7 de marzo de 2006

Truman Capote en Palamós

Truman Capote escribió buena parte de A sangre fría en Palamós, un pueblo de la Costa Brava catalana, en una casita que le había prestado uno de sus amigos de Nueva York. El catalán, apellidado Colomer, que actuó de intermediario en aquella ocasión, pasó muchos años luchando porque se colocara en el lugar una placa conmemorativa del paso del escritor estadounidense, pero no lo consiguió. Y no solo eso: la casa original fue derruida hace algunos años y en su lugar se levanta uno de esos horribles edificions de apartamentos de vacaciones que inundan la Costa Brava. Allí, por descontado, tampoco hay ninguna placa y seguramente no la habrá jamás.
Vi Capote, la película, la semana pasada, durante una mala tarde. Me encerré en un cine después de pasar por la librería Laie y comprar una novela de Serguei Dovlátov. Ese es el tipo de escapadas que me reservo para esos momentos en que me parece que el mundo quiere morderme. Sobre la marquesina de los cines Lauren, el actor Philip Seymour Hoffman caracterizado como Truman Capote fue el mejor reclamo. La cinta recrea los 5 años de trabajo que invirtió Capote en escribir A sangre fría, su última novela terminada. Su estancia en la Costa Brava ocupa apenas unos metros de película. Lo mejor, más incluso que la historia, es la interpretación de su protagonista que, como ya todo el mundo sabe, le ha merecido un Oscar. Premio que, para gran algarabía por mi parte (estoy sensiblera con el asunto maternofilial desde que soy multimamá) le dedicó a su madre, quien, dijo, le esperaba largas horas cuando le llevaba a las audiciones.
A sangre fría inauguró un género a medio camino entre la novela y el periodismo. En inglés se llama non-fiction. En la versión doblada de la película se le llama también novela documental. Fue un exitazo, del que Capote no se recuperó jamás (no, por lo menos, lo suficiente para escribir otra cosa y terminarla) y que le perseguiría hasta el final de sus días y mucho más allá. Si tengo que elegir, de todo lo suyo, prefiero los cuentos. Música para camaleones, por ejemplo. En el prólogo, levemente autobiográfico, Capote habla de algo terrible de comprender, pero a la vez necesario:

el abismo entre escribir bien y el arte verdadero
Hoy caigo en otro abismo y Capote me sirve de escalera. El oficio del escritor es ingrato, demasiadas veces. Es necesario a aprender cuanto antes por dónde se sale de todos los abismos.
Advierto, visitantes de este rincón, que esta es una entrada tramposa: el día en que la leáis, llevará escrita más de una semana y yo andaré por ahí, de viaje, recién salida del abismo y completamente amnésica de todo esto.

4 comentarios:

miwok dijo...

Me gustó mucho "A sangre fría", no sabía del paso de Capote por Catalunya, ahora tengo que ver la peli...

Felideus dijo...

A sangre fría, era una de mis novelas favoritas, tengo que releerla para actualizar mi criterio. Pero como bien dices lo mejor son sus relatos, los cuentos Completos Publicados en Anagrama son un libro imprescindible.
Y te deseo una ágil salida del abismo, Care, y una pronta reincorporación a los paraísos literarios.

La navaja en el ojo dijo...

Me gustaba Capote como escritor, pero me decepcionó conocer su personalidad en la película. Probablemente, esto indica lo bien que lo interpretó Hoffman.

Peonia dijo...

Coincido en Música para camaleones. Como escrito en mi blog de Capote creo que lo que me gusta es la representación de la soledad de los personajes...

Lo bueno de caer en el abismo es la posibilidad de levantarse y recuperar ilusiones nuevas. Un besote.