14 de agosto de 2006

Horizontes, horizontales


27 de julio de 2006

El propósito veraniego

Ayer cené con una amiga en un restaurante maravilloso de la calle Banys Vells, de Barcelona, llamado El pebre blau. Fue ella, una mujer que ve la vida como a mí me gustaría, una de esas amistades de quienes siempre aprendo, quien me hizo jurarle que desconectaré un poco este verano. Lo necesitas, dijo. La cosa vino luego de que yo me quejara de que voy a pasar casi 15 días —¡Horror!— sin Internet. Pero con ordenador. Yo jamás salgo de casa sin mi VAIO.
Ya sé que os he tenido un poco abandonados últimamente, navegantes.
Dijo ella, antes de abandonar aún más a sus navegantes favoritos. Así pues, hago esa vulgaridad que hace la gente en esta época: me voy de vacaciones. Pero volveré. A partir del 14 de agosto, estaré por aquí. Y prometo a partir del 1 de septiembre no faltar ni un día. Y pensar un poco mientras me tuesto al sol y veo corretear a mis hijos en ciertas sorpresas de cara a la reentré.
Sólo me queda confesaros qué hay en mi equipaje, además de pelotas y pañales: lo último de Vargas Llosa, El atlas de las nubes, de David Mitchell; una antología de Vampiras, de Siruela; otra de ciencia ficción, de Minotauro, Bosque mitago, recomendación de César Mallorquí y la (buena) novela de un (buen) amigo: Amor en minúscula, de Francesc Miralles. Que gusto. Leer, contar las olas. No podéis imaginar cómo, cuánto, de qué modo lo necesito.
Nos vemos por aquí, amigos. Sed felices y regresad con ganas. Qué haría sin vosotros (os contaré en septiembre hasta qué es cierto esto último).

18 de julio de 2006

Memoria de los cafés

Con la vaga intención de un viaje a Berlín para inaugurar el próximo otoño, leo las Crónicas berlinesas de Joseph Roth (Minúscula, 2006), una selección de sus artículos publicados en la prensa durante los años 20. Me encanta, en el apartado Refugios, el capítulo titulado Noche en los tugurios, dedicado a cafés y antros de todo pelaje. Allí habla del Reese, por ejemplo, un local al que, dice el autor «se va», y no «se está» y donde «puedes quitarte el sombrero sin que nadie te mire». Las descripciones de Joseph Roth me parecen lo mejor de sus crónicas. He aquí una muestra:

En el Reese, si eres una señora, llevas siempre un traje de noche, y es probable que el camarero te diga de veras: «La señora dirá». La señora, en cambio, tuteará al camarero.

Aunque de todos los garitos glosados por Roth, me qued con el Albert-Keller, un café «que tiene clientes tan habituales que hasta reciben allí el correo» y que en ciertos aspectos recuerda a un café literario. «Por ejemplo, en el Albert-Keller puede uno pasar toda la tarde durmiendo», dice el autor.
Esta evocación del Berlín de entreguerras me ha llevado a toda velocidad —la memoria tiene estas cosas— a Oporto. A sus cafés y sus calles. He buscado entre mis muchos papeles el cuaderno que escribí durante mi viaje portugués del verano de 2000 y he recuperado las escasa líneas que dediqué a los cafés de la ciudad del Douro y la propia fisonomía de la ciudad:

En cualquier rincón inespero, Porto sube o baja, y es esta fisonomía endiablada la que le confiere su encanto: el de la sorpresa que aguarda al doblar cada esquina. Otras sorpresas minúsculas: el Café Majestic, en Rua Sa Bandeira, de grandes espejos modernistas y camareros que parecen surgidos de la cubierta de recreo de un crucero de lujo. Un café como el Majestic, con piano de cola, querubines artesonados y esa ligerísima decadencia de otro tiempo es que le falta a mis tardes de invierno.

Pienso ahora, al devolver estas páginas a su olvido, que en ciertas tardes de mi vida me refugié en el Café de la Ópera, en las Ramblas de Barcelona, un lugar al que he vuelto con cierta asiduidad, aunque ahora prefiera otros, como el bullanguero Shilling de la calle Ferran o el primer piso de Laie, la librería-café, mucho más burguesa. Perosigo estando de acuerdo con la que escribió ese cuaderno portugués hace seis años: al Café de la Ópera tal vez le sobran sillas y le falte silencio para ser el café de mi vida.

16 de julio de 2006

El último cajón

Estoy en la cocina de mi casa. Escribo esta entrada después de terminar de leer El perfeccionista en la cocina, de Julian Barnes. Algunos libros tienen efectos curiosos sobre sus lectores. Éste, por ejemplo, me ha llevado a inspeccionar qué tipo de cacharros inservibles almaceno en ese "último cajón" que todos tenemos en nuestras cocinas -también el escritor inglés. Después de hacerlo pienso que dice mucho ese cajón acerca de sus usuarios, incluso del tipo de familia que vive en la casa y de los acontecimientos que la han afectado/modificado últimamente. Os insto, navegantes, a que hagáis lo mismo: inspeccionad el cajón de abajo de vuestras cocinas, ese en que vais almacenando todo aquello que no sabéis dónde meter, y atreveos a dejar aquí constancia de lo que encontréis en ellos.
Yo paso a enumerar la ristra de cachivaches inútiles que he encontrado en el mío (pienso ahora que el paso siguiente deberá ser una limpieza a fondo y el traslado de ciertas de las cosas de la lista al contenedor de basura que hay justo frente a mi portal).
-Dos cucharillas (sin desmontar) de las que vienen en la leche en polvo para lactantes Nidina 1 y 2 (una roja y otra blanca. Es decir: una para cada una de las fases de desarrollo del bebé según la casa Nestlé).
-Una bolsa de palillos extralargos de madera para aperitivo (originalmente de 100 unidades, deben de quedar unos 60).
-Un paquete de velitas de aniversario con sus bases (20 unidades, multicolores, marca Roura)
-16 paquetes de palitos de plástico para hacer polos con los petit-suisse (los hay de todos los colores, todos por estrenar).
-6 posavasos de plástico del ratón Mickey, comprados hace más de 15 años en Eurodisney.
-Una mano de mortero de madera.
-3 sobres de infusiones sospechosas. "Finocarbo. Mezcla de hierbas en bolsita filtro", leo, intrigada, en uno de los sobres.
-Un soporte plástico para minipimer.
-Una bolsa de bolsas de basura grandes cierra fácil marca Bosque Verde.
-Un tapón de corcho.
-Un rodillo de madera.
-Algo que parece un peine (verde) y cuya utilidad y procedencia desconozco.
-Un sobre de papilla Blevit Plus con efecto bífidus y Cola Cao, gentileza de la marca Ordesa y caducado hace siete meses.
-3 sobrecitos individuales de Cola Cao, aún sin caducar (pero por poco tiempo).
-Un paquete (100 unidades) de pinchitos plásticos "Party" marca Pap Star.
-3 paquetes de hierbas para cocinar.
-Un rollo de cordel.
-Un salvamanteles de totora comprado en Venezuela hace 7 años (está igual que el primer día).
De todo lo cual se deduce:
-Que hace tiempo que no tomo el aperitivo ni doy una fiesta.
-Que el viaje a Eurodisney pertenece a otra vida incasable con la actual.
-Que hay que volver aVenezuela, aunque sólo sea por comprar utensilios de cocina.
-Que antes de administrarle a mis hijos cualquier muestra gratuita debo leer bien la fecha de caducidad.
-Que no debo tener más hijos.
-Que no soy Julian Barnes (él tiene más glamur y menos prole).
-Que soy una irresponsable por estar escribiendo esto en lugar de hacer limpieza.
Por último, una cita memorable del autor británico acerca de qué cosa es cocinar:
Cocinar es la transformación de una incertidumbre (la receta)
en una certeza (el plato) por medio del ajetreo.
Algún día, navegantes, hablaremos de cocina. Feliz inspección dominguera de cajones.

