
Ayer cené con una amiga en un restaurante maravilloso de la calle Banys Vells, de Barcelona, llamado El pebre blau. Fue ella, una mujer que ve la vida como a mí me gustaría, una de esas amistades de quienes siempre aprendo, quien me hizo jurarle que desconectaré un poco este verano. Lo necesitas, dijo. La cosa vino luego de que yo me quejara de que voy a pasar casi 15 días —¡Horror!— sin Internet. Pero con ordenador. Yo jamás salgo de casa sin mi VAIO.
En el Reese, si eres una señora, llevas siempre un traje de noche, y es probable que el camarero te diga de veras: «La señora dirá». La señora, en cambio, tuteará al camarero.
En cualquier rincón inespero, Porto sube o baja, y es esta fisonomía endiablada la que le confiere su encanto: el de la sorpresa que aguarda al doblar cada esquina. Otras sorpresas minúsculas: el Café Majestic, en Rua Sa Bandeira, de grandes espejos modernistas y camareros que parecen surgidos de la cubierta de recreo de un crucero de lujo. Un café como el Majestic, con piano de cola, querubines artesonados y esa ligerísima decadencia de otro tiempo es que le falta a mis tardes de invierno.

Cocinar es la transformación de una incertidumbre (la receta)
en una certeza (el plato) por medio del ajetreo.
El compostaje o “composting” es el proceso biológico aeróbico, mediante el cual los microorganismos actúan sobre la materia rápidamente biodegradable (restos de cosecha, excrementos de animales, residuos urbanos tales como vegetales o restos de animales procedentes de mataderos), permitiendo obtener un abono excelente para la agricultura: el compost.
—Oye —anunció uno de los basureros— aquí hay otra. ¿Qué es lo que pasa esta noche? ¿Se han puesto todos de acuerdo para deshacerse de sus parejas o qué?
En el compañero hablaba la experiencia (estaba al filo de la jubilación, apenas dos semanas más de trabajo y sería un hombre libre, deliciosamente doméstico y dormilón).
—Ah, es el calor, que vuelve tarumba a la gente, chico. Échala al camión, con el tío ése que hemos recogido antes.
Dio la coincidencia de que se conocían, aunque no supieran precisar si era sólo de verse por el barrio o había algo más.
Y en la siguiente parada, otro. Junto al contenedor de cristal (el de siempre estaba hasta los topes). Menuda noche de trabajo.
—¡Al camión con él! —animaba el veterano al joven.
—Parece que les divierte. Los jodidos... ¿no oyes cómo se saludan?
—Límitate al trabajo, tú.
Un par de quilómetros después, cerca del mercado municipal, dos chicas. Y bien jovencitas:
—Es que hoy día no se conserva nada... —murmuraba el viejo. Y espoleaba al conductor: —Venga, tío, date prisa, que es tarde y quiero llegar a casa.
Poco a poco, las voces de los de dentro ahogaban el rugido de las tripas feroces del camión. Parecían divertirse mucho. En un barrio de la periferia encontraron una parejita de dumientes acurrucados junto a los contenedores. Sobre sus camisetas se leía: Somos basura.
Ya dentro del camión, la tropa recolectada por toda la ciudad se entretenía en encontrar cosas.
—¡Un tomate! —celebraba alguien.
—Resérvalo para el próximo que se queje del ruido —contestaba otro.
—¡Un zapato!
—A veeeer —contestaban dos o tres.
—Pero el otro no está.
—Ooooohh —coreaban varios.
—¡Un preservativo!
Los gritos de algún vecino despertado en plena noche le daba a alguno la oportunidad de utilizar el tomate. Para el preservativo nunca faltaban ocasiones.
Y de ese modo, sumidos en una algarabía festiva, se alejaban por las calles desiertas hasta alcanzar la planta de tratamiento de residuos, donde les esperaban cintas trasportadoras, las manos enguantadas de una funcionaria con cara de sueño y una sala de espera de asientos de plástico en hilera, revistas de varios meses atrás y fluorescentes que arrojaban una luz muy blanca. El cubo de los desperdicios orgánicos compostables -mondas, cáscaras, sobres de infusiones usados...- quedaba a un lado mientras ellos eran invitados a pasar y sentarse. Canturreaban, se reían los chistes unos a otros, jugaban despreocupados como cachorros. Hasta que una voz metálica llegaba de todas partes para anunciar:
«El primero, por favor».
Y entonces comprendían que su destino era el mismo que el de las cáscaras, las mondas y las bolsitas de té.



