la lozanía del apio? Serás mucho más dichosa si no lo haces. Eso sí: prepárate. Yo una vez compré 103 latas de coca-cola light por un "error de dedo". Y otro día compré 44 muslos de pollo de corral, con sus restos de plumas y todo. En serio.

5- Repite tres veces cada día: Mercadona me quiere, Mercadona me quiere, Mercadona me quiere...

6- No te pongas ecologista justo cuando entras en el supermercado. ¿Ves esas taquillas que hay a la entrada? Son para dejar tus buenas intenciones con respecto al planeta sostenible y todos estos rollos. Si vienes aquí es paa consumir plásticos a tutiplén. No te cortes: contamina.

7- (Sólo para los que tienen niños) Créeme: los pañales Dodot no son los mejores. Aunque hagan esos anuncios tan monos.

8- Hazme caso, tú que disfrutas cuidándote, y reserva 15 minutos de tu tiempo para husmear en la sección de perfumería. ¡Los tarros, cuyo diseño cambia cada cierto tiempo, son tan monos que por fuerza lo que hay dentro tiene que ser estupendo! ¡Y tenemos tan claro que Mercadona se preocupa porque nosotras no tengamos arrugas!

9- ¿Tienes hijos? ¿De qué edades? A los 12 años ya podrás mandarles a hacer la compra. Resta de 12 la edad de tu hijo mayor: esos son los años que te faltan para alcanzar la felicidad completa: ¡No volver a Mercadona!

10- Por último, diez productos con los que Mercadona contribuye a mi felicidad: 1) toallitas refrescantes (en verano sobre todo), 2) toallitas íntimas femeninas (ay, qué gusto), 3) regaliz en cajas de barritas de 300 gramos (mmmm), 4) pipas supergigantes con sal (paquete de 125), 5) brotes de soja germinados, 6) ensalada de batavia (mezcladita de cosas) marca hacendado, 6) revuelto de setas en bandejita preparada, 7) lasaña precocinada de 1 kg (que me permite dar de comer a mi tropa en 10 minutos, aproximadamente), 8) bolsas especiales para basura orgánica (con las que reciclo y aplaco mi culpabilidad por comprar tantos plásticos), 9) kéfir de cabra en tarritos de 150 (me lo bebo en el propio tarro, con una cucharada de azúcar, hay que ver cómo me vuelvo, hasta yo me asombro) y 10) harina especial repostería marca hacendado de 1 kg con la que los fines de semana mis hijos juegan a ser cocineros (y yo con ellos).


Notas:
* Parafraseo a García Márquez ("Seamos machos: hablemos del miedo al avión", Notas de prensa, 1980-1984, Mondadori). Que ningún alma sensible se ofenda, que nos conocemos.
-No esperéis otra entrada como ésta en, por lo menos, diez años. Qué cosas me hacéis hacer algunos.
-La imagen es para compensar tanto marujismo: con Gonzalo Moure (¡besos!) en Miami, el año pasado.

16 de enero de 2008

Monstruos

Adrián pinta monstruos, fieros pero tecnicolores. Yo los recopilo y los guardo en una carpeta. Cuando sea mayor se los devolveré, con un deseo:
Que nunca haya en tu vida más monstruos que estos, hijo mío.



El de la imagen es el último, recién incorporado a la colección.

Aforismo

A estas alturas, sé muy bien que la sabiduría no tiene nada que ver con la inocencia.

Esta frase la escribió J.M.D.F. en un correo electrónico hace unos días.
No me la puedo quitar de la cabeza.




¿Hay dos lunas, esta noche, en el cielo? Sí, a juzgar por la imagen, que acabo de tomar en la ventana de mi estudio.
Esta noche, hay mucho de todo. Lo que más: futuro.

15 de enero de 2008

Parada de café

No pensaba que podría decir esto: estoy en la librería-café Laie una de mis dos librerías de cabecera y sin duda uno de mis rincones preferidos de este basto mundo. Y estoy deliciosamente conectada a un red que algún amable usuario que no puede estar muy lejos ha dejado abierta para que se cuele gente indeseable como yo. Por tanto, es de justicia dedicarle a él o a ella este post. Cuando termine de escribirlo, lo revisaré (aunque se me escapará algo, como siempre) y lo subiré con fecha de mañana martes. Lo digo para quienes aún pensáis que siempre digo la verdad, mirais las fechas de las entradas, las comparáis con el calendario y comenzáis a decir cosas como "aquí falla algo". Pues claro... soy una mentirosa profesional, ¿aún no os habíais dado cuenta? Pues vaya este aviso: nunca-nunca os fiéis de mí. Soy una inventora de historias que cuadran, con esto debería bastaros. Además, las coordenadas espacio-temporales están hechas para construir con ellas las ficciones. Y este blog es una ficción, no lo dudéis ni un momento. Como yo misma, por cierto. Todos andamos por todas partes con nuestras ficciones a cuestas. Y para aquellos que me han creído hasta hoy va la segunda dedicatoria de esta entrada. Aunque no os sintáis decepcionados: si lo pensáis bien veréis que tiene muchas más ventajas una chica de mentira que una (completamente artificial) de verdad-porexpán cien por cien. Es la evolución natural de las cosas, pienso yo.
Lo decía hoy la editora con la que he almorzado (13.30, en un lugar llamado Notifixis) en compañía de la mujer de mi vida -es decir, Sandra Bruna, mi agente-: parece que la evolución normal nos lleva a ser cada vez más vegetarianas, cada vez más amantes de lo natural. Lo cual no forzosamente significa que debamos detestar lo artificioso, que no es lo mismo -ni mucho menos- que lo artificial. Algún día hablaremos de ello, que hoy no me apetecen nada los asuntos difíciles.