14 de julio de 2006

Composting (microcuento)

Para el navegante anónimo, por la idea

El compostaje o “composting” es el proceso biológico aeróbico, mediante el cual los microorganismos actúan sobre la materia rápidamente biodegradable (restos de cosecha, excrementos de animales, residuos urbanos tales como vegetales o restos de animales procedentes de mataderos), permitiendo obtener un abono excelente para la agricultura: el compost.

—Oye —anunció uno de los basureros— aquí hay otra. ¿Qué es lo que pasa esta noche? ¿Se han puesto todos de acuerdo para deshacerse de sus parejas o qué?
En el compañero hablaba la experiencia (estaba al filo de la jubilación, apenas dos semanas más de trabajo y sería un hombre libre, deliciosamente doméstico y dormilón).
—Ah, es el calor, que vuelve tarumba a la gente, chico. Échala al camión, con el tío ése que hemos recogido antes.
Dio la coincidencia de que se conocían, aunque no supieran precisar si era sólo de verse por el barrio o había algo más.
Y en la siguiente parada, otro. Junto al contenedor de cristal (el de siempre estaba hasta los topes). Menuda noche de trabajo.
—¡Al camión con él! —animaba el veterano al joven.
—Parece que les divierte. Los jodidos... ¿no oyes cómo se saludan?
—Límitate al trabajo, tú.
Un par de quilómetros después, cerca del mercado municipal, dos chicas. Y bien jovencitas:
—Es que hoy día no se conserva nada... —murmuraba el viejo. Y espoleaba al conductor: —Venga, tío, date prisa, que es tarde y quiero llegar a casa.
Poco a poco, las voces de los de dentro ahogaban el rugido de las tripas feroces del camión. Parecían divertirse mucho. En un barrio de la periferia encontraron una parejita de dumientes acurrucados junto a los contenedores. Sobre sus camisetas se leía: Somos basura.
Ya dentro del camión, la tropa recolectada por toda la ciudad se entretenía en encontrar cosas.
—¡Un tomate! —celebraba alguien.
—Resérvalo para el próximo que se queje del ruido —contestaba otro.
—¡Un zapato!
—A veeeer —contestaban dos o tres.
—Pero el otro no está.
—Ooooohh —coreaban varios.
—¡Un preservativo!
Los gritos de algún vecino despertado en plena noche le daba a alguno la oportunidad de utilizar el tomate. Para el preservativo nunca faltaban ocasiones.
Y de ese modo, sumidos en una algarabía festiva, se alejaban por las calles desiertas hasta alcanzar la planta de tratamiento de residuos, donde les esperaban cintas trasportadoras, las manos enguantadas de una funcionaria con cara de sueño y una sala de espera de asientos de plástico en hilera, revistas de varios meses atrás y fluorescentes que arrojaban una luz muy blanca. El cubo de los desperdicios orgánicos compostables -mondas, cáscaras, sobres de infusiones usados...- quedaba a un lado mientras ellos eran invitados a pasar y sentarse. Canturreaban, se reían los chistes unos a otros, jugaban despreocupados como cachorros. Hasta que una voz metálica llegaba de todas partes para anunciar:
«El primero, por favor».
Y entonces comprendían que su destino era el mismo que el de las cáscaras, las mondas y las bolsitas de té.

13 de julio de 2006

El libro fantasma


¿Qué os parece? ¿Os gusta esta versión alemana en bolsillo, de mi primera novela El tango del perdedor? Pues debo desengañaros, amigos: tal libro, que he reproducido bien grande para hacerme ilusiones de realidad, nunca ha existido y nunca existirá.

Hace seis años, mi primera novela fue traducida al alemán por una editorial llamada Kindler Verlag. La edición fue tan hermosa como efímera. Hace apenas unos meses, escribiendo distraídamente mi nombre en los buscadores de la Red (todo el mundo se distrae como quiere), Deni, mi compañero, encontró en la división alemana de la librería virtual Amazon esa edición de mi libro que tanto él como yo desconocíamos. Podía comprarse, al parecer, pero preferimos emprender otras acciones: le pedí a Sandra Bruna, mi agente, que averiguara quién era el responsable de esa edición y por qué motivo yo no tenía ninguna noticia de ello.
La respuesta, después de su mediación, aún tardó unos días y fue sorprendente: según la editorial que publicó mi novela, esa edición de bolsillo se proyectó pero nunca llegó a realizarse. Por alguna oscura razón, llegó a la mayor librería virtual del mundo, pero jamás estuvo a la venta. Todo eso nos dijeron, por lo menos.
La verdad, los resortes que mueven la conducta de los editores me resultan incomprensibles. Entendí que debía acatar ese argumento y callar. Eso hice, pero transcurridos los días no he podido evitar reproducir aquí una de las más bellas portadas que ha conocido nunca un libro mío. Por lo menos, si está en este rincón, será como si hubiera existido.