Mañana a las 8.10 de la mañana parte el Tren Negro de la estación madrileña de Chamartín. Se dirige, claro, a la Semana Negra de Gijón, que durante los próximos 10 días llenará la ciudad asturiana de adictos al género.
El año pasado me enganché a una serie de televisión. No suelo hacerlo, pero ocurrió. Se trata de Lost, Perdidos, esa historia de unos supervivientes de un accidente aéreo en una isla desierta. El final de la temporada de la serie, que transpiraba cierta improvisación, me enfureció. Rastreando por Internet conocí hipótesis de los guionistas, en connivencia con algunos fans, acerca de cuál podía ser el secreto de los misterios de la isla. (Por si alguien no sabe: desaparecen personas, aparecen osos polares —¡en una isla tropical!—, el tiempo no parece medirse como en el resto de los lugares, hay supervivientes anteriores o escotillas en mitad de la selva. En fin... mucho lío para que alguien no se tomara la molestia de crear un desenlace a la altura de mis expectativas. O eso, por lo menos, pensé entonces. Ya sabemos: lo peor de la ficción es, precisamente, salir de ella, acabar, resolver las cosas (o no hacerlo). Ninguna de las teorías que leí menguaron mi cabreo, más bien todo lo contrario, de modo que me prometí no dejarme embaucar más, renegar, volver la espalda a mi serie favorita. En fin...

¿Habrá algo más fatal que este deseo
de irme a Islandia y recitar sus sagas,
de recorrer sus nieblas?
Son versos del poeta venezolano Eugenio Montejo
Yo también deseo ir a Islandia. Más después de estar allí. A varios miles de metros encima de Islandia, exactamente, como muestran las imágenes.
También en mi vida lo hielos se resquebrajan.
La fama es algo tan efímero que conviene dejar la propia impronta sobre cemento, no vaya a ser que el mundo se olvide de nosotros antes de lo que tarda en amarillear el papel de periódico.

Creo que es muy necesario el equilibrio entre la razón y el sentimiento, sin embargo lo que da interés a mi trabajo, sea para prensa, para publicidad, en el campo infantil, o en el literario, es la rapidez: una manera de sentir y de ver que se traduce en una ejecución veloz, directa, y que quizá por eso capta algo en el receptor que ‘funciona’ muy bien, pero el proceso preliminar al trazo puede ser muy lento, muy elaborado, o puede incluso quedar en suspenso, no llegar a su término.
Según el protagonista de la novela corta de Henry James Diario de un hombre de cincuenta años, las claves de la felicidad son: gozar de buena salud, buena fortuna, una conciencia limpia y una ausencia total de parientes embarazosos.
No sé si por coherencia o por error, elijo a Cesare Pavese como compañero de este viaje Barcelona-Roma. En este momento, en el colmo del cosmopolitismo, ambos aguardamos la hora del embarque haciendo uso de esta magnífica conexión a Internet en un bar del aeropuerto de El Prat. Por eso no me resisto a transcribiros unos versos del autor italiano, hermosos y tristísimos. Los escribió, dicen, pensando en la actriz norteamericana Constance Dowling tras su ruptura sentimental con ella. La depresión en que le sumió ese desenlace le llevó al suicidio. Pavese se mató a los 42 años, el 27 de agosto de 1950, en un hotel de Turín.




En apenas unas horas, estaré aterrizando en Bucarest, capital de Rumanía. Mañana tengo una cita con el castillo de Bran, en Transilvania, famoso por estar relacionado con el personaje que inspiró el personaje de Drácula, la novela de Bram Stoker.
En la entrada del 30 de marzo hablé del último premio del escritor aragonés Óscar Sipán. Ahora Óscar, un entusiasta del mundo de la letra impresa, un escritor excepcional y, para mi suerte, amigo mío, desembarca en la sección Biblioteca de mi web.
Si una cita anual me gusta en el calendario editorial es la Feria del Libro de Madrid. Los años en que por fuerza ha tenido que transcurrir sin mí —como éste, por ejemplo— me siento extraña, triste.