No, no es que los buenos propósitos ya puedan cumplirse: estoy en Laie porque he venido a buscar una bibliografía con la que me encerraré a partir de mañana y hasta que termine el siguiente original, que también va con retraso. Tengo pocos días y mucho trabajo por delante para escribir un libro de no-ficción del que tengo unas 100 páginas de redacción deslabazada y muchas, infinidad de notas. Veremos qué puedo hacer. Pero hoy estoy de celebración. Celebro que la comida que imaginaba una discusión arremangada haya terminado en reunión de amigas. Celebro poder hablar en futuro. Celebro que no falte el trabajo, ni la ilusión. Celebro que me guste la gente a la que veo todos los días. Celebro que no ha llovido (aunque amenazaba). Celebro que no me duele nada, ni siquiera el recuerdo. Celebro que ya tengo 103 canciones en mi i-pod nuevo, y que son ellas las que marcan el ritmo de mis pasos por la ciudad. En este instante cantan a mi oído: "Se me olvidó que te olvidé, a mí que nada se me olvida".
¿Puede la felicidad, la tranquilidad, la sensación de que todo está en su lugar, transmitirse? Más difícil todavía: ¿Alguna vez está todo en su lugar? Ajá, qué otra gran ficción. Pero da lo mismo: la sensación de que todo va bien no tiene que ver con lo bien (o mal) que vayan las cosas. Pero la que cuenta es la primera, no la segunda.
Pues El cigala insiste (y yo le imito): "Y la verdad, no sé por qué, se me olvidó..."
Ay, que sí, que eso es.

La imagen es de mi amiga Mady, robada de su fotolog.

14 de enero de 2008

Estrenos

Bienvenidos, navegantes. Como veis, estamos de estreno: año nuevo, blog nuevo. Tercera temporada. 570 entradas, ¡se dice pronto!, tercer año en este sitio virtual que a veces me parece más real que yo misma. Espero que os guste el título (que es el de siempre, pero "oficializado"), las imágenes y todo lo demás. Por fin he hecho los deberes y he vuelto a completar la lista de enlaces, de modo que por ahí estáis los imprescindibles (aunque siguen faltando alguno que iré incorporando). La imagen de ese cielo tan espectacular la tomé el pasado mes de agosto saliendo de Reykjavik. Y con respecto al diseño, he elegido uno que permita leer con más comodidad, pensado para los miopes como yo (que somos legión) y haciéndome el primer buen propósito del año: postear más textos y menos fotos. No sé para qué me empeño en escribir de todo y en todas partes cuando los realmente importantes sois vosotros, navegantes.
Por lo demás, las vacaciones navideñas han pasado entre la revolución doméstico-infantil y un colapso de trabajo que me ha tenido retirada del mundo. Algunos -lo sé- pensáis que igual me he muerto, porque llevo sin dar señales de vida no sé cuánto. Estaba condenada a galeras -para elegir la terminología que utilizaba Verdi en esos doce años en que compuso varios millones de óperas- y no podía levantar cabeza del documento de word que me tenía mareadita. No penséis que sois los únicos que me regañáis: también mi masajista lo hizo ayer tarde, al intentar desatar un nudo gordiano de mi omóplato izquierdo durante unos 15 minutos de doloroso masaje. Es que no se puede trabajar tanto. Por primera vez en mi vida lo digo en serio. De modo que ahí va el primer propósito para el 2008: Menos trabajo.
Tendrá que ser a partir de abril o algo así, porque mañana mismo empiezo con otra cosa que también lleva retraso y que me devolverá al secuestro, pero... sé que lo conseguiré. Lo siento, pero aún sufro las consecuencias de dos sucesos (uno bueno y uno malo): el finalista primaveral con que me obsequió el 2007 y el atasco en el que me metí yo misma por intentar escribir una novela de ciencia-ficción. Si es que... Salió, al final salió —y Francesc Miralles llegó a convencerme con su entusiasmo después de leerla de que había merecido la pena el esfuerzo— pero cómo sufrí. Más que en la camilla de mi masajista.
Para ir abreviando. Segundo propósito: estreno tono. No os digo que no recurra a las citas y a las mil chucherías literarias que son habituales de este sitio, pero voy a procurar estrujarme menos las meninges (sólo de vez en cuando) y contar lo que salga, así, como si le escribiera a un amigo. Que para algo son ya tres años y todos los que rondáis por aquí sois gente querida. Además: todos los días me llevo sorpresas. El día de la cabalgata de reyes, A.B., viejo y admirado amigo, me sorprendió contándome que sigue el blog (por cierto, en presencia de los Reyes Magos de Oriente, que ahora me codeo con la monarquía). Un par de semanas antes alguien me reprocha que nunca hable de cosas mundanas, como por ejemplo el rato que dedico a ir a hacer la compra al Mercadona. De modo que también llegará tal cosa. Hace sólo un par de días, Alicia me preguntó dónde ando que no renuevo el blog y si me encuentro bien. En fin... que nadie debe resistirse a tales requerimientos. Después de todo, en el blog es el único lugar donde actualmente puedo ser la loca que empezó a escribir porque de lo contrario se asfixiaba. El único lugar donde puedo NO ser una escritora profesional. ¡Qué lujo!
¿Me vuelvo franca? No. En el fondo, crep que es la influencia de algunos mariposeos de los últimos días por blogs eróticos escritos por chicas infinitamente más guapas e interesantes que yo, que hablan con una franqueza que es parte de su encanto, de modo que la tomo prestada, a ver si ahora que me acerco a los 38 descubro que mi encanto virtual es irresistible.
No sé cuántos propósitos llevo, pero ya son demasiados. El único que realmente merece la pena es este: Sigamos juntos y seamos felices, navegantes. Gracias por estar ahí.