Y acerca de ciertos editores... ah, esos enemigos necesarios... ¿qué anecdotario nos quedaría a los escritores, sin ellos?

12 de julio de 2006

Escritores en la cocina

Anagrama acaba de publicar El perfeccionista en la cocina (The Pedant in the Kitchen) de Julian Barnes, un libro ligero y divertido donde el conocido novelista explica sus experiencias entre fogones. No faltan algunas confesiones sorprendentes. Por ejemplo, Barnes dice haber tratado de evitar el consabido llanto de pelar cebollas poniéndose mientras lo hacía ¡unas gafas de soldador! Por si a alguien se le ocurre lo mismo, ya se encanrga el inglés de dejar claro que no sirve de nada: las gafas se empañan y propician los accidentes.
También habla de aquellas recetas con pasos que no nos vemos capaces de seguir (deshuesar un pollo, por ejemplo) o con ingredientes que no sabemos dónde diantre encontrar o de aquellas que nunca dan el resultado deseado o de la relatividad de algunas máximas de los recetarios: por ejemplo, se pregunta el autor de qué tamaño exacto es "una cebolla pequeña" o cuándo se considera que el fuego está "vivo". Todas ellas son cuestiones que los cocineros principiantes se han formulado alguna vez. Él, por cierto, se confiesa esclavo de los utensilios y las mediciones, y dice que jamás será un cocinero instintivo, capaz de hacer cualquier cosa con el primer ingrediente que encuentre en el mercado.
Uno de los mejores capítulos es aquel en que Barnes da varios consejos de cara a la adquisición de libros de cocina. Os los resumo a continuación. Son tan verdaderos que no creo que haya nadie que no haya cometido estos pecados alguna vez. Empezando por mí misma.

1) Nunca compres un libro por sus ilustraciones. (...) Una vez conocí un fotógrafo publicitario, especializado en comida y, créeme, el trabajo de posproducción que hace poco nos mostró a una Kate Winslet con cuerpo de sílfide no es nada comparado con loo que hacen con la presentación de un plato.

2) Nunca compres libros con un diseño artificioso: por ejemplo, uno que tenga las páginas divididas en tres franjas horizontales.

3) Evita los libros con un contenido demasiado amplio -algo que se llame remotamente Grandes platos del mundo- o demasiado restringido: Mariscos del mar de los Sargazos o Maravillas de los gofres.

4) Nunca compres el recetario del chef expuesto a la salida del restaurante.

5) Nunca compres un libro sobrte zumos si no tienes exprimidor.

6) Resístete a la tentación de comprar como recuerdo de unas vacaciones en el extranjero atractivas antologías de las recetas regionales.

7) Evita los libros de recetas famosas del pasado.

8) Recuerda que los autores de cocina no son diferentes de los otros escritores: muchos llevan sólo un libro dentro (y algunos nunca deberían haberlo sacado).

Para acabar, os formulo, amigos navegantes, una pregunta que lanza Barnes en estas páginas: ¿Cuántos libros de cocina tenéis? Hay tres posibles respuestas:

a) No los suficientes.
b) Sólo los necesarios.
c) Demasiados.
Yo me quedo con la c. Y hay muchos que, según la lista anterior, sobran.

Basura (microcuento)

El reflejo de la luna llena al filo de la medianoche se cuela por la tapa entreabierta del contenedor. Aquí no resulta fácil mantenerse en pie. Mis pies se hunden en los blandos desperdicios. Junto a mi tobillo siento el tacto frío y húmedo de algo que bien podría ser una cáscara de plátano o un pañal usado.
Ya ni siquiera siento náuseas. Me asusta pensar a qué horrores seríamos capaces de adaptarnos.
Pienso. Le escuché decir: "De hoy no pasa" en un susurro. Era como si hablara para sí o para su conciencia. Como si pensara que yo no podía oírle.
Luego llegó la otra y preguntó: "¿Qué piensas hacer con ella?".
La otra dejó sus cremas en mis estantes del baño. Ocupó mi parte de la cama. Se apropió de mi delantal ("para la mejor cocinera" en letras doradas). Mi ropa le gustó y decidió conservarla.
-¿Te importaría darme el sujetador que llevas puesto? Me gusta mucho -dijo.
No me importó. Sonrió cuando lo deposité en sus manos. También él. Me pareció que su gesto era de aprobación, por mi docilidad, por mi buen perder.
El resto de mis cosas, las metieron en bolsas grises de autocierre. No se ponían de acuerdo acerca de quién ejecutaba el último movimiento. Quién bajaba las bolsas.
Les dije que no se molestaran. No hacía falta que me acompañaran. Yo misma, además, me llevaría las bolsas con los objetos molestos.
Salí despacio. Les oí dar varias vueltas a la llave. A veces, entran ladrones en las casas mientras los dueños duermen.
No fue fácil entrar aquí. Una vez dentro, el calor es agradable. Él hedor sólo ofende al principio. No creo que me cueste encontrar postura.
Cerrar la tapa o cerrar los ojos será lo mismo.

10 de julio de 2006

Descubriendo a Sonia González Valdenegro

Las antologías sirven para hacer descubrimientos.
He aquí el último: Sonia González Valdenegro. Nacida en Santiago de Chile en 1958, licenciada en Derecho, autora de novelas y libros de cuentos (todos inencontrables en España).
Su cuento Gineceo, incluido en Cuentos chilenos (Siruela, 2006) me ha acercado a su obra. En él se habla de una madre y su relación con sus tres hijos. Cómo ellos viven en un mundo enormemente masculino al que ella se resigna y se adapta. Es un personaje tan real, y son ellos también tan de carne y hueso, machistas pero humanos, también vapuleados por la vida, también alumnos de esta carrera absurda de la existencia. Creo que eso es lo que más me ha gustado de este texto de apenas 10 páginas: su humanidad, su modo de ser espejo de la vida, la verosimilitud como de vecinos, como de amigos de la infancia, que exudan sus personajes... Lo he leído esta mañana en la piscina, fascinada de que alguien sea capaz de trazar un retrato tan verdadero, tan sencillo y a la vez tan emocionante. Me ha gustado tanto que nada más llegar a casa he empezado a rastrear algo de su autora, a quien hasta hoy desconocía, en la Red.
He aquí los resultados de mis pesquisas: su foto, lo primero (pequeña, lo sé, pero no hay otra). Aunque lo más importante es lo que viebe ahora: dos textos. Con un click sobre cada uno de ellos, son vuestros.
El primero da nombre al libro del mismo título, publicado por Planeta Sur en 1993. El segundo está incluido en la antología de Siruela y forma parte de un libro inédito. La versión que aquí os sirvo os conectará con el blog de Hugo Vera Miranda, otro colega incógnito (¡saludos!).
Ahora sólo me falta ver si un blog (éste mismo) sirve también para acortar distancias hasta lo impensable.
He decidido invocar a Sonia. No como se invoca a un muerto, puesto que ella está viva, y lo demuestra en todo lo que escribe.
Sonia, colega, si lees esto desde el mundo real, manifiéstate en este blog. Gente interesante y curiosa pulula por aquí y la admiración, como la amistad, también sirven para hacer descubrimientos.

9 de julio de 2006

Causamos sensación


Aquí nos tenéis: las 5 chicas de Repóker de Damas en nuestra actuación en la Semana Negra de Gijón. Le añadimos a la lectura una mínima puesta en escena y muchas ganas. No se puede negar que quedamos resultonas. Espero que muchos y en muchos lugares tengan la ocasión próximamente de saber hasta qué punto.

En la foto, de izquierda a derecha: Marta Sanuy, Luis García, yo misma, Cristina Cerrada, Pilar Adón, Eugenia Rico y Elena Medel.

Más sobre nuestros dos apretados días en Gijón, en Wan-Tun

8 de julio de 2006

Repóker de Damas


De derecha a izquierda: Elena Medel, Cristina Cerrada, Pilar Adón, Paco Ignacio Taibo II, Eugenia Rico y yo misma.
Esta foto fue el colofón de la rueda de prensa que ayer ofrecimos en el Tren Negro mis insignes colegas de Repóker de Damas (ver entrada anterior) y yo misma. Posamos sonrientes junto a Paco Ignacio Taibo II, el factotum de los negros días de Gijón, un hombre de tal empuje y capacidad que agota a sus invitados en la primera jornada.
En el punto en que hoy empezará a ser mañana ofreceremos un recital peculiar en la Carpa de los encuentros. Tal vez será el primero de muchos. Quién sabe.

Para los insaciable: todo aquí.

5 de julio de 2006

Ilusión negra

Mañana a las 8.10 de la mañana parte el Tren Negro de la estación madrileña de Chamartín. Se dirige, claro, a la Semana Negra de Gijón, que durante los próximos 10 días llenará la ciudad asturiana de adictos al género.
Me ilusiona deciros que mañana yo iré en ese tren. Junto a mis compañeras de Repóker de Damas —es decir: Elena Medel, Pilar Adón, Cristina Cerrada y Eugenia Rico— participaremos la medianoche del domingo en una lectura golfa (el adjetivo es mío, nadie se ofenda). La cosa es otra feliz iniciativa de la gente de Literaturas.com, los mismos que inventaron eso del Repóker, una sección de opinión en la que las cinco tomamos parte, alternativamente.
Me han dicho que el Tren Negro es de las cosas más divertidas que te pueden pasar siendo escritor en España. De momento, está previsto un almuerzo en Mieres y se nos anuncia también una espicha. Los veteranos la esperan como agua de mayo, por algo será. Yo, que debuto en estos asuntos negros, voy contenta como colegiala de excursión. Todo sabe a eso, incluso las habitaciones compartidas que nos esperan en Asturias. Además, me ha tocado una de las mejores compis de cuarto: Elena Medel. Espero que ella no vaya pensando que le ha tocado la plasta.
En mi equipaje, casi sólo hay libros. Los de todos los admirados amigos que encontraré por allí, y cuya firma espero capturar para mi biblioteca, esa que algún día malvenderán mis herederos.
Andaré por allí con ojos y oídos muy abiertos.
Prometo crónica de cuanto vea y oiga, navegantes.

Lost, mi debilidad televisiva

El año pasado me enganché a una serie de televisión. No suelo hacerlo, pero ocurrió. Se trata de Lost, Perdidos, esa historia de unos supervivientes de un accidente aéreo en una isla desierta. El final de la temporada de la serie, que transpiraba cierta improvisación, me enfureció. Rastreando por Internet conocí hipótesis de los guionistas, en connivencia con algunos fans, acerca de cuál podía ser el secreto de los misterios de la isla. (Por si alguien no sabe: desaparecen personas, aparecen osos polares —¡en una isla tropical!—, el tiempo no parece medirse como en el resto de los lugares, hay supervivientes anteriores o escotillas en mitad de la selva. En fin... mucho lío para que alguien no se tomara la molestia de crear un desenlace a la altura de mis expectativas. O eso, por lo menos, pensé entonces. Ya sabemos: lo peor de la ficción es, precisamente, salir de ella, acabar, resolver las cosas (o no hacerlo). Ninguna de las teorías que leí menguaron mi cabreo, más bien todo lo contrario, de modo que me prometí no dejarme embaucar más, renegar, volver la espalda a mi serie favorita. En fin...
Todo esto sólo sirve como introducción a una confesión que me fastidia tener que hacer: he vuelto a caer. Y no puedo evitar que me interesen los personajes, su destino y las extrañas cosas que les siguen ocurriendo en esa condenada isla en mitad de ninguna parte. Incluso encuentro muy guapos, todo un regalo para la vista, a un par de sus actores principales. Ay, creo que no tengo remedio.
Algún otro día hablamos de mis otras dos debilidades televisivas: A dos metros bajo tierra y House (sí, sí, yo también soy adicta al Doctor Borde). Ah, y si contamos a Lorenzo Milá, ya serían tres. Cielos, ¿me estaré vulgarizando?

4 de julio de 2006

Tierra de hielo




¿Habrá algo más fatal que este deseo
de irme a Islandia y recitar sus sagas,
de recorrer sus nieblas?
Son versos del poeta venezolano Eugenio Montejo

Yo también deseo ir a Islandia. Más después de estar allí. A varios miles de metros encima de Islandia, exactamente, como muestran las imágenes.

También en mi vida lo hielos se resquebrajan.

3 de julio de 2006

Más allá


Mi hijo asegura que es un delfín, pero a mí me recuerda más bien al espectro de un delfín. ¿Será su radiografía? Eso estaría muy bien, porque significaría que mi hijo ve más allá de lo que es visible a los ojos: ve en el interior. O por lo menos, se lo imagina.

30 de junio de 2006

Gene Kelly y yo, ainch

29 de junio de 2006

Los pies de la fama

La fama es algo tan efímero que conviene dejar la propia impronta sobre cemento, no vaya a ser que el mundo se olvide de nosotros antes de lo que tarda en amarillear el papel de periódico.
Eso lo saben muy bien en Hollywood, donde a las estrellas merecedoras de un huequito en la Avenida de la Fama las obligan a firmar sobre cemento fresco a la vez que dejan sus huellas (manos y pies, aunque los hay creativos que añaden algo más, como Whoopy Goldberg, que dejó unas trenzas) para que la posteridad las pisotee a su antojo. Así el resto de mortales tenemos la ocasión de comparar nuestra pisada con la de, por ejemplo, Harrison Ford o Charles Laughton. Y cito sólo caballeros porque la comparación de mi número 42 con el delicado pie de muñeca Barbie de Ava Gardner, Bette Davies o Jean Simmons me sumió en una meditación conclusiva. Esto es: si el talento encima de un escenario es inversamente proporcional al tamaño del pie, ya sé por qué mi profesor de interpretación me convenció para que fuera regidora del espectáculo que preparábamos (nada más y nada menos que Arlequín, criado de dos amos, de Goldoni). En fin, crueldades o sabidurías de la naturaleza.
Lo que no deja de sorprenderme es que damiselas como las citadas, que pisaron por la vida tan fuerte, lo hicieran con tan pírrica extremidad.

* He aquí la foto que me hubiera abochornado a los 15 años: comparo el pie de la bella Gardner con mi barca.

28 de junio de 2006

Excursión a Hollywood (primera crónica)

Hoy he hecho algo que no pensé que haría: contarle a Derek Chan, el responsable de Digital Operations de Dreamworks, que la primera palabra que mi hijo Adrián (que entonces no llegaba a los 3 años) escribió fue, precisamente, el nombre de esta productora, fundada por Steven Spielberg y con sede en Hollywood donde, a la sazón, me hallo. Ya veis lo lejos que puedo traer mi pasión de madre.
¿Qué hago aquí? Pues se supone que escribir un reportaje para el suplemento Yo Dona, de El Mundo acerca del fascinante mundo de las nuevas tecnologías aplicadas al cine de animación. La realidad es otra: soy una espía enviada por mis hijos con la única misión de saber cuáles serán los personajes que les harán reír durante los próximos 4 o 5 años. Y como sé que en este blog entra mucha mamá y también mucho aficionado al cine, he decidido ampliar el número de mis informados. Allá voy.
Como sabéis, lo último de los creadores de Shrek se llama Over The Hedge. En España se estrenó el pasado 16 de junio con el sorprendente título de Vecinos invasores. Un mapache y una tortuga aliados en su lucha contra los residentes de una urbanización que han invadido su terreno. Los dos protagonistas en versión original son Bruce Willis y Garry Shandling. Si podéis, merece la pena verla sin doblar.
Flushed Away, el proyecto que se ultima en estos momentos, se estrenará (en España) la próxima Navidad. ¿Cómo será el sorprendente título hispánico? La historia ocurre en un mundo subterráneo construido con deshechos donde una rana, Toad, ejerce de mafioso y donde hay un par de ratones llamados Gilbert y Sullivan. Visualmente es muy atractiva, en la estela de Chiken Run y Wallace & Gromit (por cierto, el Oscar conseguido por Wallace & Gromit: Curse of the Were-Rabbit, emparejado con el que se llevó la primera Shrek, dan la bienvenida al visitante nada más entrar en los estudios).
Lo siguiente es Shrek The Third, la tercera entrega de la saga del ogro más famoso del cine, que incorpora personajes: el Rey Arturo, un menguado Merlín, Lancelot o diversas princesas clásicas -Blancanieves, Cenicienta, Rapunzel y Bella Durmiente- aliadas en la defensa de sus derechos. Nos han mostrado el storybord, las pruebas de color y de vestuario para los personajes y hasta el diseño de los tipos, entre los que habín un Shrek bebé. ¿Quiere eso decir que Fiona y Shrek van a ser papás? Ah, los de Dreamworks no sueltan prenda. Será la peli del verano de 2008.
Y seguimos. Bee Movie (juego de palabras entre abeja, bee y move, moverse, desplazar, pero también movie, película), una historia sobre abejas obreras que trabajan en una gran fábrica gris y subterránea, en contraposición al precioso y colorido mundo real, pero también la historia de un inconformista universitario en su lucha por cambiar de vida. El protagonista es Barry the Bee, con el actor Jerry Seinfeld de trasunto. Adam Matthew será Broderick y Reneé Zelweger, Vanessa, otras dos abejas del concurrido y tecnificado panal. Se estrenará en Estados Unidos el 2 de noviembre de 2008. Es decir, nuestros niños la verán un mes y medio más tarde.
Más aún: Kung Fu Panda. Ambientada en la china milenaria e inspirada en las películas de Kung Fu y Jackie Chan, es una aventura de animales que practican artes marciales. Lo gracioso es que Chan pretsa su voz y sus maneras a uno de los personajes, Monkey. El protagonista es un oso panda llamado Po (Jack Black) a quien acompañan una sensual y femenina serpiente llamada Viper (Lucy Liu), el tigre Tai Lung, la tortuga Oogway o el mapache Shifu. En este proyecto, que se estrenará en los USA en primavera del 2009, concentran actualmente los creativos de la productora todos sus esfuerzos.
La Navidad del 2009 veremos Monsters vs. Aliens (Monstruos contra aliens), una idea aún en desarrollo de la que apenas nos han enseñado algunos dibujos iniciales y una pequeña parte del storyboard: Niñas gigantes caminando sobre una autopista, monstruosos alienígenas que se acercan volando...
A partir de este título, la excursión por los pasillos y las estancias de Dreamworks, terminaba para mí y para los otros siete periodistas (malayos, chinos, japoneses y norteamericanos. En representación de Europa, yo misma) pero hay más, mucho más. Esta gente tiene la agenda llena hasta el 2011. De lo que sigue a los aliens y los monstruos, sólo tengo los títulos: Madagascar 2, Punk Farm, Shrek 4, Route 66, How to Train Your Dragon (Cómo entrenar a tu dragón, el libro puede leerse en edición española de SM), Rex Havoc, It Came From Earth! (Vino de la tierra!). En fin... que los 1.200 trabajadores que trabajan en Dreamworks tienen mucho que hacer.
Por cierto... un detallito. ¿A que no sabéis cuántas hojas hay en el seto que atraviesan los protagonistas de Vecinos Invasores? Yo sí. Doce millones. Colocadas ahí una por una, chicos. ¿Veis lo que se aprende viajando?
Hasta mañana, navegantes.

27 de junio de 2006

Mudanzas

El último atuendo que se deja es la vida.

Lo dice Pascal Quignard en La lección de música, un libro extraño, sutil, que me ha acompañado sólo una pequeña parte del viaje de hoy.
Para el resto, he contado con la muda compañía del paisaje: Inverness, Iceland, Groendlandia, Godthab, la Bahía de Baffin. Parece la toponimia de un sueño y sin embargo es real.
Dejo la fotografía para la vuelta. Revisitad esta entrada dentro de cuatro días y sabréis de qué hablo.
* Por cierto, Quignard es, gracias a Editorial Funambulista, un placer al alcance de cualquiera. La lección de música -me quedo con la tercera parte más que con las otras dos- y, sobre todo, La frontera.

26 de junio de 2006

Aviones

"No quiero irme porque no me gusta regresar", dice uno de los personajes de Los convidados de agosto, de Rosario Castellanos (lo prometo, algún día hablaré de ella).
A mí, ahora, vuelve a gustarme regresar.
"La vida toma aviones y se aleja", dice un verso de Eugenio Montejo. Yo voy en ellos. Esta noche dormiré en Los Angeles. Pensad en mí, navegantes, mañana no faltaré a la cita. Ya lo dije una vez: sólo la enorme distancia de la muerte me privará de escribir. Y ya veremos si se puede hacer algo.

25 de junio de 2006

Asun Balzola

Creo que es muy necesario el equilibrio entre la razón y el sentimiento, sin embargo lo que da interés a mi trabajo, sea para prensa, para publicidad, en el campo infantil, o en el literario, es la rapidez: una manera de sentir y de ver que se traduce en una ejecución veloz, directa, y que quizá por eso capta algo en el receptor que ‘funciona’ muy bien, pero el proceso preliminar al trazo puede ser muy lento, muy elaborado, o puede incluso quedar en suspenso, no llegar a su término.

Asun Balzola, la autora de estas palabras, murió hace tres días.
Los escritores que admiramos nunca mueren del todo.
Hoy mismo empezaré a leerle a mi hijo Guillermo, ratón de biblioteca. Si Adrián tuviera su propio blog, os recomendaría vivamente esa lectura. Yo lo hago en su nombre.

23 de junio de 2006

La saciedad

Vine a Granada con la excusa perfecta: hablar de relato breve con otros amigos afectos y adictos. En mi equipaje, ahora que me voy, recuento varios libros, diseminados entre mis cachivaches. Uno de ellos, Aforemas, de Miguel Ángel Arcas, contiene una exacta descripción del relato que me gustaría lograr cuando escribo:
Ser breve y saciar
Podría aplicarse también a este viaje y a la gente que he conocido en él.

22 de junio de 2006

Felicidad en clave

Según el protagonista de la novela corta de Henry James Diario de un hombre de cincuenta años, las claves de la felicidad son: gozar de buena salud, buena fortuna, una conciencia limpia y una ausencia total de parientes embarazosos.

Dado que sólo cumplo uno de los cuatro requisitos y que no soy un hombre de cincuenta años, aventuro mis cuatro claves de la felicidad (por orden de importancia): tener contigo a los que crees indispensables, tres o cuatro horas diarias de teclado y pantalla, que el director de tu oficina bancaria te tenga simpatía y no frecuentar hospitales.
Bueno, que sean cinco: compartir mesa y palabras con distintas personas en distintas ciudades del mundo. ES decir, que no falten amigos ni destinos. *
¿Cuáles son vuestras 5?
* Por ejemplo, esta noche: charlar con Antonio Caballero sobre la Alhambra y su historia, en Granada, frente a un par de cervezas.

21 de junio de 2006

Autorretrato (microcuento o así)

Tengo treinta y seis años y soy un estorbo para la evolución. He parido tres hijos, pero hace varios meses que desteté al pequeño.
Nunca fabriqué nada con las manos. No tallé, no modelé, ni siquiera podría cambiar un enchufe o desmontar un grifo.
Nunca hice una escudilla. O una mesa. Nunca mis manos domaron la madera o el barro. Ni ninguna otra cosa.
Fui doce meses presidenta de la comunidad de vecinos pero con eso no fue suficiente.
No soy capaz de matar un conejo. Ni un pollo. Incluso me conmueve ver colear a un besugo fuera del agua.
No conozco trucos ni pócimas capaces de sanar.
No aro la tierra. Jamás he sabido de la recolección. Ni del placer de ver crecer algo cuya semilla deposité en un surco.
Durante años me sentí orgullosa de desempeñar por gusto un oficio antiquísimo: proporcionar placer, y también ser capaz de recibirlo. Mas ya sé que tampoco en la cama soy insustituible.
De amor, mejor no hablo. No hay nada más inútil en la tierra que lo que no podemos retener.
De modo que lo único que tengo es mi tenacidad para unir noche y día una palabra a otra. Con ellas formo frases que a su vez forman párrafos que a su vez son historias, pero es algo que muchos otros logran, puede que con más suerte.
De modo que aquí estoy. Tengo treinta y seis años. No sirvo para nada

20 de junio de 2006

Por qué no soy de fiar

Desconfía del que ama:
tiene hambre,
no quiere más que devorar.
Busca la compañía de los hartos.
Ésos son los que dan.

Rosario Castellanos
Diálogo con los hombres más honrados

19 de junio de 2006

Espiando conversaciones



¿Qué le dice al oído un dragón a otro dragón?
«¿Las noticias? Cuentos en peligro de extinción.»

18 de junio de 2006

Esa es la gracia

Es juego arriesgado tomar parte en la vida.

Cesare Pavese
Maternidad, Poesías completas

17 de junio de 2006

Caminos de Roma






16 de junio de 2006

Balance

En el vuelo VY5159 Roma-Barcelona habrá una pasajera con un equipaje enorme: los pies molidos, el corazón recompuesto, algunas imágenes turbadoras (ah, Apolo y Daphne, la Piazza Navona, el perfil del Coliseo...), las palabras de Óscar a buen recaudo, una botella de vino y un libro con elefante.
¿Adivináis de quien se trata?

Tenéis cuatro días para pensarlo. No dejéis de volver con las respuestas, navegantes.

15 de junio de 2006

Galleria Borghese. Sala III

¿Realmente es mármol el material de que están hechos Apolo y Daphne, Plutón y Proserpina?
¿De qué estamos hechos ahora tú y yo?
¿Estatuas o carne y huesos?
¿No te sorprende en ocasiones la fragilidad del mármol?
¿Podrá escuchar Apolo bajo la corteza del laurel latir el corazón de Daphne?
¿En algún momento nos detendremos, quietos como estatuas, y lloraremos como llora Proserpina?
¿Y si nada fuera como nos hemos empeñado en verlo en los últimos días?
Dame la mano y corre tras de mí: no quiero convertirme en laurel lejos de tus brazos y tu rabia, amor mío. O, aún mejor, llévame contigo a la oscuridad, que siempre nos fue tan propicia.

14 de junio de 2006

Lux romae

Luce un sol radiante sobre Roma. Las gaviotas que sobrevuelan las piazzas no parecen necesitar el mar para nada. Los ángeles nos custodian allá donde vayamos. El óculo de El Panteón parece una salida hacia alguna parte.
Esta entrada de hoy está dedicada a Nane. Hay mucha luz aquí. Creo que tú sabes por qué. Contigo, habría más.

13 de junio de 2006

Pavese ahora no me conviene

No sé si por coherencia o por error, elijo a Cesare Pavese como compañero de este viaje Barcelona-Roma. En este momento, en el colmo del cosmopolitismo, ambos aguardamos la hora del embarque haciendo uso de esta magnífica conexión a Internet en un bar del aeropuerto de El Prat. Por eso no me resisto a transcribiros unos versos del autor italiano, hermosos y tristísimos. Los escribió, dicen, pensando en la actriz norteamericana Constance Dowling tras su ruptura sentimental con ella. La depresión en que le sumió ese desenlace le llevó al suicidio. Pavese se mató a los 42 años, el 27 de agosto de 1950, en un hotel de Turín.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos,
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una palabra vana,
un grito acallado, un silencio.

La vida es rara y nosotros, más aún. ¿Por qué he entrado hace poco más de una hora en la Librería Catalonia y he comprado las Poesías completas, de Cesare Pavese en Visor (edición de Italo Calvino) -así, a tiro hecho, convencida- y luego me he ido a buscar el bus del aeropuerto. ¿Porque intuía que Pavese y yo, precisamente ahora, nos comprenderíamos? ¿Porque los seres humanos nos sentimos felices al comprobar que siempre hay alguien en peor situación que nosotros? ¿Porque ahora no me conviene y tengo cierta tendencia a desear, incluso con fervor, todo lo que no me conviene?
Ah, si yo supiera la respuesta a todos los interrogantes que me inquietan.
En fin. Pavese y yo, hermanados, nos vamos a la capital del imperio. Él no paga billete. Alguna ventaja tiene que tener estar muerto.

Nunca deshago las maletas

Los humanos necesitamos sentir que vamos hacia alguna parte. Siempre he pensado que, en el fondo, la vida sedentaria va contra nuestra naturalera y acelera el envejecimiento. ¿No dijo Einstein que la velocidad enlentece el tiempo?

* * *

¿Por qué viajamos? No hay una única respuesta: viajamos para desentumecer las piernas y las ideas, para aprender, parta descubrir el mundo y a nosotros mismos, para conocer gente, por el placer de volver, para relatar —y exagerar— aventuras lejanas, por el gusto de descansar después de la travesía, por aburrimiento, por capricho, por temeridad, para ampliar horizontes y vaciar bolsillos, para vencer el miedo, la monotonía, la uniformidad...

Francesc Miralles, Cafè balcànic (Llibres de l'Índex, 2004)


Esta noche, amigos navegantes, dormiré en Roma.
¿Para qué este nuevo viaje? Pocas veces lo tengo tan claro: para ver a una de las personas a quien más quiero del mundo. Para dejar de ver a la persona a quien más quiero del mundo.

12 de junio de 2006

Drácula a Jonathan Harker


—¡Cuidado! Los que duermen imprudentemente sufren pesadillas.

11 de junio de 2006

Todo es literatura


Los rumanos están muy indignados con que cada vez que alguien menciona su país sea para referirse a vampiros, demonios o lugares siniestros. Y, de hecho, no les falta razón: Transilvania es una región idílica, tan tenebrosa como pueda serlo el escenario de Heidi, poblada por hospitalarias gentes. Bram Stoker, el creador de Drácula, jamás estuvo allí. Tiene mérito, porque de la región dijo en su célebre novela más o menos lo mismo que os acabo de decir yo después de dos días de pasear entre coníferas. Para crear a Drácula, Stoker se basó en la figura de Vlad Tepes, un príncipe del siglo XIV que luchó por la independencia de Transilvania. Para los transilvanos es todo un héroe, pese a su fama de sanguinario. Aunque la Edad Media no fue precisamente una época propicia para el respeto de los derechos humanos. En rumano, Tepes significa "el empalador", un sobrenombre que el gobernante se ganó merced a su gusto por empalar a sus enemigos. La leyenda dice que llegó a empalar 40.000 en un solo día (la población total del país por aquel entonces era de 500.000 habitantes) y también que gustaba de cenar entre los empalados, mientras los escuchaba agonizar. Stoker supo de Vlad Tepes en la Biblioteca del Museo Británico de Londres y desde allí inventó a su conde vampiro. Qué cosas tiene la literatura.
Pues bien. En Rumanía pueden visitarse algunos de los monumentos relacionados con Vlad Tepes, entre ellos su casa natal en Sighisoara. Sin embargo, hay una fortaleza defensiva del siglo XIV a la que todos los años acuden miles de turistas y que se vende como "el castillo real de Drácula" y que no es sino un engaño. Está en Bran, una pequeña población a unos 140 kilómetros de Bucarest. El castillo reviste cierto interés y alberga una colección de muebles antiguos, pero la única relación que guarda con Vlad Tepes es que probablemente -ni siquiera es seguro- estuvo aquí preso alguna vez. Durante toda la visita al lugar no encuentra el viajero ni una sola referencia a Vlad Tepes o a Drácula. Es, simplemente, un engaño pensado para atraer turisas y dar de comer a las muchas familias que se dedican a la venta de recuerdos en la plazuela de acceso al castillo.
Con todo, la visita al lugar no está mal. Se puede disfrutar de lugares como el de la fotografía, por ejemplo, a la que debería poder añadirse el silencio, los trinos de pájaros y el murmullo de las aguas del original.

9 de junio de 2006

Transilvania, los espejos y yo


¿Una copita?


Para ir empezando la noche...

Drácula no: Dionysos




Os presento a Dionysos. Lucía así de barbudo y yacente esta misma mañana en uno de los laterales del castillo real de Sinaia, en Rumanía. Carol I, el rey que mandó construir este lugar, denominó el ala que ocupa «Jardín clásico».
Os prometo que al lado Dionysos, no hay vampiro que valga (aunque acaso tenga él mismo algo de deliciosamente vampírico). Mañana os hablo de Transilvania y de Drácula. De momento, hoy os deseo lo mismo que quiero para mí: una larga noche dionisiaca. Amén.

7 de junio de 2006

Me voy de caza a Transilvania

En apenas unas horas, estaré aterrizando en Bucarest, capital de Rumanía. Mañana tengo una cita con el castillo de Bran, en Transilvania, famoso por estar relacionado con el personaje que inspiró el personaje de Drácula, la novela de Bram Stoker.
En estos momentos de mi vida, un vampiro es exactamente lo que necesito. Mañana por la noche, a la puerta de mi habitación —mi hotel se llama House of Dracula, qué felicidad—, colgaré un letrerito anunciando a los vampiros interesados que recibo las 24 horas. Qué gusto ser sorprendida en pleno sueño por un mordisco en un lugar inconfesable. Precisamente a ese tipo de mordiscos estoy ahora de lo más receptiva.
Se me ocurrió ayer explicarle todo esto a una amiga. Me hizo un encargo sorprendente:
—Ya que vas, traeme un par —dijo.
Se refería a un par de vampiros, claro. Le pregunté para qué dos. Si no le bastaba con uno.
—Ay, no. Uno nunca es suficiente. Mejor dos, por si uno falla —dijo, muy segura de lo que habla.
Como mi amiga tiene más experiencia de la vida que yo, resolví hacerle caso en eso como en otras cosas. Traeré también dos para mí, si las pesquisas se me dan bien.
Aunque, dada mi voluntad de servicio, he decidido anunciarlo, por si hay alguien más que desee hacerme algún encargo. No me importa, ya que voy, traer recuerdos transilvanos para mí y para las demás.
En un par de días, tendréis los resultados de mis pesquisas. Lo que ya no sé es cómo estarán las comunicaciones en Transilvania para poder cumplir con mi cita diaria con vosotros.
Si no me véis, pensad que me estaré dejando morder. Nunca me lo he montado con un vampiro, pero seguro que son deliciosamente perversos. Qué gusto.

6 de junio de 2006

Óscar Sipán

En la entrada del 30 de marzo hablé del último premio del escritor aragonés Óscar Sipán. Ahora Óscar, un entusiasta del mundo de la letra impresa, un escritor excepcional y, para mi suerte, amigo mío, desembarca en la sección Biblioteca de mi web.

Si queréis conocerle mejor sólo tenéis que pinchar aquí. Feliz lectura, navegantes.

5 de junio de 2006

Qué de acuerdo estoy

El mundo no es un sueño;
el dolor: la condena del recuerdo.

Nacida en cautividad, Ángela Vallvey (Algaida, 2006)

4 de junio de 2006

Feria del Libro sin mí

Si una cita anual me gusta en el calendario editorial es la Feria del Libro de Madrid. Los años en que por fuerza ha tenido que transcurrir sin mí —como éste, por ejemplo— me siento extraña, triste.
Por eso os pido que vayáis por mí y me lo contéis. Ved el ambiente, tomad el sol, curiosead en las casetas, saludad a los amigos. Y, si puede ser, pasad hoy por la caseta de Destino entre las 7 y las 9 de la tarde y dadle de mi parte un achuchón muy grande a Marta Sanz, que estará firmando Susana y los viejos, la novela con la que resultó finalista del Nadal. Lo dejo en vuestras manos, amigos, navegantes.
El año que viene, lo prometo, estaré allí.

2 de junio de 2006

Elección

Algunas personas crecemos a golpes. Otras, suavemente. Otras... no crecen, me dice en un correo electrónico alguien a quien no conozco.

Ahora mismo, no soy capaz de elegir cuál de las tres prefiero.

1 de junio de 2006

No sé decir que no

Suena el teléfono. En la Biblioteca Municipal están elaborando, en colaboración con otras 24 bibliotecas municipales agrupadas en no sé qué red, un libro acerca de las bibliotecas, la lectura, los lectores y toda esa apasionante ristra de cuestiones que tanto afectan al mundo moderno. Me dicen que buscan un autor local que se identifique con la biblioteca y que lo prefieren vivo y de sexo femenino.
Cumplo los requisitos, respondo.
Parecen alegrarse mucho de que no sea hombre ni me haya muerto aún. Me ponen el ejemplo de Salvador Espriu, que también vivía en la comarca: él no podrá colaborar, lo más seguro, porque feneció, lamentablemente, hace 11 años, me informan (aunque conocía el dato y lo demás lo podía sospechar).
Pregunto qué tengo que hacer.
Me dicen que responder a una entrevista. Me amenazan con venir a entrevistarme a domicilio.
Les pido, por favor, que me remitan las preguntas por correo electrónico.
Aceptan. El lunes me mandarán las preguntas.
El lunes. Sólo faltan tres días. Ay, a ver cuándo coño aprenderé a decir que no.